«—Deborah, tu mente es capaz de crear presencias donde no las hay por el simple deseo de que algo siga existiendo. Te aferras al amor de tu esposo, exista o no —le explicó su psiquiatra».
Horas después, caminaba de un lado a otro en la sala. La noche se asentaba, una suave lluvia caía sobre la cabaña y Zack aún no llegaba.
De vez en cuando Debby echaba una mirada precavida a las escaleras que dirigían al ático, sin atreverse a más.
Había llegado a Lutsen con una evidente depresión que podía producirle cualquier tipo de alucinaciones, pero lo que había vivido en esa casa superaba sus expectativas.
No creía que su cerebro fuera capaz de inventar situaciones tan surrealistas como el rodar de las canicas el primer día de su estadía, el roce en las piernas cuando colgaba de la ventana, la caída del cuadro ubicado sobre la chimenea, el revoloteo del pájaro dentro del ático y la caricia en el hombro…
Pensaba y pensaba sin descanso, algo debían tener en común esas situaciones. Para ella, nada pasaba por casualidad.
La misteriosa sombra que veía en las fotos de aquel chico tenía que estar relacionada con esos hechos. Todo era confuso y terrorífico, pero no estaba dispuesta a que volvieran a echarla a patadas de algún lugar.
En esa ocasión, llegaría al fondo del asunto. No se dejaría dominar por miedos irracionales.
Se quedó parada frente a las escaleras, con las manos apoyadas en la cintura y la mirada fija en la puerta cerrada del ático.
—No me iré —expresó, en el preciso instante en que Zack abría la puerta de la cabaña.
Él observó su postura y miró hacia las escaleras con el ceño fruncido.
—¿Con quién hablas? —preguntó, pero ella ignoró su duda y se acercó a él con el rostro serio.
—¿Por qué tardaste tanto? Me dejaste sola con esos hombres peligrosos rondando la cabaña.
—Nadie estaba cerca —le notificó con sequedad.
Luego cerró la puerta, se quitó el impermeable para dejarlo en un gancho y se dirigió al refrigerador. Tenía los cabellos húmedos.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Lo estoy y punto.
Ella emitió un bufido de hastío y lo siguió para continuar con el interrogatorio.
—¿Quiénes eran?
Él se giró y le apuntó la cara con un dedo acusador.
—Un problema que tú trajiste.
Debby quedó muda e inmóvil mientras él le daba la espalda y abría el refrigerador para sacar una botella de agua. Sabía que Zack no le daría respuestas con facilidad, era un hombre hermético. Tenía que darle algo a cambio.
Cruzó los brazos y comenzó a mecerse de un lado a otro. Su rostro abandonó la apariencia altiva para proyectar la vergüenza y la pena que llevada tatuadas en el alma.
—Mi esposo me traicionó. Desde siempre lo ha hecho —contó de golpe. Zack la observó con irritación. Sus ojos oscuros se clavaron en ella—. Me hacía la desentendida con la esperanza de salvar mi matrimonio, hasta que él se cansó del juego y me escupió la verdad en la cara.
Ella bajó la mirada al suelo, eso aumentó la cólera en Zack, quien hacía un gran esfuerzo por mantener la boca cerrada.
—Él no quería seguir con la mentira, me dijo que necesitaba reiniciar su vida —continuó explicando Debby—. Para eso… yo tenía que irme. Vivíamos en una casa que pertenece a su familia, no tenía derecho a ella. Me echó para meter a su amante, por eso estoy aquí.
Los ojos de Zack estaban inyectados de sangre. Apretaba el botellín de agua como si se tratara del cuello del idiota del que hablaba la mujer.
Debby alzó la mirada acongojada y la posó sobre su rostro tenso.
—Ahora tú —pidió.
Zack se irguió y dejó la botella de agua sobre la encimera.
—¿Quieres hacer de esto una terapia de autoayuda? Yo no juego —le advirtió mientras se dirigía a su habitación.
