El Bentley se deslizó dentro del garaje subterráneo del penthouse con la suavidad de una serpiente. Adrian no esperó a que Ramírez abriera la puerta. Un instinto impaciente lo impulsó a salir por su cuenta. Falló. Un gemido silencioso escapó de sus labios mientras el dolor lo atravesaba como un rayo.
La sangre había empapado la manga de su traje, convirtiendo la seda oscura en un lienzo carmesí.
—No seas idiota —murmuró Ramírez, sujetándolo antes de que se desplomara contra el suelo de hormigón. Sus manos, fuertes y firmes, lo sostuvieron con una determinación silenciosa.
Lo condujo con cuidado hacia el área médica improvisada, un espacio aséptico y funcional ubicado entre la armería y el almacén. El Dr. Evans, un hombre de rostro curtido y mirada penetrante, ya los esperaba, con el instrumental dispuesto sobre una mesa metálica.
—Mesa —ordenó Ramírez, con la voz autoritaria.
Adrian se sentó con dificultad sobre la camilla, sintiendo un torbellino de mareo y dolor. No se quejó. No emitió un solo sonido. Solo respiraba lento y profundo, como si estuviera calculando algo, incluso ahora, en medio de la vulnerabilidad y el caos.
Evans cortó la tela del saco con unas tijeras afiladas, revelando la herida en su brazo. La piel estaba desgarrada y enrojecida, rodeada de un halo de sangre coagulada.
—Disparo limpio —anunció Evans, con la voz profesional—. Entrada lateral.
—¿Salida? —preguntó Adrian, con la voz ronca.
—Sí. Atraviesa músculo y sale. Sin fragmentos. Un disparo limpio, como si supieran exactamente lo que estaban haciendo.
Adrian soltó una risa seca, carente de humor.
—Entonces no querían matarme.
Ramírez lo miró con una mezcla de preocupación y respeto.
Evans comenzó a limpiar la herida con una solución antiséptica. El alcohol ardió como fuego líquido, quemando la carne viva.
Adrian no gritó. No se quejó.
Solo tensó la mandíbula, soportando el dolor con una estoicidad casi inhumana.
—Esto fue medido —dijo Ramírez, observando a Evans trabajar—. Posiciones estratégicas. Retirada sincronizada. Sin rastros. Como si hubieran borrado toda evidencia de su presencia.
—Lo sé —respondió Adrian, con la voz tensa.
Evans aplicó anestesia local alrededor de la herida. La aguja entró en la carne con un sonido húmedo, aliviando el dolor momentáneamente.
—Te dieron lo suficiente para recordarte que pueden tocarte —continuó Ramírez—. Para demostrarte que no eres invencible.
Adrian sostuvo la fotografía de Aveline con la mano sana, observándola con una intensidad casi obsesiva.
Aveline sonreía.
Iluminada por la luz de la ciudad.
Viva. Irradiando una felicidad que Adrian no había visto en años.
—Querían que la viera así —murmuró, con la voz apenas audible.
Ramírez observó la imagen durante un segundo, evaluando la expresión de Aveline.
—¿Crees que es reciente?
—Sí —respondió Adrian, sin dudar.
No hubo vacilación en su voz. No había espacio para la duda.
Evans comenzó a suturar la herida, uniendo los bordes de la piel con hilo quirúrgico. Cada puntada era precisa, meticulosa, como si estuviera creando una obra de arte.
—Necesitas reposo —dijo Evans, con la voz cansada.
Adrian no respondió.
Su mirada estaba fija en la fotografía, absorta en un mundo que solo él podía ver.
No en el hombre que estaba sentado junto a ella. No en el lugar lujoso en el que se encontraban.
En su expresión.
No parecía retenida.
No parecía asustada.
No parecía infeliz.
Eso era lo que realmente le dolía.
Evans terminó de colocar el vendaje, protegiendo la herida con una gasa estéril.
