4º ROUND

4465 Palabras
—Buenos días —saludo alegremente a Jean Paul mientras me abre la puerta del asiento trasero de la camioneta. —Buenos días, señorita Queen —me responde, cordialmente. Daniel está sentado absorto en la calle más allá de la ventana, y ni siquiera hace ademán de mirarme… o saludarme. Frunzo el ceño, preguntándole con la mirada a Jean Paul —que me observa atento por medio del espejo retrovisor mientras se sitúa en el asiento del conductor— qué le pasa al enfurruñado que tengo al lado, pero, encogiéndose de hombros y carraspeando —según él para aparentar normalidad— empieza a incorporarse al tráfico. ¡¿Qué?! —¿Daniel? —ladeo mi cuerpo un poco de tal manera que quedo apoyada en mi costado izquierdo, mirándolo en espera a que me regale cualquier señal de que reconoce mi presencia, pero nada. Enfurruñado es poco. ¡¿Qué demonios le pasa?! Anoche, cuando salimos del gimnasio, me quedé dormida en la camioneta, y aparecí mágicamente en mi estupenda cama a eso de las nueve treinta. Estaba tan, pero tan exhausta, que ni siquiera me di cuenta a qué hora me dejó en mi apartamento. Caí en coma apenas cerré los ojos. Cuando el hambre me pudo —parecía con una rumba country a todo volumen en el estómago— me levanté, hice un inventario detallado de mi habitación hasta que por fin mis neuronas volvieron a la vida y me di cuenta dónde estaba, y le llamé. Hablamos más o menos diez minutos —seis de los cuales me la pasé diciéndole que se cuidara, que lo del gimnasio no había sido como quebrarse una uña, hecho que para él es muchísimo menos que para una mujer, y que descansara— y nos despedimos, con beso de buenas noches incluido. No entiendo que pasó de eso a… esto. Estoy experimentando lo que muchos denominan la ley del hielo, así como si el hombre que tengo al lado tuviese cinco años. Suspiro fuertemente, estiro mi mano derecha y “camino” con mis dedos corazón e índice por su brazo derecho, hasta llegar a su hombro, pero nada. Está en el planeta Daniel, el cual tiene una población de una persona, y sé que no tengo necesidad de decirles cuál es su único habitante. »¿Alguna pista con la que quieras colaborarme? —le pregunto a Jean Paul cuando se detiene en un semáforo. Me observa por el espejo retrovisor, y estoy casi segura que está aguantándose la risa mientras me responde con un tono de voz de lo más casual. —Se me olvidó confirmarle que me había llegado su mensaje. ¿Eh? Frunzo —otra vez— el ceño. A este paso voy a parecer una uva pasa. ¿Mensaje? ¿Cuál mens…? ¡Ay no! No, no y no. —¡¿Estas así por los exámenes?! —pregunto incrédula, mirando a Daniel como el niño de cinco jodidos años que es. Si hubo algo que hice entre ese beso de buenas noches y la falta de saludo de hoy; y fue, sencillamente, separar una cita para que se realizara los exámenes que le envió Stuck ayer. Pero, por favor, nadie se enoja por eso. Son unos sencillos exámenes de rutina; no se le va a ir la vida en eso. —Te dije que no había necesidad —se digna a hablar por fin, camuflando su enojo con fingida calma—. Estoy perfectamente. Dios, dame paciencia y serenidad, porque si me das fuerza… Tomo una profunda respiración y me acomodo en mi asiento, apoyando la cabeza en el respaldo. No voy a discutir por esta nimiedad. Me niego a comportarme como una culicagada. Me cruzo de brazos y observo la ciudad del lado de mi ventana.   