Capitulo 06

1738 Palabras
Aria Valli ​La tarde se había escurrido por los ventanales de la mansión Ferrante como un rastro de ceniza fría. Me había quedado sentada en el borde de la inmensa cama, con las manos entrelazadas sobre el regazo, viendo cómo las sombras de los árboles desnudos se alargaban sobre la alfombra persa hasta que la oscuridad reclamó la habitación. Nadie había venido a buscarme durante horas, pero la sensación de vigilancia era constante sabía que, en algún rincón del techo o tras las molduras doradas, las lentes de las cámaras de seguridad seguían cada uno de mis parpadeos. ​Alrededor de las ocho de la noche, un golpe seco y rítmico en la puerta me sacó de mi estupor. ​—Señorita Valli, el señor Ferrante la espera para cenar. Diez minutos —dijo una voz masculina al otro lado. No era Lev; era una voz anónima, monocorde, una de las muchas sombras armadas que custodiaban este mausoleo. ​Me levanté con las articulaciones entumecidas. Me miré en el espejo de cuerpo entero del vestidor. Seguía llevando mi uniforme de enfermera, ahora arrugado por el cansancio de un día que parecía haber durado una eternidad. Me sentía fuera de lugar, una intrusa vestida de blanco en un mundo de terciopelo n***o y oro. Me lavé la cara con agua helada, intentando borrar el rastro de la palidez que me hacía parecer una enferma, y salí de la habitación. ​El guardia me esperaba en el pasillo. Caminamos en silencio por el laberinto de corredores, bajando la escalinata de mármol hacia una zona de la mansión que no había visto antes. Las puertas dobles del comedor formal se abrieron de par en par, y la escena que encontré dentro me obligó a detenerme por un segundo para recuperar el aliento. ​El comedor era una sala de proporciones catedralicias. Una mesa de caoba maciza, lo suficientemente larga como para sentar a treinta personas, dominaba el espacio bajo una lámpara de cristal de Bohemia que arrojaba destellos de luz fracturada sobre la superficie pulida. Y allí, en la cabecera, estaba él. ​Dominic se había quitado la chaqueta del traje. Llevaba una camisa negra de seda con los primeros botones desabrochados y las mangas perfectamente remangadas hasta los codos. Estaba sentado con una relajación que resultaba insultante, sosteniendo una copa de cristal tallado con un líquido ámbar que giraba lentamente bajo su mirada. Al verme entrar, no se levantó. Simplemente dejó la copa sobre la mesa y me escaneó de arriba abajo con una intensidad que hizo que mi piel se erizara. ​—Siéntate, Aria —dijo. Su voz, profunda y vibrante, parecía llenar el vacío de la habitación—. Estás tarde. Dos minutos. ​—No sabía que este lugar tuviera un horario militar —respondí, intentando que mi voz sonara firme mientras me sentaba a su derecha, en el lugar que un sirviente me indicaba. ​Dominic arqueó una ceja, y una chispa de diversión gélida cruzó sus ojos grises. ​—En mi casa, mi tiempo es el único que importa. Y ahora, mi tiempo te pertenece a ti también. ​El servicio comenzó de inmediato. Dos hombres de uniforme oscuro empezaron a colocar platos frente a nosotros con una eficiencia robótica. No era comida; era una obra de arte culinaria. Espárragos blancos con láminas de trufa, un corte de carne que parecía deshacerse con solo mirarlo, y purés de texturas imposibles. El aroma era exquisito, pero mi estómago estaba cerrado por un nudo de ansiedad. ​Dominic empezó a comer con una elegancia depredadora. Cada uno de sus movimientos era medido, potente. No pude evitarlo; mis ojos se desviaron hacia sus brazos. La luz de la lámpara resaltaba la musculatura tensa y los tatuajes que trepaban por su piel blanca como enredaderas de tinta oscura. Era un hombre de una belleza ofensiva, de esas que duelen al mirar porque exudan una masculinidad tan cruda que te hace sentir pequeña, vulnerable y, para mi horror, extrañamente atraída. ​Odiaba sentir eso. Odiaba que, a pesar del contrato y del miedo, mi cuerpo traicionara mi juicio cada vez que él se movía. Su atractivo era una extensión de su poder: dominante, absoluto y oscuro.