Tiana permanecía estática frente a la máquina de refrescos, sintiendo cómo la bilis subía por su garganta ante la presencia de Isidro. La arrogancia de aquel hombre no conocía límites, y su última declaración rayaba en el delirio más absoluto. —¡Isidro! ¿Acaso eres idiota? —soltó ella, recuperando su postura y mirándolo con un desprecio que habría congelado a cualquiera—. Bueno, eso es evidente para todo el mundo, pero, por favor, deja de decir tus tonterías de una vez. No tengo tiempo para tus juegos mentales. Tiana intentó darse la vuelta para alejarse, buscando refugio en la seguridad que le brindaba su familia, pero no llegó lejos. Isidro, con un movimiento rápido y agresivo, la tomó del brazo con una fuerza bruta que la obligó a detenerse. Sus dedos se enterraron en la fina pie

