Toma la salida, huyendo, devolviéndose al sitio donde había llegado. Se coloca en el maletero del Mercedes con la respiración vuelta un caos mientras espera con impaciencia a qué el auto se ponga en movimiento. Entiende que Kai tardaría dentro y se reclama la paciencia que ahora no tiene, no entiende el porqué, porque ella contaba siempre con una serenidad para esperar por algo. Quizás todo lo que ha presenciado la ha puesto un poco nerviosa. Después de todo, Anya nunca había experimentado, ni siquiera, el que un hombre la tocase.
El auto se pone en marcha y ella se había quedado dormida. Las escenas se repiten en su cabeza y la repulsión se sigue mezclando con una sensación rara, que tiraba al placer, aunque ella no sabe identificarlo.
Tras varios minutos de camino, finalmente el auto se frena. Anya espera algún tiempo a que los pasos de Kai fueran perdiendo fuerza para salir.
Su acto provoca que automáticamente vuelva a cerrarla, pero ha sido tarde, dos hombres de los Volki Sibiri la han detallado y han corrido hasta el maletero, sacándola sin cuidado de su escondite.
No protesta, no intenta sacarse porque sabe que es en vano. Nadie puede hacer cambiar los actos: entregarla a Kai y ordenar su ejecución por espiarlo.
No estaban en territorio de la Bratva y ella entendía que se había arriesgado mucho para descubrir nada porque aún, no encontraba nada relevante de los pasos de Kai.
Caminan con ella a rastras, pisando fuerte, sin titubear, cruzando puertas hasta tocar una custodiada por dos hombres de los que acostumbra trabajar para él. Está también era una fortaleza, pero menos, mucho menos ostentosa que la de la Bratva.
—Una intrusa —informa uno de los hombres que me atrapan—. Avisar a Volk.
Uno de los hombres con una mala cara que parece ser un constante sticker de gruñón toma la manilla y entra en la habitación.
Anya se mantiene tranquila, aunque sabe que, su misión ha sido un rotundo fracaso. No ha tenido la capacidad de moverse por los terrenos con cautela y eso, era un fallo penoso para alguien con el historial de ella.
—Sola —ruge el hombre al cruzar el umbral del despacho de Kai y los otros dos la sueltan de inmediato.
Anya da los dos pasos que le faltan para cruzar el umbral. El clic de la cerradura le hace que la piel le tomé un escalofrío ante el enfrentamiento. Atiende al hombre que hace en una silla llamativa de cuero fumándose un cigarrillo. Su postura era despreocupada. No había rastros de chaqueta, estaba en camisa mientras sus pronunciados músculos evidenciaban sus tatuajes que dejaba esa piel, repugnante para quién odiara esas pinturas y una obra de arte para quien las amara. Anya no estaba en ninguno de los dos escenarios. Ella tenía sus tatuajes pequeños, pero no amaba la piel llena de tinta. En cambio, la imagen que proyectaba el Vor v Zakone de Élite delante de ella va más allá de si te gustan esas marcas en la piel o no. El poderío, la grandeza, la perfección, el control... Todos se concentraba en un solo ser.
Kai no observa a Anya al entrar en el despacho. Se dispone a revisar correos electrónicos sobre prestamos que las personas piden y verificar quién no ha pagado aún las ayudas que han hecho.
Anya se detiene delante de él cruzando los brazos, sintiendo como su cuerpo se molesta al no tener la atención de él.
¿Para qué demonios la quería aquí? —se preguntaba.
Se mantiene firme esperando, sin embargo, percibe un ligero mareo. Su pierna le da una punzada y recuerda que ahí debajo hay un corte que sigue preso con su chaqueta, que necesita coserse.
El mareo vuelve. Ha perdido sangre. Se mueve un poco y toma la silla del frente con el propósito de asegurarse a algo que no la deje caer. El líder Sokolov levanta la mirada dispuesta a reprender tal comportamiento y ella, manteniéndole la mirada ya no tiene la misma fuerza que en el primer encuentro. Las imágenes de lo que él hace en su club llegan de golpe a su mente y todo se concentra en su cuerpo haciéndola caer. No es una mujer débil y se reclamaba aún en su estado, el haber puesto rodillas en el suelo, pero su entrenamiento se había quedado corto ante lo que implicaba estar en territorios de Kai Sokolov.
