Capítulo 17. Atreverse a lo desconocido.

1140 Palabras
«—Deborah, deja de ser fantasiosa y ocúpate de la realidad —le aconsejaba siempre su madre». Debby afirmó la espalda contra la pared y se llenó los pulmones de oxígeno para recuperar la lucidez. Los besos de Zack la desarmaban por completo. Segundos después, se dirigió a la sala y miró el desorden con desánimo. Encendió el televisor para evitar que el silencio la atormentara con recuerdos o temores y se sentó en el sillón. A los pocos minutos, la voz de un periodista le heló la sangre. —Hace unos minutos, un hombre fue hallado sin vida en la vía Pedersen. El cuerpo se encontraba fuera de su vehículo, abandonado a varios metros de distancia. —Con los ojos desorbitados, ella observó en la pantalla la imagen de una manta blanca estirada sobre el lodo. Ocultaba algo—. La policía aún desconoce el móvil del crimen. Debby sintió un extraño estremecimiento recorrerle la columna vertebral. Observó con detalle las imágenes que se mostraban, decenas de curiosos se habían detenido a orillas de la vía para seguir de cerca la investigación de los oficiales. —Según la identificación hallada en su ropa, el sujeto respondía al nombre de Bradley Joseph Donovan Laus. —Ella ahogó un grito de sorpresa al taparse la boca con ambas manos. Los ojos casi se le salían de las órbitas—. Se presume que después de estrellar el auto contra un árbol, salió del mismo y cayó en el lodo, donde al parecer, perdió la vida… No pudo escuchar más. Sus oídos se sellaron por el aumento de la adrenalina en su sangre. Bradley había ido a la cabaña con la intensión de asesinar a Zack. Alguien debió recibirlo, las ventanas cerradas y el desorden en la sala lo confirmaba. Luego el hombre aparecía muerto a pocos kilómetros del lugar. Su cuerpo había sido hallado sobre el lodo, el mismo elemento que manchaba las botas y el borde de los pantalones de su anfitrión. Se dio la vuelta para salir a toda prisa de la cabaña, pero tropezó con Zack, que estaba inmóvil tras ella. Con el cuerpo tenso y la mirada amenazante. —¿Todo bien? —le preguntó al notarla recelosa. —Sí… es… —Debby se giró hacia el televisor para evitar su mirada—. Encontraron muerto a Bradley —confesó y señaló el televisor. En ese momento transmitían la imagen de la identificación del sujeto. Después de unos segundos de sepulcral silencio, Zack se acercó a ella y la abrazó por la cintura. —Estaremos bien, Deborah. Te lo prometí —le recordó. Ella solo pudo asentir con la cabeza, con las lágrimas agolpadas en los ojos—. Tengo que salir un momento— le informó, con el rostro anclado en su cuello. —¿A dónde? —preguntó angustiada. —No iré lejos. Tengo que… buscar algo. —La giró hacia él y encerró su rostro ceñudo entre sus manos—. No me tardaré, ni siquiera perderé de vista la cabaña. Debby asintió y se dejó besar. Se negaba a creer que Zack fuera un asesino. La sola idea le comprimía el corazón. Él le sostuvo la mirada mientras retrocedía a la puerta. Luego se marchó en silencio. Al quedar sola recordó las palabras de Bradley: «Si el tipo vive, debe estar escondido, sino, su maldito fantasma la debe tener embrujada». También recordó la confesión de Zack cuando le hacía el amor en la cocina: «Sí, me asesinaron. Pero ni siquiera la muerte me quiso». La tarjeta que había encontrado en el ático anunciaba la muerte de un niño, cuya imagen era muy parecida al hombre que la acompañaba y poseía el mismo nombre. ¿Acaso Zack estaba muerto? La intriga estaba a punto de hacerle estallar la cabeza. Debía aclarar aquella confusión con urgencia para volver a sentir confianza. Cuando estuvo segura de que él estaba lejos, corrió al ático y buscó la caja que contenía las fotografías que había hallado el día anterior. Rebuscó entre los papeles lanzando algunos al suelo hasta encontrar la tarjeta donde había leído el anuncio. Bajo la fotografía se leía: «En recuerdo a la memoria de mi amado Zack. El amor que te profesamos quedará siempre vivo». Más abajo se hallaba una cita bíblica y al final, la leyenda: «Zackary Kerrigan Bowman 1978-1988». Debby se sentó sobre sus talones con el cerebro abarrotado de preguntas. Jimena le había dicho que la cabaña estaba abandonada desde hacía dos años, cuando el hijo de los Kerrigan había muerto, pero según la tarjeta, el chico había fallecido mucho tiempo antes. Si era el Zack que estaba con ella en la cabaña, el hombre llevaba veinticinco años muerto. No podía aceptar esa resolución. Era imposible. Ella misma había confirmado que él era real. Estaba vivo, mucho más vivo que su propio esposo. Pero, ¿por qué Jimena le había dicho que dos años atrás había muerto el hijo de los Kerrigan? ¿Se habría confundido? Se levantó del suelo con la cabeza agitada. El aleteo de un pájaro cerca de una de las ventanas le congeló la sangre. Se llevó una mano al pecho mirando con horror al animal que intentaba pararse sobre la madera del marco exterior. Era el ave blanca de alas grises que ya la había atormentado en otras oportunidades. El vidrio estaba cerrado, no podía entrar, pero sí podía verla. Esos malditos animales siempre aparecían cuando algo estaba por suceder. Se abrazó a su cuerpo para controlar los nervios, e hizo lo que jamás pensó que haría en su vida. —¿Quién eres? —lanzó al aire. Evaluaba toda la habitación con temor. Rogaba porque no apareciera ningún fantasma a pesar de estar invocándolo—. ¿Zack? ¿Eres tú? No podía sentirse más ridícula, pero no tenía otra idea en mente. —Dime algo. Sé que tratas de darme un mensaje, pero no entiendo… Un ruido la sobresaltó. Evitó un grito de espanto al taparse la boca con ambas manos. Sus ojos se ampliaron y se empañaron con lágrimas. Al girar, divisó que de una mesa había caído un objeto. Se acercó con lentitud mientras daba una ojeada a su alrededor. Al estar cerca, pudo percatarse de que se trataba de una llave plateada. La levantó y la frotó con el dedo pulgar para detallar su forma. Volvió a repasar la habitación en busca de algo o de alguien, pero ni siquiera sabía qué buscaba. Le urgían explicaciones. De pronto, su mente se iluminó como por arte de magia: «la primera habitación de la cabaña». Aquella que nunca había podido abrir y donde se habían detenido las canicas que rodaron el día en que inició la limpieza. Con un nudo en la garganta bajó en carrera del ático, ansiosa por aclarar sus dudas.
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