SIRIA
Atlanta se sentía diferente cada vez que volvía. Había algo en el aire de esta ciudad que me hacía respirar más tranquila, como si mis pulmones finalmente recordaran cómo funcionar sin el caos constante de Nueva York, Los Ángeles o Milán.
Estar en casa era reconfortante, aunque "casa" era un concepto relativo cuando pasabas once meses del año viviendo en hoteles de cinco estrellas y aviones privados.
Pero esta noche no podía simplemente descansar. Oh no. Porque tenía la cena.
La temida cena mensual con mi madre y mi padrastro.
—¿Por qué aceptaste venir? —preguntó Olivia desde el asiento del copiloto mientras conducía mi Mercedes por las calles de Buckhead, el vecindario más elegante de Atlanta—. Pudiste inventar que tenías una emergencia de moda en París o algo así.
—Porque si no voy, mi madre aparecerá en mi departamento con una llave que ni siquiera sé cómo consiguió y me arrastrará del cabello.
—Válido.
Olivia siempre me acompañaba a estas cenas familiares. Principalmente porque era mi excusa perfecta para huir cuando las cosas se ponían demasiado intensas. Un mensaje falso de un cliente urgente, una llamada de emergencia, cualquier cosa servía. Y mi madre no podía decir nada porque, técnicamente, Olivia era parte de mi "equipo profesional".
Genius, lo sé.
Llegamos a la mansión justo cuando el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja y rosa. La casa de mi madre era... bueno, excesiva. Columnas blancas, jardines perfectamente cuidados, una fuente en la entrada que probablemente costaba más que mi auto. Todo gritaba "tenemos dinero y queremos que lo sepas".
Antes de que pudiera siquiera tocar el timbre, la puerta se abrió y un tornado blanco y marrón se lanzó hacia mí.
—¡Sky! —grité mientras mi chihuahua saltaba como si tuviera resortes en las patas, ladrando con esa voz aguda que hacía que la gente se volteara a mirar.
—Esa cosa parece una rata con ansiedad —comentó Olivia, como siempre.
—No le digas así —respondí, levantando a Sky y acunándola contra mi pecho—. Ella entiende perfectamente lo que dices. ¿Verdad, bebé? Sí, tú eres hermosa. No le hagas caso a la tía Olivia, ella está celosa.
Sky me lamió la cara mientras Olivia ponía los ojos en blanco.
—Hablas con ese perro como si fuera un humano.
—Porque ella es más humana que muchas personas que conozco.
—Touché.
Entramos a la casa y el olor a comida casera me golpeó inmediatamente. Mi madre, Salma, apareció desde la cocina con ese delantal que probablemente nunca había tocado una sartén real porque teníamos cocinera, pero que usaba para mantener la ilusión de que ella preparaba todo.
—¡Siria! ¡Finalmente! —dijo, acercándose para darme un abrazo que fue más protocolar que afectuoso—. Pensé que no vendrías. Otra vez.
—Hola, mamá. Aquí estoy.
—Con quince minutos de retraso.
—El tráfico estaba terrible.
—Siempre tienes una excusa.
Y así empezaba.
Mi padrastro, Raymond, apareció detrás de ella con una sonrisa genuina que contrastaba completamente con la tensión que mi madre irradiaba. Raymond era un gran hombre. Lo había conocido cuando tenía cinco años, justo después del divorcio de mis padres, y desde entonces había sido más padre para mí que mi padre biológico. Alto, con canas distinguidas y ese aire de caballero sureño que te hacía sentir que todo estaría bien.
—Siria, preciosa —dijo, abrazándome de verdad—. Te ves cansada.
—Tres vuelos en cuatro días tienden a hacer eso.
—Pues esta noche descansas. Tu madre preparó tu plato favorito.
Traduce: la cocinera preparó mi plato favorito bajo la supervisión obsesiva de mi madre.
—¿Ah si?, entonces comeremos pollo frito con unas deliciosas papas crujientes y Kétchup.
Miré a Raymond con gracias mi madre primero moriría antes de servir un plato tan simple en su costosa vajilla.
—No tenemos tanta suerte, pequeña —se encogió de hombros
—Ya lo sabia.
Nos sentamos en el comedor, que era tan grande que probablemente podías escuchar el eco de tu propia voz si gritabas. Olivia se sentó a mi lado, ya lista con su teléfono en modo silencioso pero visible, nuestra señal de escape de emergencia lista para activarse.
La cena comenzó tranquila. Pollo al horno, puré de papas, vegetales al vapor. Todo perfecto. Todo calculado.
Y entonces empezó el interrogatorio.
—Entonces, Siria —dijo mi madre, cortando su pollo con precisión quirúrgica—, ¿cuándo vas a establecerte?
Ahí estaba. La pregunta de los mil millones de dólares.
—Estoy establecida, mamá. Tengo mi propio negocio, clientes en todo el mundo, un departamento en Manhattan...
—Sabes a qué me refiero. Una vida real. Un esposo. Una casa. Hijos.
—Tengo veintitrés años.
—Veintidós.
—Da igual. Soy muy joven para todo eso.
—Yo tenía tu edad cuando me casé con tu padre.
—Y mira cómo terminó eso.
Raymond casi se atraganta con su vino. Olivia fingió toser para ocultar una carcajada.
Mi madre me fulminó con la mirada.
—No seas irrespetuosa.
—No soy irrespetuosa. Solo realista.