Cierra los ojos y suspira, antes de agarrarse de la silla y buscar la manera de mantenerse firme, otra vez. Lo logra, despacio sube hasta estar erguida bajo la atenta mirada de Kai. Se toma sus segundos en volverlo a mirar, vuelve a sentir que algo, por dentro, la obliga a caer. Esos ojos de acero muestran ante ella el poderío de otra manera. Anya no entiende la complejidad de lo que le sucede. No lo respeta, no se amilana, no rinde pleitesía cuando él se ubica delante como el líder Sokolov, pero su cuerpo baja la guardia, atiende, obedece, sin entenderlo ni dominarlo, cuando recuerda cómo juega como amo.
El mareo regresa, el gris acero impone y ella nuevamente cae. Los pasos pesados de las botas de Kai se perciben cada vez más cerca, acortando la distancia entre los dos.
—No es así como me interesa que estés de rodillas —susurra al oído de ella. Anya no tenía idea qué demonios le sucedía que parecía como si dentro de su cuerpo encendiecen un cerrillo con las voz imponente del ruso—. Levántate —demanda—. Nadie va a venir por ti, nadie va a curarte, nadie va a protegerte, nadie va a sacarte. Así que, si quieres que esta organización te aporte lo que quieres en vez de ser un cementerio para ti y tu gente, levántate y cúrate.
El ruso seguía analizando la forma de actuar de Anya. Desde la competencia primera, la ha observado. La pelinegra ha demostrado ser una verdadera hembra, aunque aún le faltaba mucho más que pelotas para ganarse un lugar como uno de ellos.
Kai se aleja de ella, moviéndose hasta uno de los armarios pegados a la pared a la izquierda y toma una caja de madera. En tres zancadas ya está de vuelta, encontrándose con Anya de pie.
Deja la caja frente a ella y vuelve a su sitio para seguir con su trabajo. La pelinegra toma la caja y detalla uno de los sofás que quedan a su espalda. Se mueve hasta él con algo de molestia.
No tiene navaja que le posibilite cortar el pantalón para poder curarse, así que no le queda otra opción que hacer lo que nunca ha hecho delante de nadie, bajarse el pantalón hasta las rodillas. Observa de reojo a Kai y este se mantiene atendiendo su trabajo sin prestarle la más mínima atención. Anya se sienta sobre el sofá buscando en la caja con que empezar. Se desinfecta la herida, sin emitir quejidos y pasa a coser. Nunca lo había hecho y dolía, no lo ocultaba para ella, pero ante el líder no procuraba mostrar ni el más mínimo dolor.
Seguía sin saberlo, pero si sangre no era muy distante a la de Kai: sangre de personas que traen mal o disfrutan del mal que se cierne ante otros. Personas que no sabían de miedo y que solo velaban por sus objetivos.
Al terminar de coser se coloca una cura sobre la herida y se levanta nuevamente, acomodándose el pantalón. Toma la caja, caminando hasta ubicarse frente a la mesa, soltándola en el borde.
— ¿Qué vas a hacer conmigo? —pregunta sin rodeos, ni rasgos de miedo, Anya.
—La pregunta es ¿Qué no haré? —rectifica con malicia Kai—. He cambiado de opinión, operarás en mi sitio y entrarás a la Bratva solo si atacan al sistema.
Eso favorecía a Anya porque desde aquí tendría más posibilidades de intentar entrar al sistema de la Bratva y también conocer sobre los actos de Kai.
—A partir de ahora gestionarás como segunda al mando todas las actividades de los Volki Sibiri —dictamina y los pensamientos de Anya cambian.
Ser hackers es algo y planificar todos los actos criminales es otro. Se puede limpiar las manos como lo primero, pero no puede librarse como lo segundo. Si llevaba a cabo estas actividades entonces ella también estaba contribuyendo a provocar los actos que su organización quiere frenar.
— ¿Hay otra opción? —pregunta Anya, conociendo la respuesta.
—La muerte, intrusa —deja claro el líder de los Volki Sibiri.