Al día siguiente, salieron del ascensor tomados de la mano y comenzaron a cruzar el amplio y largo pasillo del primer piso de la Oficina de División de la DEA en Minnesota, donde ambos debían presentar una declaración oficial por los hechos ocurridos. A un costado, se hallaban varios cubículos poblados de oficiales, secretarias, abogados y policías que iban de un lado a otro, conversaban por teléfono, trabajaban frente a las pantallas de sus computadores, o simplemente, discutían entre ellos. Al otro lado, un gran ventanal ofrecía una vista espectacular de la avenida Washington. Entre tanto bullicio Debby observó a una mujer menuda, de cabellos claros y cortos, sentada sobre una endeble silla de aluminio. La mujer retorcía entre las manos una cartera de cuero marrón como si fuera una

