12.

1347 Palabras
Anya intenta levantarse sin quejarse. Kai no habla absolutamente nada. Solo toma sus caderas y la lanza sobre su hombro como si fuese un saco. La pelinegra se queja, pero él azota su trasero para que se calle. Sus hombres ya habían acabado con los enemigos y se apresuran en tomar a Anya, pero Kai le lanza un grito, deteniéndolos. ―Atrás ―ruge antes de subir a la chica al asiento de copiloto del Mercedes y él lo rodea subiendo al de piloto. Conduce sin decir nada. Su expresión era de un cabreo descomunal y Anya solo busca la forma de hacer presión. Al llegar al sitio del ruso, este, con la notable furia que lo domina, carga a la pelinegra: ―Los quiero reunidos y esperando. Con las zancadas que da termina llegando pronto al despacho de él. No escatima a la hora de sentarla en la silla. Anya intenta levantarse, pero Kai se mueve con agilidad hacia adelante, tomando de su escritorio unas esposas. Anya al ver sus intensiones procura irse, pero él es más rápido. La empuja hasta que el trasero de ella se pega a la madera. Toma sus manos y las lleva a su espalda juntándolas con las esposas. Anya forcejea para soltarse, pero gana solamente un quejido. El abrigo es rasgado. Kai permanece a su espalda cortando con una navaja las prendas que entorpecen. El ruso se mueve hasta tomar la caja que contiene todo lo necesario para curar heridas mientras ella repite que puede hacerlo por su cuenta. Toma una botella de whisky y le da un trago hasta acercarse a la pelinegra. La mano de él viaja hasta la mandíbula de ella, atrapándola, obligándola a inclinar su cabeza ligeramente hacia atrás. Sus rosados labios se reparan y Kai se acerca hasta dejar a pocos centímetros sus labios de los de Anya. Vierte el whisky en la boca de ella, sin tomar sus labios, haciendo que trague la bebida de un buche. Vuelve a su espalda y deja caer un poco en el hombro. Anya muerde su labio inferior aguando las punzadas de dolor. Kai sigue en su trabajo de sacar la bala y coser. La pelinegra sigue sin quejarse. Le molestaba, no iba a negarlo, pero, procuraba aguantar cada puntada que recibía su piel para cerrar la herida. El ruso coloca una cura sobre el sitio y devuelve las cosas al armario. La silla se desplaza hacia atrás y Anya busca con la mirada a Kai. No necesita esforzarse porque se mueve hacia adelante, permitiendo que lo viese. Toma la navaja con que la ha dejado sin prendas superiores a la pelinegra y repite acción con la leggins. Esa tela no es lo suficientemente buena como conservarla por mucho tiempo. La navaja no es requerida cuando Kai tira de la parte delantera y la divide en dos pedazos, dejando su braga visible. Ya ella no protesta, no habla e incluso no manifiesta miedo. No sabe que le sucede con Kai, pero acepta lo que él quiera dar. Los labios de él se pegan a su coño cubierto por la braga. Anya no se mueve, sin embargo, mantiene sus ojos en él acto que realiza. El zahar del monasterio lo ha hecho, pero no le provoca la curiosidad que este hombre. La mano de él repleta de tatuajes se mueve sobre el sexo de ella haciéndola remover. Toma el elástico de la braga rozando su piel, elevándola en la nube de placer que desconoce. El tirón que rompe la prenda la hace brincar de manera ridícula. Está demasiado sensible. Libre de cubrimientos se remueve algo inquieta. Los ojos acero viajan por su coño dejándola a la espera de cada acto y suben hasta los suyos. — ¿Que harás? —indaga ella. Su voz cargada de impaciencia. — ¿A qué le tienes miedo? —cuestiona el ruso. —A nada —contesta ella con seguridad fingida negándose a contarle la verdad detrás de toda la actitud de indomable que lleva. El pulgar de él magrea su clítoris, alterándole el cuerpo y rompiendo a la vez su burbuja cuando rodea la entrada de su coño y empuja la punta de su pulgar dentro. Anya hecho bruscamente la pelvis hacia atrás, negándole tal acto. El ruso tiene treinta y cinco años y una capacidad de observación que supera el tiempo de práctica que ha podido tener. La reacción que ella ha tenido sobre los actos que él ha empleado le ha dado a entender que no tiene conocimientos. Ha dado la impresión de ser novata en ello. No tiene que decirle con palabras porque él lo ha descubierto: es virgen. Pasea su lengua por su el coño de ella, provocando que mueva ligeramente la cabeza hacia atrás. Toma con sus labios su clítoris y lo hace preso de su boca, atrayendo los más deliciosos y nuevos placeres que la hacen jadear. Kai Sokolov hace todo bien o no lo hace. Se demuestra cuando se prende como un animal salvaje del coño de Anya, sin contenciones, sin limitaciones, sin pudor. La pelinegra se retuerce sobre la silla mientras percibe como su cuerpo hierve ante la sensación que le aporta tal acto. Kai no deja de tomar nada, no deja de saborear nada, no permite dejar un sitio sin lamer. La tensión domina el cuerpo de ella, haciendo crear la corriente que se concentra en su pelvis y... Nada. El placer se corta de manera penosa y Anya siente una frustración mayor que lo que está acostumbrado a percibir su cuerpo. —Mis cosas las destruyo yo —le dice al final—. Así que no vuelvas a permitir que te hagan daño. Otro castigo. Con él las cosas eran así, al extremo: o te daba premios por portarte bien o te castigaba por tus actos. Y ella hoy se ha ganado un castigo. Uno que le ha dejado impactos. Cómo si no le afectase lo más mínimo, zafa las esposas y la deja en libertad. Se mueve hasta el pasillo, llamando la atención de sus hombres. — NO QUIERO A NADIE EN EL PASILLO DURANTE CINCO MINUTOS —demanda Kai y sus hombres abandonan su posición de inmediato. Vuelve a su asiento y Anya se retira sin decir una palabra. El ruso la observa mientras se marcha desnuda con la ropa hecha un desastre. Baja en la búsqueda de sus hombres que aún permanecían concentrados en el exterior. Prende un cigarrillo y se ubica frente a ellos. —Cuando esté en una misión, ustedes deben atenderlo todo. Si ella vuelve a estar en riesgo y ustedes lo dejan pasar, pueden darse por muertos —dictamina—. Espero que me informen del grupo. —Del monasterio, señor —informa Viktor. —Preparense para atacar —ordena el líder. Anya se mueve en su habitación, aún con las prendas vueltas un desastre. Procuraba que su respiración se controlara y eliminar de su cuerpo la sensación placentera que ha ganado antes. Aprovechar y pasar también de la necesidad que tiene su cuerpo de saber que se siente soltar toda la intensidad que gana su pelvis. Se deshace de las prendas rotas y pasa a la ducha, buscando de esta forma una mejoría en sus ideas y algo de calma para su cuerpo. Toma uno de los feos vestidos y no pierde tiempo en secar su cabello, sube las escaleras en busca de Kai. Ella no es cobarde. Quiere entender sobre el mundo que desconoce porque eso sin dudas, la está dejando en situaciones vulnerables. Los guardias no están en la puerta y ella toma la manilla para permitirse el paso. —Si cae el país me importa una mierda —demanda Kai a Viktor y Anya se mantiene escuchando a escondidas—. Se ha acabado. —El presidente solo ha dado órdenes... —No quiero que quede uno en pie —dictamina el líder—. Empieza en el propio monasterio. — ¿Qué hacemos con ella? —pregunta Viktor. —Es mi problema —deja claro—. Vamos ahora.
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