Al llegar a la editorial, Jean Paul se apresura a abrir mi puerta, pero Daniel no hace ningún movimiento o indicio de que va a bajarse. —Estaré de vuelta a las once. —Se limita a decir, en un tono monótono. Me quedo mirándolo por unos segundos, su perfil enmarcado por la luz del día. Ni siquiera parpadea, y a duras penas su pecho se mueve mientras respira. Es una estatua jodidamente enojada que disimula su malgenio jodidamente bien. Suspirando —fuertemente para que él escuche— me doy la vuelta y entro al edificio. Saludo al Señor Martin cuando paso por la recepción, y siguiendo de largo los ascensores, me dirijo a la cafetería. Necesito un café, con la mayor cantidad de cafeína que el cuerpo humano pueda tolerar. Bueno, tampoco taaaan cargado, pero por ahí va la idea. Marcus no está por ninguna parte cuando entro en la cafetería, aunque no es que lo quiera ver, es más bien que quiero experimentar eso de no ser… ¿Cómo fue que dijo? Ammm… ah sí, “no ser amable” con él. Ja. Imposible. Sé que lo prometí, pero apelaré que es un absurdo. Con la taza del más exquisito café n***o bien cargado en la mano, me dirijo de vuelta a los ascensores. Piso a piso voy saludando y despidiéndome de las diferentes personas que me encuentro. Todos en este edificio saben quién soy, y no es por alardear, todos me saludan por mi nombre y se inventan cualquier cosa para crear conversación, desde “qué calor hace”, “el tráfico es una locura”, hasta “¿Quién crees que será la próxima Miss Universo?”; para ser completamente franca, me asfixia tanta popularidad. En la secundaria no era ni siquiera de las normales, de las chicas que van a fiestas y… bueno, lo que sea que hacen las chicas en la secundaria; era de los bichos raros, los ratones de biblioteca, por lo que, aunque hago mi mayor esfuerzo, no sé cómo manejar tanto reconocimiento. Vuelvo a respirar tranquila por allá en el piso cuarenta y dos, cuando quedo sola contra el mundo. Cuando las puertas se abren en mi piso, y ya mi taza está prácticamente vacía, dos figuras de traje me reciben. Parpadeo, sorprendida por unos segundos, mientras busco en mi mente de qué conozco a estos hombres. —Señorita Queen —dice uno de ellos—, buenos días. Las puertas del ascensor empiezan a cerrarse delante de mí, pero el otro hombre estira una mano para detenerlas. »¿Se acuerda de nosotros? Veo a Marilyn al fondo, de pie, mirando fijamente hacia nosotros, pero no tengo forma de preguntarle qué hacen aquí los agentes del FBI que tratan a Daniel como si fuera un asesino en serie, por lo que, devolviendo la mirada a ellos, respondo. —Buenos días, agentes. Claro que me acuerdo de ustedes. —El “a duras penas” queda implícito en alguna parte. La alarma del ascensor emite un pitido, recordándome que sigo adentro, y que el agente… como se llame, lleva mucho tiempo sosteniendo las puertas abiertas. Lo va bloquear. El otro agente, el que me saludó primero, el que se caracteriza por ser la voz andante del equipo, se percata de lo mismo que yo. —¿Le molestaría que habláramos con usted un minuto? —Da un paso atrás y desplaza su cuerpo a un lado de modo que tengo espacio suficiente para salir. Niego con la cabeza, respondiendo a su pregunta, y salgo del ascensor. Saludo a Marilyn cuando voy a mitad de la habitación, pero en vez de seguir hacia las puertas de la oficina, me dirijo al área de lectura, donde están los sillones que tanto me gustan. Haciendo un gesto para que los agentes se sienten, le lanzo una mirada furtiva a Marilyn cuando dejo la taza en una mesa auxiliar. Una pequeña sonrisa adorna mi rostro mientras espero a que empiecen con el… llamémosle interrogatorio, porque, al fin y al cabo, eso es a lo que se dedican, a interrogar, indagar, investigar e incomodar a la gente.  »¿El Señor Kydog llegará pronto? —pregunta el agente uno, el que suele hablar más. —¿Podrían recordarme cómo se llaman? Soy muy mala para los nombres. —Me excuso, y trato de sonar alegre y relajada cuando la verdad es que estoy aterrada. Dios, ¿Qué querrán? —Soy el agente especial Archer —me contesta—, mi compañero es el agente especial Reinols. Asiento, recordando la primera vez que se presentaron. Ese día, ufff… parece que fue hace mil años. El manuscrito, el beso, y… bueno, todo. —Gracias —murmuro—, y no —respondo un poco más fuerte a su pregunta anterior—. El señor Kydog llegará a la oficina alrededor de las once. Los agentes asienten, mirándose el uno al otro por unos segundos. Las manos me sudan, me