Aria Valli El silencio que se instaló en el comedor tras el portazo de Ekaterina no era un silencio vacío, sino uno de purificación. Por fin, las paredes de esta mansión dejaban de susurrar intrigas para empezar a respirar la verdad. Me puse en pie, ajustando la casaca de mi nuevo uniforme azul. Me sentía poderosa, imbuida de una energía que no nacía de la violencia, sino del respeto propio. Antes de marcharme a la clínica, necesitaba verlo. Necesitaba sellar este nuevo capítulo antes de que el mundo exterior reclamara mis horas. Me dirigí hacia su despacho. Al llegar a las pesadas puertas de roble, no llamé. Simplemente las empujé. Dominic estaba de pie frente al inmenso ventanal que dominaba el jardín delantero. Tenía las manos entrelazadas a la espalda, y su postura era la de un

