34.

595 Palabras
34. —Un momento, un momento, creo que debo ir a descansar, acabo de escuchar que habrá un apocalipsis, seguramente es mi cabeza… deme licencia, jefe… El jefe me miró de pasada y continúa con lo suyo. —Nada de eso cabeza hueca. Deja de hacerme perder el tiempo… Mikael está algo tenso, el hambre lo tiene mal, y si el jefe llega a darse cuenta de lo que pasa, puede que lo envíe a dormir, y con dormir me refiero a trabajos de papeles, o en el peor de los casos a re educación, que es como el infierno para los novatos, ya que lo considerará un peligro para la agencia. Pero ahora el jefe se ha fijado en él. —¿Y a ti, qué rayos te sucede? —le pregunta a Mikael, dejando todos esos papeles de lado. Quiero decir algo para distraer la atención, pero Mikael se me adelanta. —Es hambre —se lo dice de una y sin dudar, parece que no tiene miedo a la represalia que pueda tener admitir que le sucede eso. —¿Desde cuándo estás así? —Desde que fuimos por el arcángel. —Bien, bien. Te diría “ajo y agua” pero en vista que está pasando algo mucho más grande, y los necesito en buen estado, veré qué hacer para remediar lo que te ocurre. Me mira y sé que me va a soltar sus típicos adjetivos negativos. La única cosa buena y a nuestro favor, es que ahora estaba tan cansado que no tenía la misma potencia, —Tú no te separes de su lado, y que no vaya a devorarse a nadie. Ahora mismo nos sobra problemas para cargar con algo así. El jefe, se levanta de su sillón y se dirige a la puerta, la que nunca abre delante de nosotros, ni de nadie más. Alguna vez he querido colarme ahí y espiarle, y ver lo que esconde ahí, pero nunca he podido. Entre los de la oficina se cuentas leyendas extrañas sobre lo que hay en ese cuarto extraño. Pero ahora mismo el jefe está ahí, adentro y yo no puedo moverme, puesto que no debo quedarme junto a Mikael, y evitar que haga algo loco, como atacar a los de la oficina. —Jason… La voz de Mikael suena entrecortada. Es como si el hambre lo tuviera padeciendo. —Qué —le digo. —Ya no resisto más… —Tranquilo, que yo no dejaré que te devores al jefe… —No me preocupa él… Me preocupas tú. —Tranquilo que si intentas morder mis carnes, no te lo haré fácil… te daré pelea… —Eso espero. El jefe regresa con una sonrisa apenas perceptible. —Está todo arreglado. Vayan a San Cipriano. —Por lo que sé, San Cipriano es una de las cárceles más peligrosas —digo yo. —¿Te harás pis en los pantalones? —No jefe, pero no entiendo el motivo para… —Lo que trato de decir es que lo lleves allá, y que se elija el mejor bocado entre los que tienen las horas contadas. Sólo debes enseñarle esto a quién te vea. Me alcanza una tarjeta negra con tres letras “L. M. X” escritas con relieve dorado. En el reverso no hay nada de nada. —¡Tienes dos horas para solucionar el problema y aquí no pasó nada! —nos chilla el jefe, cuando estamos a dos pasos de la puerta. —Gracias jefe —le digo. —¡No me agradezcas nada, par de pelmazos!
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