Cuando salimos del garage, las nubes siguen ocultando el sol y tiñendo el día de un gris plomizo. Ha estado lloviendo durante buena parte de la mañana y es probable que también llueva durante buena parte de la tarde. Atravesamos Santa Clara más tranquilo de lo habitual por ser domingo, y ponemos rumbo a Fox. Nos esperan muchas horas de viaje. Apenas una hora y media después, como me temía, mi estómago empieza a rugir como si todos los leones de África estuvieran dentro. La ansiedad a veces me quita el hambre y otras veces me lo da. Saco la bolsa de churro y la abro. —¿Quieres? —digo, ofreciéndoselo. —Si, claro—responde. Tomo un bocadillo y se la meto en la boca. Sus labios, suaves y ligeramente húmedos, rozan las yemas de mis dedos. Me estremezco. Alessandro es como un cable de alta

