James Kim se sentó en la cabecera de la mesa de conferencias en la sede de Kim Enterprises, con la carpeta de informes financieros abierta frente a él. La sala era amplia, con paredes de vidrio que daban a la ciudad y una pantalla proyectando gráficos de acciones que, por primera vez en meses, mostraban una curva ascendente. Habían pasado tres semanas desde el acuerdo extrajudicial con Richard Lancaster, y el polvo se asentaba: multas pagadas, activos congelados para los Lancaster, y un flujo de socios regresando al redil. Pero James no convocaba esta reunión para celebrar; era para diseccionar. A su lado, su asistente principal, Elena, tomaba notas en su tablet, y al otro extremo, tres ejecutivos senior —veteranos de la era de William Kim— esperaban con expresiones mixtas de curiosidad y

