Capitulo 07

2030 Palabras
Aria Valli ​Desperté antes de que el sol lograra perforar la espesa capa de nubes que cubría Moscú. El silencio de la mansión era tan absoluto que se sentía como una presencia física, una losa de mármol presionando contra mi pecho. Me quedé inmóvil bajo las sábanas de seda, con la mirada fija en las sombras que bailaban en el techo, y por un segundo, solo por un segundo, olvidé dónde estaba. Pero entonces, el recuerdo de Dominic Ferrante, de su voz barítona y de la forma en que sus dedos habían reclamado mi cuello durante la cena, regresó a mí con la fuerza de una descarga eléctrica. ​Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación. Bajé la vista hacia mi vientre y puse una mano sobre él. ​Me levanté y caminé hacia el cuarto de baño, una estancia de mármol blanco y grifería de oro que gritaba una opulencia que me resultaba insultante. Me desnudé frente al espejo, observando mi reflejo con una curiosidad casi morbosa. Mi piel parecía más pálida bajo las luces LED, y mis ojos azules se veían hundidos, marcados por la falta de sueño. Abrí la ducha y dejé que el agua hirviendo me golpeara la espalda, intentando lavar no solo el cansancio, sino la sensación persistente del aroma de Dominic en mis sentidos. ​Al salir, envuelta en una toalla, me dirigí al inmenso vestidor. Mi uniforme de enfermera ya no estaba; seguramente se lo habían llevado para deshacerse de él, como si quisieran borrar cualquier rastro de mi vida antes del trato. En su lugar, el armario estaba repleto de prendas que jamás me habría atrevido a tocar. Elegí un vestido de punto de seda color marfil que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel. Al deslizarlo por mis caderas, sentí una extraña punzada en mi bajo vientre. No era dolor. Era una pulsación suave, un eco de la tensión que se había quedado instalada en mí. Me miré al espejo y apenas me reconocí. El vestido remarcaba mis curvas, mi cintura pequeña y la redondez de mis pechos de una manera que me hacía sentir peligrosamente expuesta. No llevaba sujetador; la seda era lo suficientemente gruesa para ocultar el color, pero lo suficientemente fina para traicionar el relieve de mis pezones ante el más mínimo roce del aire frío. ​Bajó al comedor con el corazón en la garganta, pero Dominic no estaba allí. Desayuné sola, bajo la vigilancia silenciosa de un guardia. El silencio me estaba volviendo loca. Necesitaba movimiento. Al terminar, decidí que no me quedaría encerrada Caminé por los pasillos, admirando la arquitectura, pero mis pies, impulsados por una curiosidad suicida, me llevaron hacia el ala este. ​Llegué ante unas puertas de madera oscura talladas con motivos de lobos. No necesité que nadie me lo dijera: era su despacho. Empujé la puerta; estaba abierta. Entré en su santuario. La luz apenas se filtraba por las cortinas de terciopelo. Caminé hacia el escritorio de caoba, deslizando mis dedos por la superficie fría. Había documentos en ruso y una daga de plata. De repente, un libro que estaba mal equilibrado cayó al suelo con un estruendo metálico Me incliné para recogerlo, pero antes de que pudiera hacerlo, la puerta del despacho se cerró con una violencia que hizo vibrar las paredes. ​—¿Buscabas algo, Aria, o simplemente has decidido que las reglas no se aplican a ti? ​Mi corazón dio un vuelco tan violento que sentí un dolor agudo en el pecho. Dominic estaba apoyado contra la puerta, bloqueando la salida. Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas, revelando los antebrazos poderosos cubiertos de tinta oscura. Su expresión era de una oscuridad absoluta, una tormenta contenida tras esos ojos grises ​—Yo... solo estaba caminando. Me sentía encerrada —logré decir, aunque mi voz era un hilo tembloroso. ​Él empezó a caminar hacia mí. No era un paseo; era la marcha de un depredador que ya ha decidido el destino de su presa. Con cada paso, el aire se volvía más denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Se detuvo frente a mí, tan cerca que su calor corporal me golpeó como una ola. ​—Este despacho es mi santuario —dijo, su voz bajando a un tono que vibró directamente en mi vientre—. Aquí no entra nadie sin mi permiso. Mucho menos una mujer que cree que puede pasear por mi casa como si no fuera mi propiedad. ​—No soy su propiedad —le espeté, aunque el retroceder y chocar contra el borde del escritorio debilitó mis palabras. ​Dominic soltó una carcajada ronca, un sonido carente de humor. De repente, acortó la distancia final. Sus manos se estrellaron contra el escritorio, una a cada lado de mis caderas, encerrándome en el círculo de su poder. Su cuerpo estaba a milímetros del mío; podía sentir la dureza de sus muslos contra mis piernas, el roce de su pecho contra mis pezones ya erectos por el susto y la excitación involuntaria. ​—¿Ah, no? —susurró, inclinándose hasta que su nariz rozó la mía. Su aliento sabía a café amargo y peligro—. Has firmado un contrato que dice lo contrario. He pagado por cada centímetro de esta piel, Aria. Por cada suspiro que sale de tu boca. ​Levantó una mano y, con una lentitud tortuosa, me agarró de la mandíbula. No fue un toque suave; sus dedos se hundieron en mis mejillas, obligándome a mirar la profundidad abismal de sus ojos grises. Quizás gritarle que no era cierto pero me sentía intimidada sentía como cada parte de mí cuerpo se erizaba. ¿Que me sucedía? Sentí un chispazo de fuego recorriéndome la columna. Con la otra mano, empezó a trazar la línea de mi cuello, bajando lentamente por la clavícula hasta detenerse justo en el inicio de mi escote.​—Tu cuerpo me reconoce —murmuró él, y pude ver cómo sus pupilas se dilataban hasta casi borrar el iris—. Estás temblando bajo mis manos, y no es solo de miedo. Tu corazón está golpeando tus costillas como si quisiera saltar hacia mí. ​Bajó la mano más, presionando la palma sobre mi pecho, justo encima de mi corazón latiente. Luego, con el pulgar, rozó la punta de mi pezón a través de la seda marfil. El contacto fue tan eléctrico, tan directo, que un gemido involuntario escapó de mi garganta. Mis rodillas flaquearon. La sensación fue como un terremoto interno. Un calor líquido, pesado y punzante, se concentró en mi centro, haciéndome sentir una humedad repentina y vergonzosa entre las piernas. Mi cuerpo estaba reaccionando a él con una urgencia que mi mente gritaba que era una traición. ​Dominic se dio cuenta. Su mirada se volvió depredadora. Presionó su cuerpo contra el mío, obligándome a arquear la espalda sobre el escritorio. Sentí su dureza contra mi vientre, una promesa de poder que me dejó sin aliento. Su mano bajó por mi costado, apretando mi cintura con una fuerza que me hizo jadear, hasta que sus dedos se hundieron en mi muslo, levantando un poco la falda del vestido.​—Estás mojada por mí, ¿verdad? —susurró contra mi oído, y su lengua rozó brevemente el lóbulo de mi oreja—. Incluso antes de que te toque donde realmente quieres, tu cuerpo ya se está rindiendo. ​—No... deténgase —supliqué, pero mis manos, en lugar de empujarlo, se aferraron a sus hombros, buscando estabilidad en medio de la tormenta sensorial. ​—Dime que me odias—me retó, su boca bajando a mi cuello, donde empezó a dejar besos hambrientos y mordiscos leves que me hicieron ver estrellas—. Dímelo mientras tu cuerpo me suplica que te reclame aquí mismo, sobre esta madera. ​La humedad entre mis piernas era ahora un rastro cálido que me recordaba mi vulnerabilidad. El deseo era una garra apretando mis entrañas. Estaba aterrorizada de lo que