Capítulo 9. Tomando el control.

1915 Palabras
«—Amiga, si no tomas el control, otro lo hará por ti. ¡¿Qué esperas?!». Después de un desayuno nutritivo, Debby se preparó para ir al pueblo en busca de víveres. Esa mañana se sentía de buen humor, el sueño había sido reparador. Zack, en cambio, salió de la habitación con el rostro ajado por la irritación, cabizbajo y receloso. El poco tiempo que estuvo junto a Debby en la cocina la esquivó como a la peste, pero no apartaba su mirada de ella. Y no era para menos, la mujer se había levantado ese día con ganas de provocarlo. Se enfundó un vestido floreado que la cubría hasta la mitad del muslo, cuya suave tela se cernía a las curvas de su cuerpo como una segunda piel. Él se esforzaba por apartar los ojos de sus piernas o del escote que dejaba la prenda, pero le resultaba imposible. Ella, al mirarlo lanzar un par de tostadas en el plato, servirse un poco de huevos revueltos en medio de gruñidos y llenar su taza de café sin ningún tipo de delicadeza, dibujó una gran sonrisa en los labios. Salió de la casa simulando indiferencia, después de emitir un escueto «ya vuelvo». Al poner el auto en marcha, giró el rostro hacia la cabaña. Lo vio en la ventana de la cocina, asomado por una rendija. La observaba con el ceño fruncido. Al darse cuenta de que la mujer lo había descubierto, cerró la cortina con hostilidad, reacción que le provocó a Debby un ataque de risa. Tomó la ruta Pedersen experimentando una poco usual sensación de dicha. Aquellas emociones eran novedosas para ella y no quería dejar de sentirlas, mucho menos sentirse culpable por ello. Ya no se reprendería por ser mujer. No le debía lealtad a nadie, pues su esposo no solo la había engañado con otra mujer, sino que la había echado de su casa para poder vivir con «la otra». Era libre de sentir interés por quien quisiera. No cometía ninguna falta. Después de varios minutos de viaje, llegó a un poblado turístico y se detuvo cerca de los establecimientos de comida. Cuando ya había adquirido todo lo necesario para abastecerse, se dirigió a un café y pidió un teléfono con intención de comunicarse con Jimena. —¡Eres una inconsciente, ¿cómo eres capaz de marcharte sin llevarte el teléfono móvil?! —le reprochó su amiga apenas terminaron los saludos iniciales. —Me dijiste que lo mejor era desconectarme de todo. —Pero eso no me incluía a mí. —Te llamo para que tengas noticias y me digas cómo están las cosas por allá —expuso Debby con un dejo de amargura en la voz. —Con tu partida estalló el problema, yo te dije que eso pasaría. Adivina quién viajó de Houston para interceder en el conflicto —la aguijoneó Jimena con un tono burlón. —¿Quién? —preguntó Debby, curiosa. —Marian. —¿Marian? —repitió sin poder creérselo. Nunca imaginó que la madre de su esposo se animara a intervenir en ese asunto. Ellas nunca lograron mantener una buena relación. Debby suponía que Marian la odiaba. —Ella misma. Brian jamás imaginó que su madre, quien nunca había aprobado la unión entre ustedes, lo reprendiera por lo que te hizo. —¡¿Marian se puso de mi parte?! —consultó, impactada por la noticia. —Si yo no hubiera sido testigo del hecho, jamás lo habría creído. —¡¿Estuviste allí cuando ella llegó?! —exclamó casi a los gritos. Se giró apenada para verificar si alguien dentro del establecimiento la había escuchado. —Sí, fue lo máximo —comentó la otra con tono burlón—. Yo había ido a su casa a reclamarle porque él me ha estado acosando para que le confiese dónde estás y aproveché la ocasión para decirle unas cuantas verdades en su cara, pero de pronto llegó Marian y me superó —contó en medio de risas. Debby mantuvo la boca abierta articulando una O perfecta. —No puedo creerlo —exclamó. —Créelo, amiga. Y eso no es todo, escuché en medio de la discusión que tuvieron entre ellos, que Brian quiere reconocer a la niña. Marian está indignada. —¡¿Ahora?! Debby se encogió sobre el mesón donde estaba ubicado el teléfono y volvió a dar una mirada precavida a su alrededor. Uno de los mesoneros la observó como si ella tuviera la cabeza llena de pájaros y continuó su labor negando con la cabeza. Tenía que controlar sus emociones para no gritar como loca. —Sí. Él dice que es lo mejor que puede hacer para arreglar la situación, pero su madre no está de acuerdo. Debby se frotó el rostro con una mano. Tenía la mente saturada de confusiones. —Como si eso resolviera los años de mentiras —se quejó. Jimena emitió un bufido. Brian no solo la había engañado con otra mujer, sino que le había ocultado que tenía una hija con ella que ya contaba con cinco años. Una chica que aún no poseía su apellido. —¿Y mi madre? ¿Has sabido algo de ella? —preguntó para cambiar la conversación. Estaba harta de hablar de su esposo y de su amante. Ansiaba olvidarlos. —Debe estar bien, no he vuelto a verla. —respondió Jimena con indiferencia. Debby puso los ojos en blanco. Su madre y su amiga nunca habían entablado una buena relación. —Pero cuéntame cómo estás —pidió Jimena—. ¿Has tenido problemas en la cabaña? ¿En qué condiciones está? —No estaba deshabitada —lanzó. —¡¿Qué?! —Un cuidador vive en ella. —¿Un cuidador? ¿Estás segura? ¿Quién