​—¿No vas a comer? —preguntó él, cortando un trozo de carne con precisión quirúrgica sin apartar los ojos de mí. ​—No tengo hambre. ​—Vas a comer, Aria. No es una sugerencia —su tono bajó una octava, volviéndose más peligroso—. A partir de hoy, tu nutrición no es una cuestión de apetito, sino de obligación. Cada caloría que ingieras ha sido calculada para fortalecer al niño que vas a engendrar. Si no comes por ti, comerás por mi legado. ​Sentí un fogonazo de ira en el pecho. Dejé los cubiertos sobre la mesa con un golpe seco. ​—¿Es así como va a ser todo? ¿Va a controlar cada bocado que doy? No soy una de sus máquinas, señor Ferrante. No soy un soldado al que puede darle órdenes y esperar que marche sin rechistar. ​Dominic dejó su copa y se inclinó hacia mí. El espacio entre nosotros se redujo drásticamente. Podía oler el aroma a sándalo y el rastro del licor en su aliento. Su presencia era como una pared de calor que me envolvía, nublándome los sentidos. ​—Eres exactamente lo que yo diga que eres en este momento —susurró, y por primera vez vi el fuego que ardía bajo el hielo de su mirada—. Te compré la vida, Aria. Compré tus deudas, compré la salud de tu padre y compré los próximos nueve meses de tu existencia. Si quiero controlar lo que comes, lo que vistes o a qué hora respiras, lo haré. ​Me quedé helada. Sus ojos estaban fijos en mis labios por un segundo antes de volver a chocar con los míos. El aire entre nosotros vibraba con una tensión s****l que me dejó sin respiración. Era una lucha de voluntades, pero yo sabía que él tenía todas las armas. Sin embargo, no bajé la mirada. ​—Usted disfruta esto, ¿verdad? —le espeté, con la voz temblorosa por la rabia y algo más que no quería admitir—. Disfruta tener el control sobre alguien que no tiene forma de defenderse. Le hace sentir más poderoso de lo que ya es. ​Él soltó una risa corta, seca, que no llegó a sus ojos. ​—Lo que disfruto, pequeña enfermera, es la honestidad. Y la honestidad es que me perteneces. Pero lo que realmente me fascina... es ese fuego que tienes. No esperaba que una mujer tan dulce tuviera tanta lengua. Es una lástima que tengas que aprender a morderla. ​Dominic se levantó de su silla con una lentitud amenazante. Rodeó la mesa hasta quedar detrás de mí. Sentí sus manos posarse sobre mis hombros. Eran manos grandes, pesadas, y el calor de sus palmas atravesó la tela de mi uniforme como si no existiera. Se inclinó sobre mi oído, y su cabello rozó mi mejilla, enviando una descarga eléctrica por toda mi columna vertebral.​—Mira el plato, Aria —ordenó. ​Obedecí, con el corazón martilleando contra mis costillas.​—Esa comida cuesta más de lo que ganabas en un mes en esa clínica —continuó, su voz un murmullo barítono junto a mi piel—. Cómetela. Demuéstrame que eres lo suficientemente inteligente como para saber cuándo rendirte. ​Sus dedos se movieron ligeramente, acariciando la línea de mi cuello, un gesto que debería haber sido tierno pero que se sentía como una reclamación de propiedad. Mi respiración se volvió errática. Estaba aterrorizada por él, por lo que representaba, por la forma en que su sola presencia parecía anular mi capacidad de pensar con claridad. Pero al mismo tiempo, la forma en que me dominaba despertaba una parte de mí que nunca había conocido: un anhelo oscuro de rendición ante un hombre tan poderoso. ​Dominic se apartó, pero la tensión no se disipó. Regresó a su asiento y me observó mientras, con manos temblorosas, tomaba de nuevo el tenedor. Comí bajo su vigilancia silenciosa, sintiendo cada bocado como una derrota. Él no volvió a hablar hasta que terminé la mitad del plato. ​—Mañana vendrá una modista —dijo, rompiendo el silencio como si nada hubiera pasado—. No quiero verte más con ese uniforme. Es un recordatorio de una vida que ya no tienes ni tendrás en los próximos meses, ellas llenarán tu closet ​—No quiero su ropa —dije en voz baja, sin levantar la vista. ​—No te he preguntado qué quieres. Te he dicho lo que va a pasar. ​Terminó su licor de un solo trago y se puso de pie, indicando que la cena había terminado. El resto de la noche fue un borrón de pasillos oscuros y escoltas silenciosos que me devolvieron a mi habitación. ​Al entrar, cerré la puerta con llave y me apoyé contra ella, dejándome resbalar hasta el suelo. Mis manos aún temblaban. La imagen de Dominic sentado en esa mesa, con su autoridad absoluta y su belleza destructiva, estaba grabada a fuego en mi mente. Me sentía humillada, sí. Me sentía atrapada, también. Pero lo que más me asustaba era que, en lo más profundo de mi ser, una parte de mí ya estaba esperando el momento de volver a estar frente a él, de volver a sentir esa presión invisible que me obligaba a someterme. ​Miré la habitación muerta, los muebles caros y la cama inmensa. Todo en esta mansión estaba diseñado para demostrar que yo no era más que un objeto de valor. Un objeto que Dominic Ferrante deseaba, y lo que Dominic deseaba, siempre lo obtenía. ​Me quité el uniforme, dejándolo caer al suelo como una piel muerta, y me metí en la cama. El frío de las sábanas de seda me recordó que estaba sola en este nido de lobos, y mientras cerraba los ojos, solo podía pensar en una cosa: si esto era solo el primer día, ¿cómo demonios iba a sobrevivir a los siguientes nueve meses? Me dormí con el aroma a sándalo impregnado en mis sentidos, soñando con ojos grises y manos tatuadas que me sujetaban con fuerza
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