«—Hija, los hombres dominantes lo que en realidad buscan es un reto, no a una tonta sumisa. A esas, las pueden encontrar a la vuelta de la esquina».
Caminó por el pasillo en dirección a la habitación de Zack, con el recuerdo de uno de los tantos consejos que le había dado su madre haciéndole ruido en la mente.
Y aunque no era un buen momento para rememorar esas instrucciones, por tantas confusiones que ella creaba en su cabeza, no podía negar que sus palabras le serían útiles, sobre todo, en ese momento.
—¿Tomaste una decisión? —le preguntó Zack al verla entrar a la habitación.
Ella asintió y se quedó de brazos cruzados y con un hombro apoyado en el marco de la puerta. Veía cómo él se desvestía.
Recorrió con la mirada el cuerpo delgado, fibroso y dorado del hombre, desde su torso, de espalda ancha y cintura estrecha, hasta sus piernas musculosas. Sin embargo, le resultó inevitable fijar los ojos en su m*****o, preparado para ella, que él le mostraba con descaro.
—¿Te quedarás? —volvió a interrogarla.
Debby lo notaba tenso, quizás tan ansioso como ella.
Necesitaba respuestas y él parecía solo anhelar un poco de compañía. Si le daba lo que quería, ella obtendría lo que deseaba.
El intercambio no le resultaba desagradable, luego, se marcharía.
Allí no tenía nada qué hacer. Zack estaba sumergido en sus problemas y ella tenía los suyos propios.
Asintió de nuevo. El hombre, al conocer su respuesta, relajó las facciones del rostro y estiró una mano como invitación.
Debby dudó por un segundo, pero luego se acercó, expectante.
—No podrás irte —advirtió él. Luego la apresó entre sus brazos y la fijó a su cuerpo—. Al menos por un tiempo.
Debby se dejó absorber por la profunda mirada masculina. Por momentos le parecía que Zack estaba inseguro, porque cuando lograba tenerla entre las manos la sujetaba con fuerza, como si temiera que escapara.
—Deberás confiar en mí —siguió asegurando. Con una mano le acarició la mejilla y luego la hundió en sus cabellos. La tomó por la nuca y la acercó a su rostro—. Y no le contarás a nadie lo que te diga.
Le mordió el labio inferior con suavidad. Ella gimió, pero Zack la calló con un beso apasionado.
Debby estuvo a punto de perder la conciencia. Quiso aferrarse a su cuello y sumergirse más en su boca, pero él la detuvo, la apartó y comenzó a desvestirla.
—¿Harás lo que te pedí? —interrogó.
Ella solo asintió, con el rostro enrojecido por el deseo y la respiración agitada. Al tenerla desnuda, Zack la observó, maravillado. Le cubrió los pezones con los nudillos y los pellizcó para endurecerlos más.
—Así no. Dilo —ordenó. Ella lo miró confusa mientras él le cubría los senos con las manos—. Dime si harás o no lo que te pedí.
Debby abrió la boca para responderle, pero todo lo que pudo emitir fue un jadeo. Él se inclinó y sorbió uno de los pezones, lo acarició con la lengua al tiempo que su mano jugueteaba con el otro.
—No te escucho, Deborah —le exigió mientras sus atenciones pasaban de un seno a otro.
La temperatura de Debby aumentaba, sentía correr la sangre en sus venas. Zack la torturaba, la obligaba a girar en un torbellino de pasión extremadamente agradable.
—Sí… —respondió en medio de gemidos.
—No te escucho —la instó Zack.
Luego la llevó a la cama y la depositó sobre el colchón sin dejar de acariciarla.
—Sí —repitió Debby.
Él se arrodilló frente a ella y le acarició los muslos.
—Eres tan hermosa. Tan perfecta.
Su rostro se embriagó con la figura grácil y aterciopelada de la mujer. La mirada se le volvió más hambrienta.
La necesitaba con urgencia. Entonces la tomó por debajo de las rodillas y comenzó a abrirle las piernas, pero ella lo detuvo.
—No. —Zack la miró estupefacto—. Quiero estar arriba.
Él expulsó todo el aire que tenía represado en los pulmones y tragó saliva antes de obedecerla.
Pensó por un momento que ella se negaría y estaba en un punto en que le sería imposible detenerse y dejarla ir. Se recostó en la cama y esperó anhelante a que ella se ubicara.
Debby se sentó a horcajadas sobre él y frotó su sexo húmedo con el suyo. Zack gimió al sentirla y alzó las manos para tocarla, pero ella las regresó a su sitio.
—No te muevas o me bajo.
Él quedó de piedra, con los ojos abiertos en su máxima expresión. Las manos de la mujer comenzaron a recorrerlo: los brazos, los hombros, el pecho, hasta detenerse en sus tetillas, que rozó y pellizcó con la punta de los dedos para luego acariciarlas con la lengua.
Se sentía satisfecha al verlo profundizar la respiración y cerrar los ojos, extasiado.
—Quiero saberlo todo —expuso mientras subía para besar y clavar los dientes de forma seductora en su cuello—. Sin rodeos. —Se incorporó y hundió la punta de su m*****o en su interior—. No volverás a irte sin una explicación —le exigió y movió las caderas en círculos. Zack jadeó e intentó levantar las manos, pero ella volvió a impedírselo—. Ni me tratarás con rudeza.
Comenzó a bajar con lentitud, haciéndolo entrar dentro de ella. Hasta que, de manera repentina, se detuvo. Zack la observó con los ojos enfebrecidos.
—¿Lo harás?
Él asintió, con el corazón desbocado.
—Dilo —le ordenó ella y giró las caderas para aumentar la tortura.
—Sí —expresó él con voz ronca y en medio de un gemido.
—No te escucho —reclamó y subió despacio para sacarlo de su interior.
—¡Sí, maldita sea, haré todo lo que quieras! —rugió Zack con la mirada enloquecida clavada en ella.
Debby sonrió satisfecha y lo absorbió por completo hasta arrancarle un grito de goce. Sin darle tiempo a recuperarse, lo cabalgó con energía, le apresó las manos sobre la cabeza y devoró su boca.
Se sentía poderosa e indomable mientras escuchaba los sonidos frenéticos que él emitía en medio de la lujuria. El placer le recorría la piel y se la volvía tersa y sensible.
—Oh, Deborah… Deborah… —intentó hablar, pero los incontrolables gemidos que emitía en su intento de respirar no se lo permitían—. Corazón, no te vayas… no me dejes —le decía. Ella se hundió en su cuello para sollozar el ímpetu que la invadía y le nublaba el entendimiento, sin dejar de cabalgarlo—. Quédate. No quiero volver a estar solo.
El orgasmo les llegó de forma imprevista y les ocasionó espasmos que parecían no detenerse nunca.
Segundos después, Debby alzó con dificultad el rostro hacia él. Lo notó abatido, con los ojos adormilados y húmedos.
Zack le dedicaba una mirada tierna y satisfecha.
—Por favor, quédate —le susurró.
Un cosquilleo le recorrió el cuerpo entero hasta detenerse en su vientre. Se acercó y le besó los labios, aún temblorosos por el estallido de energía que había experimentado.
—No me iré —le aseguró y cayó rendida sobre él, consciente de que no podría cumplir con su plan de marcharse.
Ese día, Zack se había robado una parte muy importante de ella.