es? ¡Cuéntame todo de él! Debby abrió la boca para comenzar a contarle a su amiga sobre Zack, pero una extraña sensación en su interior la impulsó a morderse los labios. Aún no sabía mucho de él, prefería informarse mejor antes de hacerle un comentario a Jimena. —Es un hombre... mayor —mintió—. Dice que lo contrató la señora Kerrigan. —El silencio fluyó por unos segundos. Debby solo podía escuchar la pesada respiración de su amiga al otro lado de la línea—. Tiene un carácter de mil demonios. —No sabía que alguien estuviera viviendo allí. La voz de Jimena se notaba molesta. —Lo imaginé, porque me asusté al llegar y encontrarlo. Sin embargo, dejó que me quedara, y, a pesar de su mal genio, ha sido… atento —fue lo único que le confesó. No estaba de ánimo para contarle sobre su debilidad frente a él ni sobre el apasionado beso que habían compartido. —¿Cómo es? Debby palideció. Si le revelaba que era un hombre apuesto, fornido, de labios suaves y caricias cálidas, la atormentaría por el resto de su existencia pidiéndole más detalles. —Es solo un viejo —expresó como si le restara importancia al asunto. —Veré qué puedo averiguar sobre ese hombre. Tienes que mantenerme al tanto de todo, no dejes de llamarme —expuso Jimena con tono autoritario. —Lo haré. —Una nueva sensación de amargura invadió a Debby. La controló con un profundo suspiro—. No le digas a Brian donde estoy —pidió volviendo a angustiarse—. Menos mal que desaparecí, no hubiera soportado estar presente en el momento de la llegada de Marian. —Ella ha preguntado por ti. Por supuesto no pienso decirle nada. Irte fue lo mejor que pudiste haber hecho, mientras estés lejos las cosas tomarán su rumbo. No regreses hasta que yo te avise. —¿Y el negocio? —De eso me encargo yo, no te preocupes por nada. Solo ocúpate de descansar y de olvidar. El problema que ahora tiene Brian no debe afectarte. Él cometió un error, que lo resuelva solo. Debby hacía un esfuerzo por asimilar esas palabras. Aunque el dolor por la traición la golpeaba con fuerza, debía superarlo. Ya había soportado muchos años de mentiras, rechazos y reproches, tenía que alejarse de esa vida. —Regresaré a la cabaña. En un par de días te llamo. —No dejes de hacerlo —le pidió Jimena en tono de advertencia. Cortó la llamada sin más despedidas. Pensaba marcharse, pero una inquietud en el pecho la obligó a marcar un segundo número. Mientras el teléfono repicaba se comía las uñas, era una manía que tenía de niña y estaba a punto de perder, pero cada vez que debía hablar con su madre la ansiedad volvía. —¿Sí? —Mamá. —¿Deborah? —ella soltó un bufido. Le molestaba que su madre preguntara su nombre aun sabiendo que ella era su única hija, nadie más la llamaba «mamá»—. Deborah, ¿dónde estás? —consultó la mujer enfurecida. Debby comprimió el rostro en una mueca de disgusto. —Estoy bien, mamá. —No te pregunté cómo estás, te pregunté dónde estás, y quiero que me respondas ahora mismo —espetó la mujer con severidad. Debby expulsó todo el aire que contenía, le incomodaba que su madre la tratara como si fuera una niña. —¡Estoy bien! Te llamé para que no te preocuparas. —¿Cómo quieres que no me preocupe? Haces exactamente lo que la envidiosa de Jimena te dice. ¡Deberías confiar más en mí, soy tu madre! —se quejó a todo pulmón. —Confío en ti, mamá, pero tú también debes confiar en mí. Soy capaz de tomar decisiones. —¡Mentira! Estás siendo influenciada por esa arpía que dice ser tu amiga. Vuelve a tu casa, Deborah, junto a tu marido. Ese es tu lugar. Los ojos de Debby se llenaron de lágrimas. Se sentía impotente, todos parecían creer que tenían el derecho de indicarle lo que debía o no hacer, estaba cansada de que la gobernaran como a una marioneta. —Fue Brian quien me pidió que me fuera —confesó indignada. —¡Pobre hombre! Claro que va a pedirte eso, debe estar disgustado por esa insana amistad que te empeñas en mantener con Jimena. —¡No fue por Jimena que me dejó! —la rabia le nubló la mente y le impedía medir sus impulsos. Observó a su alrededor porque después de que gritara aquello, varias personas voltearon a mirar lo que le sucedía. Se indignó al ver que un trío de mujeres, quienes tomaban una bebida refrescante en la barra, reían y murmuraban a su costa. Apretó los labios para controlar la cólera. —Eres demasiado ciega, Deborah. Saliste igual a tu padre. No heredaste nada de mí. Bajó los hombros con una creciente sensación de derrota haciéndole mella la paciencia. Su madre siempre culminaba las conversaciones dejando en claro lo diferentes que eran, como si fuera necesario que recalcara eso. —Me tengo que ir, mamá. Se me acabaron las monedas —le mintió. El teléfono se lo alquilaban por minutos consumidos, pero debía terminar la llamada de alguna manera. —No te atrevas, Deborah… —Te llamo luego, mamá. Te quiero. Y cortó sin atender los gritos desmedidos de su madre al otro lado de la línea. Regresó a la cabaña con el alma hecha pedazos y con los recuerdos y la culpa triturándole los pensamientos. No le gustaba mentir, pero si quería tomar las riendas de su vida no podía permitir que siguieran manipulándola a su antojo.
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