Brittany Lancaster se sentó en el diván de la sala de terapia en la clínica de rehabilitación, con las manos entrelazadas en el regazo y la mirada fija en la ventana que daba a un jardín francés bien cuidado. La clínica era un refugio exclusivo en las afueras de París, con habitaciones privadas que olían a lavanda fresca y sesiones diarias que desentrañaban capas de trauma acumulado. Había llegado allí impulsada por un colapso en un hotel barato, donde el alcohol y la rabia la habían llevado a un punto de quiebre: noches de insomnio, pensamientos suicidas que rozaban lo dramático pero no menos reales. No era solo adicción; era el peso de años siendo peón en el tablero de su padre, la envidia que la carcomía por vidas que parecían auténticas mientras la suya era un facade calculado. El secu

