Luego de haber superado ese primer capítulo triste, me dediqué a ser feliz con ella, aunque nunca pude dejar de verme con otras, en el fondo la quería, ella era especial conmigo, pero aun así algo dentro de mí me impedía serle fiel, probablemente esa sensación de que ella quizá podía llegar a hacerme lo mismo, así que yo prefería clavar el puñal, por si ella me estaba haciendo lo mismo. Fuimos felices varios meses, sus padres me adoraban, yo era un buen muchacho a sus ojos, bueno en los estudios, músico y bien presentado, ideal para ella según ellos.
Era feliz yendo a su casa en las tardes, hasta que un día mientras veíamos una película, sus padres salieron y nos quedamos solos, fue entonces cuando ella me empezó a tocar la entrepierna, y yo solo empecé a sudar como loco, mientras veía en sus ojos una oscuridad que contrastaba con el brillo de los míos, recordé en ese momento que ella me había dicho que ya no era virgen, pero yo sí lo era.
- Dios, ¿qué vas a hacer? – le preguntaba mientras me temblaban las manos.
- Déjate llevar solamente – me respondía mientras me desabrochaba el cinturón.
Ella bajó mi pantalón y se puso de rodillas mientras yo me quedé sentado, y por primera vez en mi vida sentí una lengua rozarse con mi pene. No podía ocultar el rostro de placer natural que estaba poniendo en ese momento, ni esas ganas que tenía de que nunca se acabara, pero se acabó, luego de cinco minutos de ese inconmensurable placer, tuvimos que detenernos porque sentimos la puerta abriéndose, eran sus padres que habían regresado. Durante el resto de esa noche, tuve una cara de felicidad que nunca se me borró, y ella me miraba orgullosa de haberme satisfecho de forma tan espontánea. Ese día volví a mi casa con una sonrisa de oreja a oreja que no supe cómo explicarle a mi madre, que probablemente ya se lo sospechaba.
Tiempo después de haber empezado mi vida s****l con ella, una tarde se terminó dando lo que pensé que me faltaba años para vivir, esa tarde estaba a punto de perder mi virginidad con ella. Estábamos en su casa, y sus padres no estaban, así que nos quitamos la ropa rápidamente, y nos acostamos en la cama de sus padres, ella encima de mí, moviendo sus caderas mientras la luz de la vieja ventana de madera del cuarto de sus padres la impactaba en el cuerpo. Y yo, en silencio, contemplando aquel espectáculo y disfrutando el momento, que, si bien no sabía que hacer o que decir porque era un completo inexperto, me sentía increíblemente bien, Valentina realmente me gustaba, y ese movimiento de caderas aquella tarde me elevó a unos niveles que para mí eran insólitos.
Una de esas tardes que me fui a verla, llegué como siempre, saludé a sus padres, a su hermana, jugué con su cachorrito, y nos sentamos en el viejo sillón donde veíamos series y películas, pero esa noche algo se sentía distinto. Ella se fue a la cocina a preparar palomitas de maíz y dejó su celular sobre la mesa frente al sillón, el celular estaba desbloqueado, y me pareció muy fácil tomarlo y empezar a revisar sus redes. Había un mensaje en la barra de notificaciones: “pero él no sabe que estamos hablando, ¿cierto?”. Ese mensaje hizo que se me bajara la sangre, pero se me bajó aún más cuando vi quien era la persona que escribía eso.
El dueño del mensaje era nada más y nada menos que la persona que había difundido sus fotos cuando recién empezábamos nuestra relación. Yo no podía creerlo, en serio me estaba engañando con él, a pesar de que yo también le había sido infiel, no entendía cómo era posible que estuviera saliendo con él, una persona que se había encargado de destruirle la vida, por la culpa de ese tipo sus padres se habían puesto en su contra, y nuestra relación había vivido sus momentos más difíciles a causa de lo que había pasado. Cuando ella entró a la sala, me vió con el celular en las manos y su cara se puso pálida, me preguntó que yo que hacía con el celular, y yo solo le respondí que ya me había dado cuenta de todo, y fue entonces cuando me levanté, y furioso emprendí mi huida desde el sofá hasta la puerta de su casa.
Ella con lágrimas en los ojos trató de detenerme con sus brazos, me impedía seguir caminando mientras nos movíamos por toda la casa, y yo solo pensaba en irme, en irme y no verla nunca más.
Fue allí cuando aparté sus manos de mi torso y un tazón con palomitas de maíz que ella sostenía en una de sus manos cayó al suelo y se quebró, de la misma manera que se quebró ese pequeño vínculo que estaba generando yo, con mi primera novia real.