7.

1817 Palabras
Ella sabe que las palabras de Kai no eran un juego. Llevaba huyendo por años, pero, ¿realmente le temía a la muerte? O era su instinto de huida lo que la hacía cada correr. Se queda en silencio porque su amenaza no tiene respuesta verbal. Le mantiene la mirada y esos ojos acero vuelven a comprimirle todo dentro. Ella también era dueña de una mirada penetrante con sus ojos verdosos. No lo sabía, pero también imponía poderío. El líder de los Volki Sibiri siempre tenía algo en mente, pero nunca daba pistas. ¿Estaba clara Anya de eso? Kai sigue sin darle importancia a Anya y ella se exaspera con tal actitud. Quería que hablara, que decidiera ya qué tenía que hacer ella. El líder teclea algo en su móvil y sigue atendiendo correos. En un período de cinco minutos tocan la puerta, esperando por la orden de Kai. Uno de los hombres de los Volki Sibiri se sitúa fuera del umbral, con las manos delante y sin detallar a su jefe. —Muéstrale su sitio y entrégale solo lo necesario para su estancia —ordena el jefe y el servidor asiente. Kai sigue en su trabajo y Anya se gira para seguir al hombre. No mira hacia atrás y debía haberlo hecho para que se diera cuenta que el líder de los Volki Sibiri no se entretiene con ningún culo, pero su trasero lo ha mirado. El hombre le indica el camino. No tiene que dar mucho pasos después del despacho. Toman la puerta al final del pasillo que parece un cuadro y baja las escaleras. Aún no podía ver nada por la oscuridad que dominaba lo que parecía ser un sótano. El servidor de Kai se mueve con agilidad hasta el interruptor y le da luz al espacio. Definitivamente no estaba pisando terrenos llanos. El sitio era poco iluminado por el color rojizo de las paredes. Le da un escaneo rápido a cada objeto de la habitación, sintiendo como saliva. No puede creer lo que ve y vuelve a reparar cada espacio. La cama era personal, en cambio contenía aros que ella desconocía su uso. Podía traerlo de la fábrica, piensa, restándole importancia. Sin embargo, divisa el techo que se ubicaba al lado y que contenía dos esposas cayendo de él. Esto no era normal para decorar una habitación. Una vitrina dejaba ver objetos en n***o tan similares como los que ha visto en el cuarto de Kai en aquel club. «No, esto no era una simple decoración. Así que se deben haber equivocado de sitio» —asegura internamente Anya. —Se ha equivocado... Sus palabras se cortan a ver al hombre que la dirige encendiendo otra luz, esta permitía iluminar muy bien un espacio con computadoras. —El baño está tras esa puerta —habla el hombre, señalando la puerta de la que habla—. Ropas de cambio en el armario aledaño. —Muestra esta vez la vitrina—. Solo sales de aquí si el jefe lo permite. —El jefe me está estresando... —Él es la autoridad —recalca el hombre interrumpiéndola y subiendo las escaleras hasta perderse. Anya aprovecha para ubicarse delante de las tecnologías. Mueve sus dedos por el teclado con gran agilidad mientras en la pantalla se muestran los códigos de intento de intromisión a un sistema. «Está en territorio amigo, puede acceder mejor a él». «Deben estar conectados entre sí» La prueba de hoy le recordó una forma que no había utilizado. Lo de utilizar un programa que pareciese una actividad interna de la organización. Una rapidez admirable, concentración envidiable y una ventana que informa que lo que busca está en proceso. Funciona. Anya se mantiene pasiva mientras ha bloqueado la primera barrera. Sigue proporcionando códigos mientras la pantalla vislumbra con la secuencia de números y letras que solo ella entiende. Otra barrera, ha desbloqueado otra barrera. Escucha el crujido de la puerta y cierra todo a una velocidad de vértigo. Trabaja con rapidez para que la pantalla demuestre otro acto, lo que le permite tener una cuartada y no mirar hacia atrás. «Joder» —En cinco minutos empieza tu jornada laboral —dictaminan a su espalda, uno de los Volki Sibiri. Se marcha sin esperar respuesta. «Muerte o vida» Quedarse sin descubrir los pasos de Kai o llevarle a Vozmezdie en bandeja de plata todo lo necesario para hacer caer al ruso. Una vez detallada la meta se debe cumplir con los dos ejercicios. Anya entra al baño para tomar una ducha y retirar de su cuerpo el sudor y polvos incrustados de la primera misión del día. Toma una toalla y envuelve su cuerpo. El pelo goteaba aguan aún. Se dispone a conocer lo que hay en el armario, pero la vitrina al lado ha distraído sus actos. Cruza sus brazos mientras la mira con atención. Los ojos no se despegan y detalles van promoviendo la curiosidad en su cuerpo mientras el tiempo va pasando. Sus manos se mueven por sí solas hasta hacer ceder el seguro de la cerradura. Los cristales se abren de par en par dejando ante sus ojos, con más precisión, los detalles de dichos objetos. Su mano se mueve por encima del material n***o y su cuerpo percibe algo diferente, como si no pudiese soltarlo. Cómo si viese liberación y dominio, las dos cosas en él. La puerta se abre