Capítulo 2

857 Palabras
Playa de la Concha, San Sebastián, Donostia Septiembre de 2013   Luego de un verano increíble en Ibiza, la familia Arzallus nos invitó a pasar el inicio del otoño en su hogar, San Sebastián. Nosotros aceptamos encantados, estábamos más que felices de regresar al país vasco y bueno, yo quería ver a Álvaro.   —¿Chavales, queréis un helado o algo así? —nos pregunta Pablo, el mayor del grupo.   —No nos llames así, viejo —Alejandra rueda los ojos y le da un empujón, que hace que tropiece con la arena y casi se caiga.   —Los chavales de ahora son unos agresivos, no puedo creérmelo —murmura entre dientes y todos reímos—. ¿Vais a querer, sí o no?   Asentimos emocionados y Alejandra se ofrece a acompañar al peli n***o, dejándonos solos a Álvaro y a mí, aunque ambos estábamos perdidos en la belleza del atardecer vasco.   —¿Le importaría llenarse de arena, señorita Matutes? —me pregunta, sentándose de la nada en la playa y sacándome de mi trance.   —Pues, señorito Odriozola, vengo de una isla, creo que ya no me importa tanto, buah —respondo e imito su acción.   Ambos estiramos las piernas hacia el mar, para que nuestros pies se mojen un poco cada vez que las olas choquen con la orilla.    —Este es el lugar donde empecé a jugar fútbol —me cuenta observando todo con detalle. No sé que es más hermoso, si el lugar o él—. No puedo dejar de venir, es como mi hogar, sabes.   —Yo vine aquí hace un par de años y me enamoré de esta playa —murmuro—. Tiene algo que te atrapa.   —Tengo una conexión con el mar —dice risueño—. San Sebastián, Ibiza, Grecia también me gusta mucho.   —Ibiza es perfecto—replico sonriendo—. Creo que nunca dejaré la playa y el sol de mi ciudad, amo todo de ahí.   —¿Piensas dirigir el hotel? —cuestiona y suelto un bufido inmediatamente.    —Ni loca —espeto—. Eso se lo dejo a Alejandra, muchas gracias.   —¿Por qué? ¿No te gusta?   —No es lo mío —le explico—. Quise jugar al fútbol, pero mi padre no me dejó, así que probablemente termine estudiando algo que tenga que ver con el deporte.   —¿Periodismo deportivo, quizás? —propone y asiento.   —Quizás tú y yo seamos los próximos Iker Casillas y Sara Carbonero —bromeo y me suelto a reír, pero escucho la risa incómoda de Álvaro y me detengo. Arruiné todo.   —Vic, yo tengo que...   —¡Un helado de vainilla para la niña y un helado de chocolate para el niño! —grita Pablo, pasándonos nuestros helados e interrumpiendo el momento.   —¿De qué hablaban? — pregunta Alejandra curiosa, sentándose a mi lado. Pablo se sienta al lado de Álvaro.   —Mhm... de nada —decimos al unísono.   —¡Cuidado! —gritan a nuestras espaldas y siento un golpe en la cabeza al momento en que me volteo, aturdiéndome por unos segundos—. ¡Mi hija! ¡Que terrible padre soy, creo que la maté!   Me pongo la mano en la cabeza y pestañeo varias veces, intentando que me pase el mareo. Escucho los gritos de todo el mundo, pero levanto la vista y noto a cuatro Álvaros, muy preocupados, en frente de mí. Que hermosa imagen.    —¿Y si le ponemos helado en la frente? —pregunta, creo que, Pablo.   —¡Ni se te...   El frío llega a mi frente y me sobresalto ante el acto, no puedo creerme lo que hizo. Suelto un chillido y noto cómo todos les gritan al mayor de los Odriozola lo tonto que es. Empiezo a reírme y poco a poco, el mareo se desaparece.   —¿Estás bien? —me pregunta Álvaro—. Vic, responde, por favor. ¿Estás bien?   —E-estoy bien —susurro—. Me debes una gugantesca, papi.   —¡Lo siento, princesa! —grita Jorge, yéndose de la mano con mi madre, a donde estaban sentados junto a Amaya, la mamá de los chicos.   Me levanto de la playa y sacudo el vestido para que la arena cayera sin más. Me tambaleo un poco y eso hace que Álvi se levante enseguida, para tomarme de la cintura y no dejarme caer.   En un abrir y cerrar de ojos, todo a mi alrededor se nubla y me concentro solamente en los ojos tan hermosos que tiene mi mejor amigo. Una brisa hace que vuelva a pestañear y mi mirada se pierde en los labios rosados del vasco, el mismo que me estaba observando como si fuera lo único que hubiera visto en mil siglos.    —¡Chicos, una foto, sonrían con ganas!   El grito de la mamá del futbolista hace que nos separemos de un tirón, para que mi corazón vuelva a su típica velocidad, ya que los latidos acelerados del mismo parecían incontrolables si seguía mirando como los ojos de Álvaro combinaban perfectamente con el atardecer donostiarra.
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