El corazón de Eve dio un vuelco. Levantó la cabeza con seriedad, miró al taxista y le corrigió en voz baja pero firme: —Camino lento… pero no soy una coja. El taxista se quedó atónito por un instante, luego bufó con desprecio: —¡Estás loca! —gruñó, y tras maldecirla la apuró con brusquedad—. ¡Muévete ya! Qué mala suerte la mía haberte recogido. No me extraña que hoy todo me haya salido mal, perdí tanto en el casino… La rabia le hervía por dentro; quería descargar aún más insultos. De pronto extendió la mano y le agarró la muñeca. —Oye, dame. Eve lo miró confundida. —¿Qué? —Dinero. —Pero, señor, no tomé su taxi para llegar al destino… —balbuceó ella, más perdida que nunca. El hombre le volteó los ojos con fastidio. —Entraste a mi coche, ¿no? ¿Y quién va a pagar el lavado cuando l

