El motor del auto se detuvo frente al laboratorio clínico más prestigioso de la ciudad. Reynaldo bajó del auto y, con un gesto seco y distante, hizo bajar a Pía. Él esperaba ver en ella una pizca de duda o el miedo natural de quien está a punto de ser descubierto en una mentira. Pero no fue así. Pía estaba sonriente. No era una sonrisa nerviosa, sino una expresión que irradiaba una satisfacción absoluta. Parecía tan feliz, tan segura de sí misma, que Reynaldo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ella se acomodó el vestido, acarició su vientre con una delicadeza que a él le resultaba insultante y caminó hacia la entrada. Entró al laboratorio con una confianza que Reynaldo sintió asco. Para Pía, este no era un momento de juicio, sino el preámbulo de su victoria. Se movía

