Niko ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del vestidor, con la camisa blanca impecable y los pantalones de traje gris colgando un poco sueltos en las caderas. El sol de la tarde entraba por la ventana entreabierta de la suite del hotel, un rayo que iluminaba el polvo flotante y el ramo de flores silvestres sobre la cómoda. La ceremonia era pequeña, como habían planeado: solo veinte invitados en el jardín trasero del hotel, un lugar con arcos de enredaderas y mesas blancas bajo toldos de lino. No había orquesta ni fotógrafos profesionales; solo un amigo con una cámara digital y un playlist de jazz suave en un altavoz portátil. Niko miró su reflejo, sintiendo un nudo en el estómago que no era nervios, sino algo más profundo: cierre. Laura entró entonces, ya vestida con el traje sas

