«—Todo llega, hija. Ya verás. Todo llega». La noche cubrió con estrellas el firmamento y alejó la tormenta de Lutsen. La calma reinó en el lugar, pero no en Debby. Se encontraba ansiosa en la cabaña, empapada hasta los huesos de agua y lodo y cubierta por una manta. A su alrededor, decenas de policías entraban y salían de la casa. James y su acompañante habían sido trasladados a la comisaría, el cuerpo sin vida de Jimena estaba siendo rescatado de la montaña para ser trasladado a Minneápolis y Allan, con el rostro golpeado y un brazo resentido, explicaba en la cocina una y mil veces lo ocurrido a los oficiales. Los documentos que hallaron resultaron ser declaraciones de testigos de peso que habían concedido su confesión a John Kerrigan a cambio de protección policial veinticinco año