—Siria, cariño —intervino Raymond, siempre el pacificador—, tu madre solo se preocupa por ti. Viajas constantemente, trabajas sin parar...
—Y amo mi trabajo.
—Pero podrías hacer algo más... —mi madre hizo una pausa, buscando las palabras correctas—, sustancial.
—¿Sustancial?
—Ser personal shopper es... está bien. Pero pudiste ser médico. O abogada. Algo con más futuro.
Y ahí estaba. El golpe bajo de siempre.
Raymond me lanzó una mirada de disculpa mientras yo sentía cómo la rabia comenzaba a hervir en mi pecho.
—Mamá, visto a celebridades para los eventos más importantes del mundo. Trabajo con las mejores marcas de moda. Gano más dinero en un mes que muchas personas en un año. ¿Cómo es eso no sustancial?
—No es sobre el dinero, Siria.
—¿Entonces de qué se trata? ¿De que no es lo suficientemente respetable para ti? ¿De que no puedes presumir en tu club que tu hija es doctora o abogada?
—Siria... —la voz de Raymond era suave, pero firme.
Respiré hondo. Conté hasta cinco. Mi madre tenía el poder de sacarme de mis casillas más rápido que nadie en este planeta.
—Perdón —murmuré, aunque no lo sentía realmente—. Es solo que... amo lo que hago.
Mi madre suspiró, dejando sus cubiertos sobre el plato.
—Lo sé, cariño. Solo quiero lo mejor para ti.
El resto de la cena transcurrió en relativo silencio, con Raymond intentando mantener conversaciones ligeras sobre el clima, las noticias, cualquier cosa que no fuera mi carrera profesional o mi inexistente vida amorosa.
Cuando finalmente nos despedimos, con besos en la mejilla y promesas de vernos pronto, Olivia y yo prácticamente corrimos hacia el auto.
—Tu madre es intensa —dijo ella una vez que estuvimos dentro.
—Dímelo a mí.
—Pero Raymond es adorable. Me recuerda a mi abuelo.
—Es literalmente lo único bueno que salió del divorcio de mis padres.
Manejé en silencio por unos minutos, todavía procesando la cena. Siempre era lo mismo. Las mismas preguntas. Las mismas expectativas. La misma decepción apenas disimulada en los ojos de mi madre.
—Oye —dijo Olivia de repente—, ¿sigues pensando en el cliente misterioso?
Y así, como si alguien hubiera presionado un botón, mi cerebro volvió a la llamada de Richard Goldman.
—Todo el tiempo. No puedo dejar de darle vueltas. ¿Quién es tan importante y tan complicado que no puede decirme su nombre por teléfono?
—Tal vez es un actor difícil. Ya sabes, de esos que tienen fama de ser insoportables en el set.
—Dios, espero que no.
—¿O qué tal el nuevo cantante del momento? —Olivia hizo una pausa dramática—. ¿Cristian Salvatore?
Sentí como si alguien me hubiera dado una patada en el estómago.
Mis manos se tensaron sobre el volante.
—No es él —dije, quizás demasiado rápido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque... porque simplemente no lo es.
Olivia me miró con esa expresión que significaba que sabía que estaba mintiendo pero que no iba a presionar. Todavía.
Cristian Salvatore.
Solo escuchar su nombre hacía que algo dentro de mí se retorciera. Una mezcla de rabia, tristeza y algo que no quería identificar.
Lo odiaba. Odiaba su música. Odiaba su cara en cada revista. Odiaba cómo todos hablaban de él como si fuera un Dios. Odiaba todo sobre él.
—Siria, ¿estás bien? —la voz de Olivia me sacó de mis pensamientos.
—Sí. Perfectamente.
—Porque cada vez que menciono a Cristian Salvatore, te pones... rara.
—No me pongo rara.
—Totalmente rara. Y mira, lo entiendo. El tipo es sexy. Ese aire de rebelde sin causa, ese cuerpo, esos ojos...
—Olivia.
—Solo digo que es objetivamente atractivo. No entiendo por qué lo odias tanto.
Porque no sabía la verdad. Y no podía decírsela. No todavía.
Tal vez nunca.
—Simplemente no me gusta su música —mentí—. Es... pretenciosa.
—Mmm-hmm. Claro.
Afortunadamente, llegamos al departamento antes de que Olivia pudiera seguir interrogándome. Subimos, nos cambiamos de ropa, y en menos de una hora estábamos saliendo otra vez.
Porque después de esa cena, necesitábamos divertirnos. Necesitábamos olvidar. Necesitábamos una noche de caos controlado.
—¿Lista para bailar hasta que nos duelan los pies? —preguntó Olivia mientras nos subíamos a un Uber.
—Nací lista.
—OK, culos y tetas en su sitio
Ambas nos inspeccionamos y ajustabamos como parando ambas partes del cuerpo.
—Muy listos —solté en una risita
La discoteca estaba en Midtown, uno de esos lugares exclusivos donde tenías que conocer a alguien para entrar. Afortunadamente, yo conocía a todo el mundo.
Las luces. La música. El alcohol. Todo se mezclaba en una sinfonía perfecta de olvido.
Y por unas horas, dejé de pensar en mi madre. En las expectativas. En el cliente misterioso.
En Cristian Salvatore.
Por unas horas, solo fui Siria. La chica de veintidós años que amaba bailar, reír y vivir sin disculpas.
Porque mañana, todo volvería a ser complicado.
Pero esta noche, esta noche era mía.