él podía hacerme, pero estaba aún más aterrada de lo mucho que quería que lo hiciera. ​—Le... odio —repetí, pero el sonido fue un jadeo roto, una mentira que ambos sabíamos que no tenía peso. ​Dominic se apartó lo justo para mirarme a los ojos. Su rostro estaba tenso por el deseo contenido, una máscara de belleza brutal. ​—Si vuelves a entrar aquí sin mi permiso —susurró, su boca a milímetros de la mía— Me aseguraré de que entiendas quién manda aquí de una forma que no olvidarás en toda tu vida. ¿Te ha quedado claro? ​—Sí —respondí, el sonido apenas un suspiro ronco. ​Él me soltó de golpe, y el frío de la habitación me golpeó como una bofetada. Retrocedió un paso, recuperando su máscara de frialdad absoluta en un abrir y cerrar de ojos. ​—Sal de aquí. Ahora. Y vete a tu habitación. No quiero volver a verte fuera de ella hasta la hora de la cena. ​Salí del despacho casi tropezando. Mis pulmones ardían y mis piernas se sentían como si fueran de cristal. No miré atrás. Entré en mi habitación y cerré la puerta con doble llave, apoyando la espalda contra la madera. El calor en mi centro no disminuía; al contrario, palpitaba con una intensidad que me hacía sentir enferma de deseo. ​Corrí al baño. Necesitaba apagar ese incendio. Me despojé del vestido marfil con desesperación; la seda estaba húmeda en la entrepierna, una prueba irrefutable de mi traición biológica. Abrí la ducha y dejé que el agua saliera helada, tan fría que me cortaba la respiración. Me quedé allí, frotando mi piel, intentando borrar la sensación de sus dedos. Pero no funcionó. Por cada gota fría, mi mente proyectaba su cuerpo sobre el mío. ​Salí de la ducha tiritando, pero el fuego interno seguía allí. Me puse una camisola de seda ligera y me desplomé en la cama, enterrando el rostro en las almohadas. Estaba frustrada, furiosa y desesperada. Mis manos, casi de forma inconsciente, comenzaron a moverse. Al principio solo buscaban consuelo, pero pronto la memoria de Dominic se apoderó de mí. ​Cerré los ojos con fuerza. Imaginé sus manos tatuadas recorriéndome. Imaginé su peso aplastándome contra el colchón, su mirada gris devorándome mientras me poseía. Un gemido escapó de mis labios, rompiendo el silencio. ​—Dominic... —susurré, y el solo hecho de pronunciar su nombre me hizo arquear la espalda. ​Me toqué pensando en él, dejando que la fantasía de su dominio borrara la realidad. En mi mente, él no se apartaba en el despacho; él terminaba lo que había empezado. Imaginé sus dedos hundiéndose en mi carne, su voz barítona dándome órdenes. Grité su nombre en la soledad de mi prisión mientras el clímax me golpeaba con una violencia que me dejó temblando, una entrega absoluta a un hombre que no estaba alli. ​Cuando los espasmos cesaron, el silencio regresó cargado de vergüenza. Me quedé inmóvil, con las mejillas ardiendo. Me sentí asqueada de mi propia debilidad. Me incorporé lentamente, abrazando mis rodillas.​—Él es solo tu carcelero, Aria —me dije en voz alta—. Solo es un hombre con demasiado poder. ​Traté de enterrar la sensación de su nombre aún vibrando en mi garganta. Esto era un trato. Una transacción. Él quería un heredero y yo quería salvar a mis padres. No podía haber nada más. Él no era un héroe. Yo era una incubadora de lujo, un vientre alquilado por la desesperación. ​Me levanté y caminé hacia la ventana, viendo cómo la nieve seguía cayendo sobre Moscú. Me prometí que no volvería a perderme así. Mañana sería diferente. Mañana recordaría que Dominic Ferrante era el hombre que me había alquilado. Pero mientras miraba el horizonte gris, el eco de mi propio gemido seguía resonando en mis oídos, recordándome que mi cuerpo ya había firmado su propio contrato con el diablo.
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