James Kim ajustó el nudo de su corbata frente al espejo del baño de su apartamento, con la luz halógena proyectando sombras suaves en su rostro. Eran las siete de la tarde, y el juicio preliminar había terminado hacía horas, dejando un eco de victoria amarga en el aire. La demanda procedía, Richard acorralado, pero el sabor era agridulce: el testimonio de Kleo lo había conmovido, su mano en la de él bajo la mesa un gesto que no olvidaba. Habían acordado cenar juntos esa noche, no por celebración, sino por necesidad. "Hablemos del divorcio", le había dicho ella por mensaje esa mañana. "En un lugar neutral". Él había elegido un restaurante italiano pequeño en el centro, uno con mesas apartadas y velas que no pretendían romance, solo intimidad. Salió del apartamento, bajando las escaleras co

