¡Él apretó los dientes! La ira de Demian era inexplicable; ni siquiera él mismo entendía por qué estaba tan enfurecido. Sus ojos, helados y afilados como cuchillas, se clavaron en los labios de ella. Aún quedaba allí la marca de William; al apartarla bruscamente en la sala, los dientes de aquel hombre la habían mordido accidentalmente. De pronto, Demian habló con voz cortante: —¿Ese fue tu primer beso? —¿Eh? —Eve se quedó aturdida, pero un sonrojo involuntario tiñó sus mejillas. Algo ardió en el pecho de Demian, una furia inexplicable que le endureció el rostro. Su expresión se volvió cada vez más gélida. De golpe, la sujetó del brazo y la levantó con rudeza, arrastrándola hacia el baño. —¡Suélteme! Por favor… déjeme ir —suplicaba ella con voz quebrada. Sus piernas, doloridas, se tr

