James Kim detuvo el auto en el estacionamiento junto al parque costero, con el motor apagando en un susurro. El sol de la tarde se filtraba a través de las nubes, proyectando rayos intermitentes sobre el océano que se extendía ante ellos, con olas rompiendo contra las rocas en un ritmo constante y sordo. Era el mismo lugar donde se habían encontrado por primera vez, años atrás: un sendero empedrado que serpenteaba entre acantilados bajos y bancos de madera desgastados por el salitre. Él había elegido esto deliberadamente, no por nostalgia barata, sino por lo que representaba: un comienzo sin adornos, sin el peso de acuerdos corporativos o expectativas familiares. Kleo lo miró desde el asiento del pasajero, con el viento revolviendo su cabello a través de la ventana abierta. —¿Aquí? —pregu