pican, me tiemblan. Y lo peor es que el agente especial Reinols se ha dado cuenta, porque va de mi rostro a mis manos —que están sobre mi regazo— una y otra vez. —¿Qué sabe sobre Catrina Austin? —pregunta el agente Archer. ¿Qué sé sobre Catrina Austin? Que es la sombra detrás de la cual vivo. Y Dios, sé que suena horroroso, que parece frío y desalmado, pero es la verdad. —Absolutamente nada —respondo, en contradicción de mis pensamientos—. Entré a trabajar aquí después de… —Hago una pausa, buscando una forma de decirlo sin que suene tan… mal—, después de su muerte. —Y fallando miserablemente porque la palabra “muerte” es lo bastante mala. —¿El señor Kydog le ha comentado algo sobre ella? —pregunta el agente Reinols, interrumpiendo lo que sea que iba a decir su compañero—. ¿Le ha dicho algo respecto a la relación que sostenía con ella? ¿Respecto a la relación que sostenía con ella? Creo que en el FBI deberían dictar un curso sobre “tacto a la hora de interrogar a aquellos que no son sospechosos de asesinato”, y si lo hay, aunque dudo que se llame así, hacer que el agente Reinols tome horas extras ya que es obvio que no tomó notas en clase. —Agente Reinols, creo que si quieren saber qué piensa Daniel sobre Catrina, y hablar “respecto a la relación que sostenían” —Al repetir sus palabras no puedo dejar de sonar un tanto resentida—, lo mejor es que hablen directamente con él. No entiendo qué tengo que ver en esto. Dios, la pobre chica está muerta, y aquí estoy yo, muerta, pero de celos. Daniel me aseguró, en una de las pocas ocasiones en las que se permitió hablar conmigo del tema, que entre ellos nunca hubo algo ni siquiera medianamente sentimental. Soy la excepción a la regla. La única con la que se ha permitido extralimitarse. Y, aunque muchas pensarán o hasta dirán que soy tonta, quiero creerle. Sin embargo, dejando eso a un lado, me parecen absurdas sus preguntas, las cuales estoy muy segura ya se las han hecho a Daniel en el interrogatorio al que se vio obligado a asistir hace unas semanas. ¿Qué esperan, que diga algo completamente diferente a él? El repiqueteo de unos tacones nos hace desviar la mirada hacia los ascensores. Una mujer de cabello n***o, liso y con corte a los hombros camina directamente hacia nosotros. Medirá un poco más de uno sesenta y cinco, pero proyecta una ferocidad indomable. Tiene gafas, aunque no las lleva precisamente en sus ojos, sino que cuelgan en su pecho, por entre el escote de su blusa, atrayendo la atención a esa área en particular. Tiene unas curvas de infarto, sin embargo, no es exactamente delgada. Me recuerda a Nat. Dura, imponente sin pretender serlo, sexy sin proponérselo. Cuando está a un metro de nosotros, aguardo a que me diga en qué le puedo colaborar, pero me desconcierta completamente cuando se dirige a los agentes. —Espero que tengan una orden —dice, directa a la yugular. Miro de ella a los agentes, uno de los cuales se ha puesto de pie —el agente Reinols— porque claramente se conocen. —No necesitamos una orden para hablar con la señorita Queen —comenta el agente Archer desde su asiento. —¿Le han preguntado algo respecto al señor Kydog, o Catrina Austin? —dice la mujer, mirándome fijamente. Asiento, porque algo me dice que está de mi lado, o del de Daniel—. Necesitan una orden si van a hablar del caso con ella. —Continua, esta vez devolviendo la mirada al agente Archer. No tengo idea de si es cierto, pero si evita que los agentes me sigan incomodando, no apelaré. El agente Archer me mira, inclinándose hacia mí, impregnando su mirada de intensidad. —En el fondo sabe que algo va mal. Daniel Kydog no es lo que dice ser. Es peligroso. —Levanta la mirada un segundo hacia la mujer que se ha quedado de pie a mi lado y cuando regresa a mí, pregunta—: ¿Ha notado algo raro? ¿Algo que se pueda considerar inquietante? —No conteste —me aconseja la pelinegra, o me ordena, depende del punto de