Dominic Ferrante El silencio en mi despacho era tan denso que podía escuchar el zumbido de los monitores, pero nada de eso lograba acallar el ruido en mi cabeza. El despacho, ese mismo lugar que hace apenas unas horas había sido el escenario de la rendición de mi esposa, ahora se sentía como un búnker de guerra. El aroma de Aria todavía flotaba en el aire, chocando con el olor a café amargo y al metal de las armas que descansaban sobre el escritorio. Frente a mí, los informes de inteligencia confirmaban la magnitud del asedio. No eran simples sabotajes; era una ejecución sistemática y quirúrgica. En las últimas cuarenta y ocho horas, tres de mis aliados más leales en la periferia de Moscú habían sido eliminados. Sin rastro, sin advertencias. Alguien estaba podando las ramas de mi árbol

