Playa de la Concha, San Sebastián, Donostia
Julio de 2014
Álvaro
Hoy era el último en mi ciudad antes de irnos a Ibiza y mi madre había invitado a los Matutes a pasar el fin de semana en casa. Para cerrar el pequeño viaje, preparó una cena a la orilla de la playa que Victoria y yo tanto amábamos. Victoria, la hermosa Victoria.
La pequeña Matutes me roba el aliento cada vez que sonríe, cada vez que su cabello se mueve al son de la brisa ibérica y sinceramente, no puedo estar más enamorado, pero ella no siente lo mismo y estoy más que seguro de eso. Yo con dieciocho y ella con casi dieciséis, pensábamos en cosas distintas.
—¿Cómo estuvo la temporada, Álvi? —me pregunta Alejandra.
—Debuté con el equipo B —respondo con una sonrisa gigantesca—. Espero quedarme en el equipo esta temporada.
—¿Y cómo quedo la Liga? No pude ver nada por el trabajo —cuestiona Jorge Matutes y cuando intento hablar, Victoria me interrumpe.
—Te dije mil veces que el Atleti salió campeón —murmura risueña. Alejandra rueda los ojos y Pablo empieza a reír ante la escena.
—El Atleti salió campeón —repito y todos en la mesa ríen, excepto Victoria, que me mira con el ceño fruncido—. No me estoy burlando, pequeña.
—Dejemos el tema antes de que lluevan hostias —suelto una risita ligera y la castaña me pellizca el brazo con fuerza—. ¡j***r, Victoria!
La cena se pasa entre las anécdotas de los mayores, mientras los más jóvenes escuchábamos atentos. Luego de un rato, la típica brisa nocturna empieza a aparecer y las ganas de caminar por la playa me invaden de repente.
—Antes de irnos, voy a recorrer el lugar un rato —informo y me levanto con cuidado. Mi madre me regala una sonrisa, sabe cuánto amo este lugar.
Me alejo de la mesa a paso rápido, pero me detengo al escuchar la voz de Victoria. —Voy con Álvi, con permiso.
Me doy la vuelta y la veo venir, sin sandalias y con el cabello despeinado, dando pequeños saltos hacia mí. Abro mis brazos y ella se esconde en mi pecho, como si su vida dependiera de eso.
—Tu corazón está latiendo muy rápido —susurra y mis mejillas se encienden.
Empezamos a caminar por la playa, yo con mi brazo en sus hombros y él de ella alrededor de mi cintura, y el sonido de las olas me daba una tranquilidad increíble.
—¡Mira las estrellas! —chilla emocionada. Una estrellada noche nos acompañaba, como las que casi siempre habían en Donostia.
—Si algún día no estamos juntos...
—No digas eso —me interrumpe enseguida.
—Pero si algún día no estamos juntos, miraré a las estrellas desde este lugar y recordaré lo lindo que era estar junto a ti —murmuro, escondiendo una sonrisa melancólica.
—Yo las miraré desde Ibiza, pero sabré que cada verano nos unirá de nuevo, porque yo soy positiva y tú no —insiste y me derrito al ver su carita, haciendo un ligero puchero.
—Vic, ¿qué tienes planeado? Digo, ¿en qué sueñas?—interrogo. El año que viene termina el bachillerato y tendría que hacer decisiones importantes para su vida, aunque sabía que amaba el periodismo deportivo.
—Déjame graduar primero, porque química me está matando —espeta y me echo a reír—. Hablando en serio, me voy a tomar un año sabático luego de graduarme, porque quiero involucrarme más en el negocio familiar. Sí, sé que dije que eso no era lo mío, pero tampoco voy a perder nada si lo intento.
—Me parece muy bien.
—Después veré que hago, sabes que lo mío es hoy y nada más —bromea y se sostiene con más fuerza de mi cintura—. ¿Y tú, Álvi? ¿Qué sueñas?
—Jugar, jugar al fútbol hasta que me canse —balbuceo imaginándome esa vida—. Ganar algo con la Real e irme a un club grande luego, aunque me cueste dejar al equipo de mis amores.
—¿Quién sabe? Quizás juegues en mi Atleti.
—¿Y si juego en el Madrid? —la pongo a prueba y ella frunce el ceño—. ¿Qué harías?
—Ni siquiera me lo menciones —pone su dedo en mis labios y luego golpea mi frente—. Creo que vomitaría si te veo usando la merengue.
—Que dramática que eres, tía —me burlo y ella vuelve a golpearme, pero esta vez en el estómago—. ¡Me dolió, hija de...
—Mejor cállate y mira las estrellas, vasco.
Hago lo que me pide, pero al minuto, me encuentro mirándola a ella. Su expresión tan serena me brinda más calma que el oleaje de la playa y los pequeños lunares en su cara hacen que mi corazón vuelva a latir velozmente.
¿Sabes en que sueño, Victoria? En una verano eterno a tu lado.