vista. Los ojos del agente Archer son penetrantes, buscando en mi interior una pista, una respuesta. ¿He notado algo raro? La verdad, la pura verdad, sí, un poco de cosas, pero no creo que sean del raro al que se refiere, o tal vez sí, ay Dios, los tal vez son tan molestos. ¿Algo que se pueda considerar inquietante? Muchas más cosas, pero, no lo sé, mi relación con Daniel pueda que esté alterando mi percepción de las cosas. —Piense en Catrina Austin, señorita Queen. —El agente Reinols continúa de pie, y, a diferencia del resto de veces en las que ha hablado, esta vez en su tono hay algo suave, tranquilizador—. Ella merece justicia. Su familia merece la verdad. Ay Dios. Daniel no fue, lo sé, no puedo explicar cómo, pero lo sé. Intento decir algo, pero aparte de que no hay palabras que sean capaces de atravesar el nudo que se ha formado en mi garganta, la mujer —a la cual tengo que pedirle muchas explicaciones— me interrumpe. —Es mejor que se vayan. —No tambalea, ni flaquea. Su tono es bajo, y a muchos puede engañar haciéndoles pensar que es cálido, pero es directa y mordaz. El agente Reinols, de quien no he podido despegar mis ojos después de su último comentario, asiente, y trata de esbozarme una sonrisa, aunque parece faltarle práctica. —Si alguna vez quiere hablar con nosotros… —Mi atención viaja de inmediato al agente Archer, quien estira una mano que sostiene una tarjeta en mi dirección—, no dude en llamarnos. Tomo la tarjeta, asintiendo a modo de entendimiento. »Gracias por su tiempo —se despide, poniéndose de pie junto a su compañero. Ambos hombres se dirigen a los ascensores, y una vez que suena el ting de llegada, desaparecen tras las puertas. Los segundos pasan mientras observo atentamente la tarjeta, preguntándome inconscientemente si algún día llegaré a usarla, hasta que la voz de la mujer me obliga a observarla. —Los agentes del FBI estuvieron aquí —dice al teléfono, hablando, creo yo, con Daniel, porque, según yo, es el único al que le podría interesar esa información—. No, ya se fueron, cuando llegué estaban hablando con la señorita Queen. —Sus palabras son precisas y fluidas, y no es de ese tipo de personas que se mueve mientras habla, más bien es tranquila, estática—. Está bien, por lo poco que puedo deducir no alcanzaron a preguntarle nada. —Una pausa y—: No, aún no hablo con ella, supuse que querías enterarte lo antes posible. —No me mira, aunque no me pierdo ningún detalle—. No tienen un caso, Daniel —afirma, y de paso confirma mi suposición—. Voy a hablar con ella y a asegurarme de que esto no vuelva a pasar. Cuelga después de eso, desplazando su mirada hacia mí. Estira una mano, la cual estrecho instintivamente. »Maiha Taphur —se presenta. Ah, ya decía yo que tenía una aptitud arrolladora. Es la abogada de Daniel. —Margaret Queen —digo en respuesta, aunque por su anterior conversación, sabe perfectamente quien soy.   Hablé con Mahia largo y tendido. Dios, esa mujer es… wow. Te sostiene la mirada como si no fueras más que su reflejo. Es paciente a la hora de escuchar, es calmada a la hora de hablar. No desestima tu opinión, pero es firme e inflexible a la hora de dar la suya. Palabras más, palabras menos, un misil no tiene nada que hacer a su lado. Ella da justo en el blanco, sin oportunidad de supervivencia. Me dejó perfectamente claro que, en este momento, en el punto en el que está la investigación, Daniel no tiene de qué preocuparse. Las pruebas no lo incriminan, su coartada es sólida, no tenía un motivo para hacerlo, nada que lo ponga en el tablero de sospechosos, pero —y cuando fue a argumentar el pero, su voz adquirió un tono recalcante— el FBI —por alguna extraña razón de la cual no me pudo dar ni la más mínima pista— sigue indagando y teniéndolo en el punto de mira, y yo, al ser más que su asistente —sus palabras— influyo directamente en la investigación —no entiendo cómo ni porqué—, y, la cito, todo lo que diga puede y será usado en contra de Daniel.  