Capítulo 15. El paseo.

807 Palabras
«—Hija, lo que más le gusta a un hombre de una mujer es su capacidad de dominio. Ella debe saber controlar sus impulsos, no ser espontánea, sino inteligente. De esa manera asegura que se mantendrá casta en cuerpo y mente, solo para él». El recuerdo del consejo que una vez le había dado su madre no logró hacerla sentir culpable o sucia. Debby despertó envuelta entre las sábanas de la cama de Zack con una enorme sonrisa de satisfacción en los labios. Se estiró para desperezarse. Se sentía feliz, plena y amada. No permitiría que nada le estropeara la dicha. Al levantarse encontró su ropa al pie de la cama. Zack no estaba. Cruzó desnuda el pasillo hacia su habitación y sin cerrar la puerta se metió en la ducha. Después de un baño renovador y de un desayuno sustancioso, abrió todas las ventanas de la planta baja de la cabaña para que entrara el fresco de la mañana y salió al lago. Ese día tenía ganas de caminar y hundir los pies en el agua. El sol brillaba y le otorgaba a la brisa una reconfortante calidez. Suspiró para llenarse los pulmones de oxígeno sin apartar la mirada de un grupo de gaviotas que volaban sobre las aguas. Anduvo por un buen rato hasta que una empinada montaña le interrumpió el paso. Regresó a la cabaña, pero esa vez no lo hizo por el lago, sino por el borde lleno de vegetación. Se calzó las sandalias bajas que llevaba colgadas en la mano y se internó entre los matorrales en busca de flores. Quería adornar la casa con colores de vida. El vuelo de unos pájaros la asustó. Miró hacia las copas de los árboles y pudo divisar a varios de ellos agitándose entre las ramas. Arrugó el ceño y decidió dirigirse a la casa sin perder más tiempo. El comportamiento de los animales le desagradaba. Cerca de un sendero divisó a un hombre que corría apresurado y se internaba en el bosque. Al agudizar la vista pudo percibir que se trataba de Bradley, el rubio que había visitado la cabaña el día anterior. El hombre parecía venir de la vivienda y por su rostro enfadado pensó que había sucedido algo. Corrió tras él para saber a dónde iba y descubrió que a pocos metros estaba estacionado su vehículo. Se escondió entre los arbustos y lo observó hablar ofuscado por su teléfono móvil al tiempo que revisaba la cajuela. —Te repito: tiene que haber alguien más en esa maldita cabaña y no me iré sin verificarlo. Lo escuchó decir. Se acercó con sigilo, quería saber lo que ocurría. —Todo estaba cerrado, las puertas, las ventanas y las cortinas. Siempre están cerradas esas endemoniadas cortinas. Te juro que las quemaré cuando logre entrar. Se agachó un poco más, confundida. Recordaba haber abierto todas las ventanas al salir. Si estaban cerradas, era porque Zack estaba adentro. —Escuché ruidos, no me iré hasta estar seguro. Vi a la mujer marcharse por el lago, debo aprovechar esta oportunidad. Debby se estremeció. Si Bradley sabía lo que ella había hecho era porque la estaba vigilando. Cuando lo vio sacar un arma de la cajuela y cargarla con un nuevo cartucho de balas sintió un nudo en el estómago. —Nunca hemos podido entrar en esa casa. Si el tipo vive, debe estar escondido, sino, su maldito fantasma la debe tener embrujada. La sangre de Debby se congeló. Bradley cerró el auto con brusquedad y comenzó a caminar en dirección a la cabaña. —Te dejo, voy a descubrir lo que hay adentro y te juro que lo eliminaré hoy mismo. Quedó petrificada mientras él se alejaba apresurado. Cuando estuvo sola, corrió en dirección contraria por el sendero. Tenía que llegar a la vía para pedir ayuda. Zack estaba en peligro. Después de correr por más de un kilómetro se dio cuenta de que el camino no la llevaba a ninguna parte. Solo había conseguido internarse más en el bosque, por eso regresó a toda velocidad, pero al llegar al punto donde debía hallarse estacionado el vehículo del sujeto, ya no había nada. Bradley se había marchado. El terror se apoderó de ella y la llenó de angustia, pero no se paralizó, siguió la carrera en dirección a la cabaña. No se detuvo hasta que la vivienda apareció entre los árboles. Sin pensar en nada, subió el pórtico y abrió la puerta. El desorden que halló en la sala parecía confirmarle sus sospechas: resultaba evidente que allí había ocurrido una lucha. —¡Zack! ¡Zack! —gritó mientras cerraba de un portazo y corría a las habitaciones. Una inmensa figura salió de entre las sombras y la embistió por detrás. No pudo hacer nada. En segundos la aprisionaron contra la pared y le cerraron la boca.
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