Bueno, la amaron, o eso creía antes de que mataran a Elia y sus padres se olvidaran de ella por amenazas de Demian.
—No tengo familia —dijo Eve con calma.
La hermosa mujer arqueó las cejas, la estudió un momento y, sin preguntar más, se levantó:
—Está bien, puedes copiar tu tarjeta de identificación.
Se puso de pie, subió quince centímetros en tacones y se dirigió hacia la puerta, pero de repente se detuvo y se volvió hacia Eve:
—Eve, ¿sabes por qué hice una excepción para aceptarte?
No esperaba respuesta, y continuó:
—Eve, tienes un buen dicho: “Si puedes venderlo, lo venderás. Si no puedes venderlo, harás lo que puedas”.
Hizo una pausa, y con un gesto casi maternal agregó:
—Cuántas personas tienen el doble de tu edad y aún no entienden esta verdad. Son arrogantes, luchan desesperadamente, piensan que están luchando contra el destino. Tienen una visión alta, pero no trabajan. En realidad, nunca saben quiénes son. Estás dispuesta a enfrentarte a ti misma y comprender lo que puedes hacer. Una persona que entiende lo que puede hacer, creo, también entiende lo que no puede hacer.
Hablando con intensidad, la mujer entrecerró los ojos:
—Eve, el Emperador no es un club de entretenimiento ordinario.
Eve asintió lentamente:
—Lo sé, mi voz es mala, no hablaré.
—Si no hablas casualmente, no dirás tonterías —asintió la mujer, satisfecha—. Por lo general, no menciono a los recién llegados, ya que deben estar bien preparados antes de entrar al Emperador.
Hoy, sin embargo, hizo una excepción para una limpiadora. Aunque su estatus allí no es bajo, en esta metrópolis cautivadora uno no puede permitirse ofender a los ricos y poderosos. Tras ingresar, se debe aprender las “reglas”: qué decir, qué no decir; qué hacer, qué no hacer.
—Gerente… —Eve dudó un momento—. No tengo un lugar para vivir.
La mujer hermosa sonrió:
—Llámame Ivana de ahora en adelante.
Sacó su teléfono, marcó un número:
—Orozco, ven aquí. Acabo de contratar a una limpiadora; llévala al dormitorio del personal.
Colgó y miró a Eve:
—Ven a trabajar mañana.
Y la dejó sola.
Eve miró el informe de trabajo en sus manos y sintió alivio.
…
Había estado trabajando en el Emperador durante tres meses. Tres meses en los que su vida se había reducido a limpiar vómito, sangre, vasos quebrados y secretos que nadie debía escuchar. El ruido de la ciudad afuera parecía otro universo: aquí adentro, las luces de neón y el lujo dorado eran solo una máscara para ocultar la podredumbre.
Esa noche, como tantas otras, Eve había acabado de limpiar el vómito de una dama borracha en los baños privados. Aunque sus movimientos eran lentos por el cansancio, sus manos y pies permanecían ordenados. La fregona se deslizaba por el suelo húmedo con una disciplina casi mecánica.
Al terminar, caminó hasta el último cubículo, el único que reclamaba como suyo. Allí guardaba las herramientas de limpieza y, a veces, su propio silencio. Cerró la puerta, dejó la fregona en orden y se sentó en el pequeño banco de madera.
Entonces llegaron las voces.
Siempre llegaban cuando estaba sola. Eran susurradas, crueles, como maldiciones que se le metían en la mente:
—Eve, todo es lo que quiso decir el señor Voss…
—Eve, ya no eres nada. Tu familia orgullosa se fue, tu belleza se fue, tu educación se fue. Ahora solo eres una criminal.
—Eve, haz las cosas obedientemente. No te resistas. El señor Voss nos dijo: debemos “tratarte bien”.
—Eve, una prisionera no necesita dos riñones. Ofrécelo como expiación por matar inocentes… Ríndete, no luches.
Eve apretó las sienes con fuerza. Quería alejarlas, pero esas voces siempre regresaban. Eran recuerdos distorsionados, fragmentos de todo lo que le habían dicho para quebrarla.
De pronto, un golpe de realidad:
—Eve, ven, palco VIP 606, piso 6. —Una voz masculina sonó desde fuera, cortante. La puerta del cubículo se abrió de golpe, revelando a un camarero joven de ceño fruncido.