Más que tranquilizarme, después de que se fuera quedé fue aterrada. Pero bueno, una hora de hacer mi mejor esfuerzo por concentrarme en mi trabajo ha funcionado para disipar mi inquietud, un poco. Daniel llegará más o menos en unos treinta minutos, y la oficina esta hecha un caos. Mi celular suena con una llamada entrante que estoy a punto de ignorar cuando veo el identificador de llamadas y me doy cuenta que es Sebastian. —Hola —saludo, poniendo el altavoz para poder utilizar mis manos libremente. —Aloha —saluda—. ¿Me contó un pajarito que tuviste una visita no deseada esta bella y soleada mañana? Espera… ¿Qué? A veces —casi siempre— tengo que recordarme a mí misma que con Sebastian todo puede ser… raramente impredecible. —¿Un pajarito? —Trato de no reír—. ¿Desde cuándo los pajaritos hablan? —Desde que me tienen a mí para escucharlos —responde con obviedad. Ay, por favor, quien lo escuche dirá que está hablando en serio. —No fue exactamente una visita no deseada —repongo, respondiendo a su pregunta—, fue más como una visita sorpresa muy poco agradable. —Ammmm… —murmura—, entonces… —vacila—, ¿Todo bien? Sebastian no suele ser tan indeciso a la hora de hablar, y la verdad sea dicha, es un poco incómodo el rumbo que está tomando la conversación. —¿Por qué no habría de estarlo? —me pongo de pie, llevando los manuscritos ya corregidos por Daniel a la mesa que nos sirve de comedor para entregárselos a Marilyn apenas termine la llamada, ya que ella se encarga de devolverlos a los editores correspondientes, para que estos a su vez hablen con los autores y se hagan los ajustes necesarios. —No, por nada —se apresura a contestar—, solo preguntaba. Frunzo el ceño, porque está actuando más raro de lo normal, y eso ya es decir mucho.  —¿Te sucede algo? —le pregunto, intentando averiguar lo que pasa. —No, no. Es… ammm —murmura algo a lo lejos, dejándome esperando a que termine de tartamudear como adolescente nervioso. Definitivamente no es el Sebastian raro de siempre. Debe ser que se levantó del lado equivocado de la cama esta mañana. —Sebastian —reclamo su atención—. ¿Para qué me llamas? ¿Qué puedo hacer por ti esta bella y soleada mañana? —Ya está bueno de perder el tiempo, tengo un montón de cosas realmente importantes que hacer. El silencio al otro lado se extiende, haciendo que me pregunte si se habrá olvidado de que estaba hablando conmigo. »¿Sebastian? Nada, silencio. Está bien, esto es perfecto.  Dejo los manuscritos y camino de vuelta a mi escritorio. La llamada se ha cortado, lo cual es obvio, dado el absoluto silencio de la línea. Olvido que estos últimos segundos pasaron, y me quedo de pie acomodando unos documentos, cuando las puertas se abren. Sebastian modula un Aloha, y más allá de él veo a Daniel hablando con Marilyn. »Me dejaste hablando sola —comento, bajando la mirada a los documentos sobre mi escritorio. ¿Qué le pasa a Nueva York hoy? ¿Será algo en el aire? —Sí —suspira, acercándose—. Lo siento por eso, veníamos en el ascensor y como ya casi estaba llegando quise terminar la conversación en persona. Levanto una ceja, cuestionando de principio a fin su argumento. Daniel le pidió que me llamara, porque el muy canalla está tan enojado que no fue capaz de hacer la llamada él mismo, y lo hizo mientras subían para determinar qué tan afectada me encontraba y así saber cuál sería su actitud al llegar.  —Cancela la videoconferencia. —Daniel entra con Marilyn siguiéndole el paso—. Habla con su secretaria para coordinar una cena esta noche, el lugar que él elija. Lo observo detenidamente mientras se sienta tras su escritorio. —¿Algo más? —pregunta Marilyn, y Daniel niega en respuesta—. Bien. Marilyn sale de la oficina, cerrando tras de sí, y ahí estamos Sebastian y yo de pie a cada lado de mi escritorio, y Daniel sentado tras el suyo, con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla, sus ojos cerrados. —¿Podrías conseguirme un café, por favor? —Me pide Sebastian tras varios minutos de silencio. Asiento casi que imperceptiblemente, y aun sin despegar mis ojos de Daniel, alargo una mano hacia el teléfono, pero cuando lo voy a levantar, la mano de Sebastian me detiene. Le observo, frunciendo el ceño. »¿Podrías, por favor, ir a la cafetería y traerme un café? —replantea su anterior pedido. ¿Qué? Pero… suspiro, entendiendo lo que se propone. Quiere que los deje a solas. Miro hacia Daniel, esperando que diga algo respecto al pedido de Sebastian, pero sigue en la misma posición. Asiento para que Sebastian suelte mi mano, y camino hasta las puertas de la oficina. Bajar me servirá a mí también. Despejará mi cabeza, y me ayudará a…  Excusas, son excusas para la rabia que me produce su comportamiento. Niño tonto y malcriado. Eso es lo que es. No me habla porque me preocupé por él lo suficiente como para asegurarme de que fuera al médico. No me mira porque está enojado porque me preocupo por él. Pues bien, por mí, perfecto. Marilyn no dice nada cuando paso por su lado, pero me mira con la pregunta en sus ojos, así que comento, con toda la indignación que tengo guardada dentro. —Tu jefe es un idiota. Su sonrisa es bienvenida cuando llega, y hace que mis labios la imiten y permanezcan así todo el camino hasta la cafetería. No me voy a complicar el día.   Quien minutos después voy subiendo con un café bien cargado para Daniel, su favorito, un latte de vainilla para Sebastian, que quiera Dios haya obrado su magia y haya mejorado el estado de animo de su amigo, un capuchino para Marilyn y otro igual al de Daniel para mí. Marilyn está concentrada en la pantalla del computador cuando subo, y no se da cuenta de mi presencia hasta que ya estoy a unos pasos de ella. —Para ti —le digo cuando le pongo el capuchino en frente. —¿Sabes que te amo? —pregunta con una sincera sonrisa mientras se acerca el café a la boca—. Mmmmm —murmura de agrado—. No sabía que lo deseaba tanto hasta que me lo has puesto en frente. —Es con todo mi corazón —le digo—. ¿Siguen ahí? —Hago un gesto con la cabeza hacia las puertas dobles de la oficina. Asiente con la cabeza. —Sí. —Le da un trago largo a su café—. Sin novedad. Asiento y tomo una respiración profunda, dirigiéndome hacia las puertas. Dios, por favor, por favor, que ya no esté enojado. Tomo la barra de una de las puertas, y me recargo contra la fría madera para ayudarme a abrirla, ya que tengo la otra mano ocupada con la bandeja de los cafés. —¡No sabes lo que estás diciendo! —exclama Sebastian en voz alta, su tono lleno de ansiedad—. Lo que le pasó a Catrina estaba fuera de tu control. —¡No! —afirma Daniel, poniéndose de pie y dejando caer una mano sobre la mesa del escritorio con bastante fuerza—. No… —repite, su voz bajando drásticamente—.  No lo entiendes. Sebastian se levanta, enfrentándolo. —Explícamelo entonces. —¡No puedo! —Daniel desliza una mano por su rostro—. Esto… esto es… —¿Esto es qué? —exige Sebastian—. ¿Por qué no puedes? —le cuestiona—. ¿Desde cuándo no puedes confiar en mí? Ambos están alterados, y yo, no sé si es por el tono de su conversación, o por el tema que están tratando, permanezco de pie, inmóvil, espiándolos desde la rendija que he abierto en la puerta. Espiar es malo, lo sé, no me lo tengan en cuenta. »¡Esto es sencillamente increíble! —exclama Sebastian, sonando realmente ofuscado por primera vez desde que lo conozco—. Creí que éramos amigos —bufa—. Creí que éramos más que amigos —rectifica—. ¿Y no puedes confiar en mí? ¿Es que alguna vez te he decepcionado? ¿En tan poca estima tienes nuestra amistad? Porque estoy seguro que… —¡La maté! —Una afirmación, una puñalada al corazón—. La… Maté. Hace un segundo dije que espiar era malo y que lo sabía; pero olvídenlo, no tenía ni idea de lo malo que era espiar, hasta ahora. 
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