—Antibióticos. Nada de movimientos bruscos. Vuelve mañana para que revise la herida.
Ramírez lo ayudó a ponerse de pie, sujetándolo con firmeza.
Esta vez Adrian aceptó la ayuda sin protestar. El dolor lo estaba debilitando, minando su determinación.
En el estudio, Ramírez lo dejó caer con cuidado sobre el sofá de cuero.
La ciudad brillaba tras los ventanales, indiferente a su sufrimiento. Miles de luces parpadeando en la oscuridad, ajenas a la batalla que se libraba en su interior.
—Voy a revisar las cámaras externas del perímetro —dijo Ramírez—. Alguien tuvo que seguirte hasta el muelle.
—No —respondió Adrian, con la voz baja.
Ramírez se detuvo en seco, sorprendido.
—¿No?
—No me siguieron. Sabían que iba a ir.
Ramírez lo miró con atención, tratando de descifrar el significado de sus palabras.
—Entonces sabían que vendrías.
Silencio.
Adrian apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá, cerrando los ojos.
—Sabían que no me quedaría quieto
Ramírez se quedó unos segundos más, observando a Adrian con una preocupación silenciosa. Conocía su determinación, su obsesión por Aveline. Pero también conocía su vulnerabilidad, las heridas profundas que lo atormentaban.
—Descansa —dijo Ramírez, con la voz suave—. Mañana hablamos con Ronan. Necesitamos un plan.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio se volvió pesado, opresivo. Adrian se sintió solo, aislado del mundo exterior, atrapado en una jaula de recuerdos y dudas.
Miró nuevamente la fotografía de Aveline. El hombre que estaba junto a ella no importaba. No era una amenaza, no era un rival. Era simplemente una figura accesoria, un elemento decorativo en una escena que lo atormentaba.
Lo que realmente importaba era que Aveline no parecía perdida. No parecía retenida contra su voluntad. No parecía necesitar ser rescatada.
Parecía… distante.
Como si estuviera viviendo en un mundo diferente, un mundo al que Adrian ya no pertenecía.
Cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear la imagen. Pero fue inútil. El recuerdo llegó sin permiso, invadiendo su mente como un fantasma del pasado.
Caminaban juntos hacia la escuela. Ella siempre un paso adelante, guiándolo a través de la multitud de niños y padres. Su mano, pequeña y cálida, apretando la suya con fuerza.
—Si alguien te molesta, vienes conmigo —le decía Aveline, con una determinación que lo hacía sonreír.
Él asentía, sintiéndose protegido y seguro.
No porque necesitara protección. Adrian siempre había sido fuerte, independiente, capaz de defenderse solo.
Sino porque le gustaba cómo lo miraba Aveline cuando decía eso. Sus ojos brillando con una mezcla de ternura y admiración.
“Pequeño diablo” —le decía Aveline, con una sonrisa traviesa—. "Mi pequeño diablo."
El apodo lo hacía sonreír. Lo hacía sentir especial, único.
Ella le besaba la frente con suavidad antes de cruzar la entrada de la escuela, despidiéndose de él con un gesto cariñoso.
Promesas simples. Inocentes.
Un juramento silencioso de lealtad y protección.
Un vínculo inquebrantable.
Abrió los ojos de golpe, sintiendo un nudo en la garganta.
El techo blanco e impersonal del estudio no tenía nada de inocente. Era frío, aséptico, desprovisto de cualquier rastro de calidez o afecto.
Se levantó con dificultad, sintiendo un latigazo de dolor en el brazo. Caminó lentamente hacia el baño, tambaleándose un poco.
El espejo le devolvió una versión endurecida y desfigurada de sí mismo.
Cicatrices que surcaban su rostro, testimonio de las batallas que había librado. Ojos oscuros, fríos, carentes de cualquier rastro de emoción. Una máscara de acero que ocultaba un alma atormentada.
—Te convertiste en lo que prometiste no ser —murmuró, con la voz ronca y amarga.