—¿Desde cuándo la altísima señorita Eve se ha vuelto tan tímida y cobarde como para dejarse humillar por un simple taxista, admitiendo errores uno tras otro, sin la menor dignidad? —la voz de Demian retumbó como un látigo. El cuerpo de Eve se estremeció. —¿Enviaste a alguien a seguirme? —preguntó con un hilo de voz. —Ah… no has sido tan tonta —replicó él con desdén. La expresión de Eve se volvió amarga. Una risa silenciosa y trágica escapó de sus labios. ¿Cómo había podido pensar que Demian la dejaría ir tan fácilmente? De repente, giró la cabeza hacia el taxista y dijo con voz lenta y pesada: —Señor… ¿no me preguntara qué fue lo que robé para que me persigan sin dejarme lugar donde esconderme? Sus ojos se encontraron con los del hombre. Este asintió. —La vida. Robé la vida de una