bruscamente haciendo que Anya de varios pasos hacia atrás, aferrando sus manos a la tela de su toalla. Dos hombres irrumpen en el espacio tomando a Anya de los brazos sin cuidado y caminando hacia la salida. Anya no pone resistencia, pero el corazón le tiembla. Puede ser una guerrera, pero en la posición en la que está, no puede mostrarse erguida. En este escenario sí sus piernas fallan, sí tiene temor, sí puede llegar a temblar. Porque ha sido guerrera, pero nunca se ha enfrentado a mostrarse desnuda ante nadie y menos ser tocada. El más alto nivel de desconocimiento lo tiene en esa materia y eso le provoca algo de pavor. La devuelven al despacho del Vor y esta sigue reteniéndose a cada paso. No grita, no arma aspavientos, pero no está en posición de ataque. Se frena de pronto al ver a Kai, ya su postura no era la misma de antes. El líder está apoyado en el borde de la mesa de madera ajustándose unos guantes de cuero n***o. No llevaba camisa y la contracción de sus músculos demostraba a Anya que por mucho que ella no se pasaba de delgada, él tenía todas las de ganar en complexión. Sokolov no la había observando aún, aumentando la protección de su poderío. La mano de él toma una fusta. A la mente de Anya viene de golpe el momento donde Kai se movía como amo en aquella habitación del club. Imagina como estaba esa mujer y revive sensaciones que no ha percibido en otro sitio, más que en su propia mente. Kai levanta la mirada y el gris de sus ojos debilita a Anya. Ya no puede mirarlo como la primera vez. El líder de los Volki Sibiri no le hace bajar la guardia, pero el amo que trae a su mente cada vez que lo vez, sí. Es algo que no puede explicar. Va más allá de saber que es el líder de los Volki Sibiri, de saber que tiene cargo. El cuerpo recibe señales de que está frente a un amo, aunque no domine conceptos. «Maldita sea. El poderío que emana sobre mi piel sin hacer mucho es innegable» Pero no es una chica fácil y le mantiene la mirada. Kai observa a sus servidores con una mirada que los envía fuera. Estos cierran la puerta tras la salida y Anya, se aferra a la toalla con sus manos. —Los tiempos que impongo se respetan, Agente Zero —demanda él. —Lamento no complacer al señor... —Lamentarlo no te libra de un castigo por desobediente —la interrumpe. Kai se acerca lentamente a Anya, sus ojos la escanean de arriba a abajo, deteniéndose en la forma que se aferra a su toalla. Se detiene a pocos milímetros de ella, invadiendo su espacio personal. —De rodillas —demanda él. Se queda esperando por la respuesta de Anya. Tiene un carácter del dominio y está preparado para su enfrentamiento. Tiene el don del control y ella se dará cuenta. La pelinegra lo observa mientras se niega a arrodillarse. Sus ojos verdosos intentan luchar contra el gris acero que impone. Kai mueve su mano, azotándola con la fusta en el muslo. «Joder ―expone en su subconsciente―. El placer es inmediato. Aunque no quiero sentirlo. Aunque me atragante la exclamación en alta voz. Es como un goce brutal que se combina a la perfección con la incomodidad del golpe. Me reprendo por sentirme como si me hubiesen prendido una llama bajo de mí y a la vez es inevitable no enloquecer con el mismo contacto» «Quiero mantenerme firme en sus ojos, pero la expresión que adquiere el rostro de él me hace correr fuego por la sangre» Da dos pasos, ubicándose a su lado y mueve su mano precisa azotando su nalga por encima de la toalla. Anya sigue aferrándose a la tela, pero él sigue provocando disturbios dentro al impactar el objeto contra ella. La mano de él, fuerte y con tatuajes, se posiciona en el cuello de ella como si fuese un maldito collar. Él permanece a su espalda. Presiona un poco haciéndola respirar con dificultad y lleva una de sus manos hasta situarla encima de la suya para frenarlo. La toalla no se asegura bien con una mano y cae al suelo dejándola completamente desnuda. Una mano de él sigue en el cuello de ella mientras que la que lleva la fusta también va hacia adelante. Recorre con la punta del objeto despacio la piel de ella. «―No me está ayudando ―habla para sí misma―. El cuerpo alcanza niveles altos de calor al sentir el dominio que se cierne sobre mí. Lo tiene ahora, el control. Su cercanía me demuestra cómo puede alterar mi cuerpo sin esforzarse mucho» Puede tener el carácter fuerte, pero no puede controlar su cuerpo de sensaciones que se perciben. Aunque intenté, no puede negarlas. Él vuelve a azotar y ella suelta un sonido bajito, que sonaba mucho a placer. —De rodillas —demanda él a su oído mientras vuelve a azotar. No, no lo haría. Ella es fuerte, indomable… Los azotes llegaron con él delante. Su cuerpo arde y ella no sabe cómo controlarlo porque jamás a sentido nada. La mirada del lobo es hambrienta. Su estómago se comprime y sus piernas cobran vida propia doblándose hasta tocar el suelo. Su carácter es tan duro que aún de rodillas se mantiene mirándolo a la cara, sin titubear.
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