Capítulo 8. Un punto a su favor.

1282 Palabras
«—Deborah, los hombres son como los perros, una vez que los alimentas se quedan, es su instinto de supervivencia». Cansada de tantas situaciones confusas, decidió detener aquel conflicto y exigirle al sujeto que aclarasen de una vez por todas el problema que parecía existir entre ellos. —Escuche, no quiero incomodarlo… —comenzó a decir para disculparse, pero él decidió cambiar de postura y se resintió sin querer el tobillo—. No debería estar afuera, va a empeorar el estado de su tobillo. Zack se levantó con dificultad, tratando de disimular una mueca de dolor en el rostro. —Créame, he estado en peores condiciones —aseguró. Ella lo observó con curiosidad. Aquel hombre escondía muchos secretos, anheló adentrarse en su mirada para conocer lo que ocultaba su corazón. Él, al notar que ella lo estudiaba, se sintió inquieto. —Mejor me voy a… arreglar el cuadro que se cayó —expuso, y comenzó a cojear hacia el sendero que dirigía a la cabaña. Eso le permitió a Debby recordar el incidente ocurrido en la casa y el resto de las situaciones extrañas que había vivido desde que había llegado a ese lugar. —Usted, ¿cree en fantasmas? —lo interrogó de manera repentina. La pregunta congeló a Zack. Le echó una mirada a la cabaña, y luego, a ella. —Creo que los dueños deberían considerar remodelar la casa —dirigió de nuevo el rostro hacia la vivienda, que desde la distancia se notaba oculta entre las sombras producidas por los altos cedros que la rodeaban—. Hay mucho pasado acumulado en ella —murmuró para sí mismo, pero Debby alcanzó a oír sus palabras. La tarde caía y la cabaña se mantenía en una silenciosa calma. Debby, cansada por la limpieza realizada en el exterior, se sentó en uno de los sillones de la sala de estar y comenzó a hacer zapping en el televisor. La señal era mucho más nítida que antes, pero no se sentía atraída por ninguna programación, lo hacía para distraerse y no arañar más los recuerdos. Zack seguía encerrado en su habitación, recostado en la cama con el tobillo sobre almohadones. Salía en pocas ocasiones, solo para buscar comida o algo de beber. Cuando lo hacía, miraba a Debby de forma extraña y rápidamente regresaba a su escondite. No volvieron a cruzar palabra desde su conversación de la mañana, y Debby lo prefería así, porque cada vez que lo veía no podía evitar sentir un cosquilleo en el vientre, ansiosa por sentir de nuevo sus labios, su lengua hambrienta y sus poderosos brazos alrededor de su cintura. Suspiró con la mirada fija en el noticiero. Pretendía desviar la atención de sus preocupaciones viendo las tragedias ajenas. De esa manera dejaba de sentir lástima por sí misma para hacerlo por otros. Apartó la mirada del televisor porque un objeto ubicado en el interior de la chimenea llamó su atención. Rendida ante el impulso de su subconsciente, agudizó la vista hacia la construcción de piedra natural hasta notar que entre los restos de troncos depositados dentro del hogar se asomaba un papel. Dejó el control del televisor sobre el sillón y se acercó sin apartar la mirada del objeto. Al tomarlo, descubrió que se trataba de una fotografía. La imagen estaba decolorada por el tiempo y salpicada con algunas manchas oscuras. Había limpiado esa zona en dos oportunidades sin haber encontrado nada fuera de lugar. No entendía cómo había podido aparecer esa fotografía. Se dirigió de nuevo al sillón detallando al niño que estaba retratado. Tendría unos ocho o diez años, vestía de manera formal, con traje oscuro, pero su postura parecía rígida y sus ojos reflejaban una pena insondable. Se hallaba sentado sobre un columpio, daba la impresión de que había sido obligado a ubicarse en ese sitio. A su lado se encontraba otro balancín vacío, pero en él, Debby divisó algo extraño. Sobre el segundo columpio se veía una sombra borrosa. Por la mala calidad de la fotografía era imposible afirmar a qué se debía. Pasó el pulgar por el área y la acercó a su rostro para detallarla. Mientras más la evaluaba, la figura parecía revelarse. Casi podía jurar que era la silueta de otro niño. —¿Otro más? La pregunta de Zack le congeló la sangre. Por instinto, ocultó la fotografía guardándola en el bolsillo de su pantalón deportivo. —¿Cuántos accidentes tendrán que suceder para que la gente entienda que no deben beber al manejar? —comentó él sin haber notado la inquietud de la mujer. El hombre avanzó cojeando hasta el sillón con una mueca de dolor en el rostro y se sentó a su lado. Ella observó el televisor y, al ver que una periodista cubría la escena de un accidente de tránsito, comprendió las palabras de Zack y se sintió aliviada. No sabía por qué no le hubiese gustado que la descubriera evaluando aquella imagen. —El alcohol es más poderoso que la cordura —masculló para evitar que él advirtiera su turbación. —¿Estás bien? —inquirió Zack con la mirada fija en ella. La pregunta la descolocó. Titubeó por un momento, paseando la mirada del televisor a él antes de darle una respuesta. —Sí… —mintió—, aunque un poco cansada por la limpieza. Él asintió e intentó mantener su atención en el noticiero. Ella lo imitó, pero no podía evitar observarlo de reojo. Su cercanía la alteraba. —Tu amiga… ¿es cercana a los Kerrigan? —siguió preguntando el hombre. Las cejas de Debby se arquearon. —Supongo. —Me encargaron cuidar de la casa. Necesito saber si llegarán más visitantes. —Te aseguro que nadie más vendrá. Ella lo vio con detenimiento. El rostro de Zack estaba endurecido, algo le molestaba. Al presentir su escrutinio, él se giró hacia ella. Ambos quedaron absorbidos por la mirada del otro. Debby se sintió hipnotizada. En el televisor comenzaron a trasmitir las imágenes de una noche estrellada, lo que le restaba iluminación a la habitación donde se encontraban. La atmósfera se volvió más íntima. Zack levantó su mano y cubrió con los dedos su mentón para atraerla hacia él. Al sentir de nuevo el contacto de sus labios, las hormonas de Debby se alborotaron. Apoyó las manos en el pecho de Zack y comenzó a acariciarlo. El beso se profundizó, pero él lo detuvo de manera repentina para alejarse de ella, como si su boca le quemara. —Maldita sea —murmuró, y se incorporó para quedar frente al televisor. No quería cometer más errores, pero la cercanía de la mujer lo descontrolaba. Ella quedó abrumada. Miraba su postura enfurecida mientras ralentizaba la respiración. Una punzante sensación de amargura le apresó el pecho. No quería volver a sufrir un rechazo, pero su estupidez la hacía vulnerable. —No comprendo qué me pasa contigo —masculló Zack. Luego se puso de pie y apretó la mandíbula al apoyar el tobillo lastimado en el suelo—. Tu presencia… me vuelve un imbécil —se quejó y se marchó a su habitación tan rápido como pudo. Ella quedó de piedra. Las palabras del hombre provocaron un oleaje de emociones en su pecho. Las mejillas se le llenaron de rubor al notar que se había humedecido su zona íntima y se le habían endurecido los pezones. Una risa tonta escapó de sus labios. Agradeció estar sola mientras experimentaba una infantil reacción de alegría. Saber que aún era capaz de atraer a un hombre le generaba bienestar. Dirigió su atención al pasillo de las habitaciones. Zack no debía imaginar lo que lograba en ella, ese era un punto a su favor.
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