Capítulo 18. La habitación misteriosa.

939 Palabras
«—Hija, deja de jugar con fuego. Mira que él quema». La llave entró sin inconvenientes y la puerta se abrió con suavidad. Debby sentía el corazón en la boca, pero la expectativa era más fuerte que su miedo. Le era imprescindible comprender lo que allí sucedía. Al entrar, miró estupefacta la habitación. Estaba muy sucia, llena de polvo y telarañas, pero ordenada. Los hilos de luz que se escurrían por la gruesa cortina hacían brillar las motas de polvo que volaban. Eso le aportaba misticismo al lugar, que seguramente no había sido visitado en años. Encendió la luz y pudo observar con detalle los objetos. Era una habitación infantil, lo supo porque la pintura de las paredes representaba un cielo con nubes, con un gran sol y pájaros. Muchos pájaros. En el centro había un ventanal y a los lados: dos camas individuales vestidas con gruesos edredones azules. Del lado derecho se hallaba un ropero de madera de tres puertas, cerrado, y a la izquierda, un estante que ocupaba toda la pared repleto de juguetes, libros y otros adornos. —¿Qué haces aquí? Pegó un salto al escuchar la voz de Zack a su espalda. —Yo… yo… —¿Cómo entraste? —él tenía el cuerpo tenso. No la miraba a ella, sino a la habitación. —Encontré una llave en el ático. Es el único lugar que me falta por limpiar. Necesitaba algo con qué distraerme. Con esa excusa esperaba salir del aprieto, pero al ver que Zack no le prestaba atención, sino que repasaba con nostalgia la habitación, se sintió aliviada. Debby comenzó a caminar por el cuarto para detallar los objetos y determinar qué podía haber allí que la ayudara a entender lo que ocurría. —Es hermosa… a pesar de la suciedad —comentó. Giraba de vez en cuando el rostro hacía él. Lo veía inmóvil, aún parado en la puerta. Evaluaba cada espacio con los ojos brillantes. Al acercarse a las camas, ella casi pegó un grito de asombro, pero supo disimularlo. En el cabecero de madera de las camas estaban grabados los nombres de los dueños de la habitación: Zack y Allan. —¿Sabes quiénes son? —le preguntó mientras pasaba su dedo por las letras deslucidas que formaban la palabra «Zack». Él tardo un minuto en responder, tenía la vista perdida entre los juguetes del estante. —Los hijos de Kerrigan. La emoción embargó a Debby. Con esa confesión parecía encontrar las piezas faltantes del rompecabezas. —¿No era uno? —indagó. Debía aprovechar que él, por voluntad propia, le daba respuestas—. Jimena me dijo que el hijo de Kerrigan murió hace dos años. Zack le dirigió una mirada dura. Eso la intimidó, pero no podía detenerse. Volvió a pasar el dedo sobre las letras del nombre con fingida inocencia. —Eran dos… y uno se llamaba Zack. Como tú —le dijo, y lo miró a los ojos—. ¿Sabes que encontré algunas fotos en el ático? —Giró hacia el estante para darle la espalda mientras observaba los juguetes de la repisa—. Eran de un niño, quizás, del que quedó vivo. Se parecía mucho a ti. El silencio le erizaba la piel. Estaba desesperada, tenía que encontrar una manera de obligarlo a hablar. —¿Los conociste? —lo aguijoneó. Estaba convencida de que él le daría alguna respuesta, por absurda que fuera. Pero la reacción de Zack fue completamente contraria a la había imaginado. De pronto, él estaba tras su espalda, muy cerca, y ella no sabía en qué momento se había acercado. Sus manos le rodearon la cintura y comenzaron a acariciarla con sutileza. Hundió el rostro en sus cabellos para besarle la nuca. Ella se estremeció. —Dicen que la verdad nos hace libres, pero hay ocasiones en que eso no sucede —le dijo al oído, para luego chuparle el lóbulo—. Si quieres saber más, tendrás que quedarte —Debby gimió cuando sus manos subieron por su vientre hasta llegar a sus pechos. Cerró los ojos y se apoyó en él, extasiada—. No podré dejarte ir. Serás mía hasta que yo también aclare mis dudas. Él la inclinó para obligarla a apoyar las manos en el estante, dejando el trasero levantado y expuesto para que Zack se frotara en él. Ella lo sintió duro. Ardiente. —¿Lo quieres? —oyó que él preguntaba, pero Debby no podía hablar, ni siquiera moverse. Estaba aturdida y excitada. Zack le acariciaba los senos y sus partes íntimas con una dulzura que la embriagaba—. ¿Te quedarás conmigo? La respiración se le incrementó, así como el calor del cuerpo. No esperaba encontrar información de aquella manera. No podía olvidar las dudas que tenía en torno a Zack, pero le era imposible negarse y dejar de estar entre sus brazos… y en su cama. —Toma una decisión, Deborah —concluyó—. Esperaré tu respuesta. Se alejó de ella y se retiró de la habitación sin apuro. Debby cerró los puños e hizo un gran esfuerzo por mantener la calma. La curiosidad, el deseo y la furia le corrían por las venas. No quería que jugaran de nuevo con ella, no estaba dispuesta a sufrir más humillaciones. Quería respuestas, y por Dios que se las sacaría a Zack de alguna manera. Se incorporó y se sacudió el polvo de las manos. Se dio media vuelta y salió de la habitación asegurándose de apagar la luz y cerrar la puerta. Lo siguió, con el brillo de la determinación reflejado en la mirada.
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