Ella se desesperó. No podía seguir sin respuestas, sumida siempre en intrigas.
—¿Estás muerto? —inquirió de golpe.
Él se quedó paralizado. Segundos después se giró hacia Debby con pasmosa lentitud. Su rostro se tensó aún más y su mirada se volvió amenazadora.
—¿Qué dices? —susurró.
Ella dudó. Lo que acababa de preguntar era un absurdo, pero eso logró que él le dedicara su atención.
—Eres el niño de la fotografía, ¿cierto? El hijo de los Kerrigan que murió —siguió aventurando Debby.
Sabía que lo expuesto no tenía lógica, pero de alguna manera tenía que obligarlo a confesarle algo.
La reacción de Zack a sus estúpidas preguntas fue diferente a lo que imaginaba. Su postura se relajó y la miró con tierna condescendencia.
Se acercó a ella y le tomó la cabeza con las manos hasta hundir los dedos en su cabellera.
—¿Te parece que el hombre que te desnudó esta mañana estaba muerto?
Los ojos de Debby se ampliaron, al mismo tiempo que su corazón.
Zack se inclinó y la besó con efusividad, acariciando cada rincón de su boca con la lengua. Saboreaba su pasión y su inocencia.
—Las manos y los labios que te acariciaron, ¿te parecieron fantasmales? —le habló a milímetros de sus labios.
El cuerpo de Debby se alió con las pretensiones del hombre. Se amoldó a su torso cuando él la apresó entre sus brazos y se estremeció con el roce de su piel.
Zack le tomó una mano y la frotó sobre su m*****o hinchado.
—¿Crees que un muerto puede ponerse así cada vez que te ve? ¿Cada vez que estás cerca, escucha tu voz o siente tu aroma?
Ella gimió. Los labios de Zack comenzaron a besarle el cuello con frenesí, al tiempo que sus caricias se metían por debajo de su blusa.
La guio hasta la mesa mientras se encargaba de sacarle la camisa. Después quitó de su camino el sujetador y le miró los pechos desnudos con lujuria.
—Maldita sea, eres hermosa. No puedo controlarme —le confesó al encerrarle los senos entre las palmas y masajearlos.
Debby se sintió abrumada al ver que podía satisfacerlo con su cuerpo. Nunca había imaginado que podía lograr eso en un hombre.
Zack volvió a besarla con urgencia mientras sus manos se desesperaban por deshacerse del pantalón deportivo de la mujer y la ropa interior.
—Sí, me asesinaron —contó entre dientes—. Pero ni siquiera la muerte me quería.
Al tenerla desnuda la sentó en el borde de la mesa, le abrió las piernas y devoró con la mirada su sexo expuesto.
—Por eso estoy aquí. Vivo —siguió diciendo—. Frente a una de las criaturas más bellas de la tierra.
Debby gemía, no podía hacer nada más. La pasión se había apoderado por completo de sus acciones.
En pocos segundos Zack se quitó la camisa y se bajó los pantalones. Ella amplió los ojos al verlo tan excitado, ansioso por anclarse en su interior.
—Olvidemos todo por un rato, Deborah. Piensa solo en mí. Dame la vida que necesito.
Sin más dilataciones, se hundió dentro de ella en medio de jadeos y estremecimientos. Los besos y abrazos se intensificaron, las caricias rodaron por las pieles húmedas y la cabaña adquirió, de pronto, un agradable calor que le daba más poder al fuego abrasador que los consumía.
Ella se recostó en la mesa. Su cuerpo se arqueaba ante las profundas acometidas de él. Zack la observaba enfebrecido. Le fascinaba verla rendida, entregada en cuerpo y alma. Un poderoso sentimiento de pertenencia le otorgó más ímpetu.
Al quedar embriagados por el placer, se dejaron llevar por el poder de un orgasmo devastador.
El clímax los ahogó en dicha y los volvió ajenos a sus cuerpos, sin fuerzas, pero con una sensación de satisfacción incomparable.