Playa d'en Bossa, Ibiza, España
21 de agosto de 2014
Victoria
Luego de no haber celebrado mis quince primaveras como se debe, obligué a mis padres a hacerme algo para mis dieciséis, pero quería celebrar a mi manera y ¿cuál era esa manera? Pasar la tarde en mi lugar favorito, la cabaña familiar.
Los invitados serían mi familia, los Odriozola y Candela, que no se había ido de viaje en este verano. Eso era lo único que pedía y necesitaba. Mi mamá se encargó de que la cabaña estuviera perfecta para recibir a mis pocos invitados y papá supervisó la comida y música para que el ambiente sea el mejor.
Alejandra me maquilló y peinó para el evento. También eligió mi ropa, un vestido rosado ceñido a mi cuerpo, una chaqueta negra y zapatillas blancas. No me vestiría así por decisión propia, ya que lo mío son las sandalias y vestidos ligeros. Puedo aceptar shorts y crop tops, pero un vestido, rosado para completar, pegado a mi delgada anatomía, no me daba mucha confianza.
Los invitados ya estaban en el lugar, sentados en el comedor, esperando por mí. Salgo de mi habitación y bajo las escaleras a paso lento para que nadie se de cuenta de mi presencia, misión imposible, porque cuando me ven empiezan a aplaudir emocionados. Ni que me estuviera casando o algo así.
Almorzamos entre risas y las anécdotas de mi madre sobre mi niñez. Y sí, no avergonzó tanto como esperaba, gracias a todo lo que está bien en el mundo. Álvaro estaba en la otra esquina de la mesa, riendo a carcajadas, con la brisa típica de la isla batiendo sus rulos. De vez en cuando, me encontraba a mi misma observándolo, como si no existiera otra persona en la cabaña. Es tan lindo que me duelen hasta los huesos.
El atardecer se empieza a poner en Ibiza y vamos hasta la terraza para poder observarlo mejor, una de mis cosas favoritas sobre este lugar es la vista que tiene al mar. Papá saca unas cervezas del refrigerador y se sienta junto a mamá y Amaya, para charlar un rato. Alejandra, Pablo y Candela se van a una esquina a hablar de los increíbles fichajes de su querido Real Madrid, así que me alejo rápidamente.
—Tengo un regalo para ti —susurra Álvaro en mi oído. Suelto un chillido, completamente asustada.
—¡La puta madre, Álvaro Odriozola! La hostia que te voy a...
—¡Victoria Alejandra Matutes Monfort! ¿Qué es ese vocabulario, querida, qué te sucede? —grita mi madre interrumpiéndome. Bajo la cabeza avergonzada y la risa del vasco inunda mis oídos, así que le doy un codazo en las costillas.
—Idiota, te odio—murmuro entre dientes. Odriozola me toma de la mano y la acaricia levemente, causando que un escalofrío recorra mi cuerpo.
—Señor y señora Matutes, ¿puedo bajar un momento con Vic? —pregunta el castaño, llamando la atención de los adultos.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que somos Jorge y Marta? —le corrige mi padre.
—Y claro que podéis bajar —completa mi madre, haciéndome unas señas extrañas con las manos, que no termino de comprender.
Mientras dejamos la cabaña, Álvaro toma mi mano y entrelaza nuestros dedos lentamente, provocando un mini ataque cardíaco en mí, pero logro controlarme.
Llegamos a la orilla de la playa y miro hacia arriba, encontrándome con las miradas de Candela y Alejandra en nosotros. Les saco el dedo del medio y sus risas escandalosas se escuchan en Madrid.
—Te tengo un regalo —dice Álvi, mirando al mar.
—Creo que ya me lo habías dicho —contesto risueña—. Tengo algo de frío, ¿pue...
Me quedo como una estatua cuando lo veo rebuscando algo en su bolsillo derecho y mi pulso se acelera al verlo sacar una caja de terciopelo rojo.
—Quita esa cara que no es lo que piensas —murmura sonriente. Libero el aire que tenía acumulado y espero a que abra mi regalo.
Un collar de oro con una diminuta perla en el medio reluce dentro de la caja y me apresuro a sacarlo, para poder observarlo mejor. Literalmente, grita mi nombre y es demasiado precioso en este mundo. Paso mi dedo ligeramente por la perla y creo que estoy a punto de llorar, no puede ser.
—¿Cómo supiste que a-amo las perlas? —pregunto en un susurro.
—Alejandra —murmura entre dientes—. ¿Te ayudo?
Asiento velozmente y le doy la espalda al vasco para que pueda colocarlo en mi cuello. Paso mi cabello a un lado y siento el ligero tacto de los dedos de Álvaro en mi espalda, por instinto cierro los ojos y me concentro en ello, además el sonido de las olas chocando contra la orilla me llenaba aún más de calma.
—Listo —murmura y veo la piedra colgando perfectamente en mi cuello—. ¿Quieres ir a caminar por la ciudad? Tengo la cámara vieja aquí y...
—Pero y los...
—Estarán muy concentrados discutiendo sobre cuál es el mejor club español —suelta aguantando la risa, pero en seguida, empezamos a reírnos juntos—. Vámonos, bihotza (corazón)
Al momento en que Odriozola toma mi mano de nuevo y la besa cariñosamente, mi mundo tiembla. Volteo mi vista al atardecer, en busca de que el futbolista no descubra lo sonrojada que estaba. En un momento, sus dedos vuelven a entrelazarse con los mismos justo como antes y me doy cuenta de algo que cambia todo.
Estoy enamorada de mi mejor amigo.