—Apúrate —gruñó con desprecio—. Eres demasiado lenta. Hasta la mejor modelo del club no es tan difícil de invitar como tú.
Eve no respondió. Nunca lo hacía. Solo asintió, se levantó y salió del cubículo. Incluso cuando la humillaban a propósito, nunca replicaba.
En el Emperador, todos conocían un secreto a voces: si alguien estaba de mal humor, podía descargarlo con Eve. Ella era la válvula de escape.
—La caja está a cargo de Geraldina —informó con calma.
Pero al camarero esas palabras le sonaron como un rechazo. Su expresión se torció en una mueca falsa, llevándose una mano al pecho.
—¿El cliente vomitó y quieres que le diga a Geraldina que limpie esa cosa tan repugnante? —su voz era venenosa.
Todos sabían que Geraldina jamás haría un trabajo bajo. Pero Eve sí. A nadie le importaba que eso la lastimara.
—Vale —dijo Eve, sin levantar la mirada.
Su tono indiferente no hizo más que aumentar el desprecio del camarero. Con un gesto seco, la guió hasta el ascensor. Eve lo siguió en silencio. Pero cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, una mano fuerte la empujó hacia atrás.
Cayó contra la pared, desconcertada. El camarero la miró con burla.
—¿Qué? Sube por las escaleras. No es alto, son solo seis pisos. —Y añadió con desdén—: Te servirá para perder peso.
Eve no era gorda, al contrario, estaba peligrosamente delgada. Pero el uniforme de trabajo, demasiado grueso y amplio, ocultaba su fragilidad. El camarero lo sabía. Solo buscaba humillarla.
Ella no replicó. Asintió con un hilo de voz y empezó a subir por las escaleras. Las puertas del ascensor se cerraron tras él. El camarero rió por lo bajo:
—Qué inútil.
El eco de los pasos de Eve llenó la escalera de emergencia, una zona oscura y casi desierta. La luz era débil, parpadeante, y ese pasillo servía más para encuentros clandestinos que para escapar en un incendio.
Eve subía lentamente, peldaño tras peldaño. Al llegar al descanso entre el quinto y sexto piso, el cansancio la obligó a apoyarse en la barandilla. Su respiración era pesada, y un zumbido le retumbaba en los oídos.
Entonces lo vio.
En la penumbra, un hombre sujetaba a una mujer contra la pared, besándola con intensidad. Ella apenas distinguía la espalda femenina y, en ángulo, el rostro parcialmente del hombre. El aire se le atascó en la garganta. Maldijo en silencio; se había topado con una cita secreta.
Iba a retroceder, pero los ojos del hombre se abrieron de repente. La miraron.
Una mirada oscura, directa, que la atravesó como un rayo.
El corazón de Eve se desbocó. El hombre, consciente de haber sido descubierto, apretó más fuerte a la mujer, casi como un gesto de desafío perverso. Sus labios seguían ocupados, pero su mirada ardía en dirección a Eve.
Ella se congeló, luego bajó la cabeza y empezó a retroceder.
—Detente. —La voz grave la alcanzó como un látigo.
Eve sintió un estremecimiento recorrerle la espalda. No quería problemas. No quería atención. Pero tampoco podía desobedecer. Se giró lentamente, inclinó la cabeza con respeto y murmuró:
—Hola, señor. Disculpe la interrupción. Lo lamento mucho. —Levantó un dedo señalando la salida que daba al sexto piso—. Tengo una orden de ir a la habitación 606 para limpiar. Ha sido una casualidad. Le ruego me perdone por interrumpir.
El hombre pareció interesado por algo nuevo. No se sorprendió por la voz áspera de Eve:
—¿Eres la señora de la limpieza? ¿Tan joven? —su mirada penetrante la examinó de arriba abajo—. ¿Vas a la sala 606?
Antes de que Eve pudiera contestar, hizo un gesto con la mano:
—Ven, te llevaré.
Eve se quedó estupefacta, pero dudó solo un instante antes de seguirlo.
Ella reconoció a la mujer con él: era una modelo nueva llamada Erica. Al ver que el hombre caminaba hacia la salida de emergencia, Erica intentó seguirlo.
—He dicho que la llevaré yo, no me sigas —dijo el hombre, deteniéndose y girando hacia Erica.