3º ROUND

2288 Palabras
—Tienes que hacerte los exámenes para mayor seguridad. —Escucho esa advertencia en la firme voz de un hombre una vez que doy un paso más allá de la puerta de la habitación en la que están examinando a Daniel. Verlo sentado, respirando, atento a lo que le están diciendo, es tan… ¡Dios! Nuestros ojos se encuentran —chocan los unos con los otros—, y el alivio me inunda, como un tsunami. Mi cuerpo inicia el pilotico automático. Camino rápidamente hacia él, quien a un escaso metro de distancia abre los brazos para recibirme. Está hirviendo, aunque no creo que tenga fiebre, soy yo la que está helada, y la calidez de su piel contrasta grandemente con la frialdad de la mía. La puerta suena cuando la cierran, y más que verlo, sé que Sebastian y el otro hombre —que tengo que averiguar quién es— nos han dejado solos. Los minutos se extienden, y es lo más placentero e increíble que he sentido en todo este… digámosle tormentoso día. —Me asustaste —murmuro, abrazándolo apretadamente, ocultando mi rostro en su cuello. Puede que haya estado sudando hace sólo unos minutos, pero huele tan bien. —Tú me asustaste a mí —murmura en respuesta, apretando los brazos a mi alrededor—. Te dije que no te alejaras del Sr. Newton. —Recriminación, desaprobación y molestia bordean su voz, y paradójicamente, a pesar de todo lo que he estado sintiendo, lo entiendo. Obligándome a alejarme unos centímetros de él, fijo mi mirada en la suya. —Dime que esto no fue por mi culpa...  —La sola idea me parece ridícula—. Daniel, ¡estabas peleando con un mamut! —exclamo, recordando que eso mismo le dije a Demmi, que en este momento debe estar pegando el grito al cielo, lo que también me hace recordar que no sé qué hice el celular. Bueno, después lo busco. Los labios de Daniel se curvan, y levanta una mano para posarla en mi mejilla. —Tranquila —dice suavemente, pero no sirve de nada—. He peleado contra Mam muchas veces. Es casi un ritual antes de una pelea. Dios... Daniel está loco, y no me había dado cuenta. —¿Y siempre te derriba? —pregunto, mi voz ahogándose al recordarlo en la lona... mejor no, la angustia que sentí no es buena para la salud. Hace una mueca. —No —admite—. Ésta fue la primera vez. Que afortunada yo, pienso para mis adentros. Quiero golpearlo, aunque tan sólo le doy un pequeño empujón en el hombro. —No vuelvas a hacerme esto —le riño, y como presiento que lo que alcancé a oír al entrar aquí fue la rectificación de una orden médica que muy seguramente ya ha negado, le digo, firme y resuelta—: Y te vas a hacer los exámenes que te ordenó el doctor. Sus cejas se levantan como un reflejo de mi tono, la sorpresa convirtiéndose en diversión de a pocos. —¿De cuándo aquí tan mandona? —pregunta, estirándose para envolver sus brazos alrededor de mi cintura, atrayéndome de nuevo hacia su cuerpo. No me resisto, porque su calor me hace falta. Verlo inconsciente fue bastante… ¿traumático? ¿Preocupante? ¿Desalentador? ¿Desesperante? No puedo empezar a explicarlo. Su boca se posa sobre la mía, y lo dejo besarme, porque, Oh Dios, muero por ese toque. Nuestros labios arden juntos, y su lengua se hunde lenta y profundamente en mi boca. Mis brazos rodean su cuello instintivamente, mis manos corriendo entre su húmedo cabello, mi cuerpo vibrando con deleite, colisionando entre tantas sensaciones, liberándose de todo. Gimo cuando se retira un minúsculo centímetro, llevándose mi labio inferior entre los dientes, liberándolo sólo para tomar aire y volver al ataque. Se pone de pie en medio de nuestro beso, obligándome a echar la cabeza hacia atrás y pararme sobre las puntas de mis pies. Es... impetuoso, fiero y excitante, pero tiene que parar, porque no es el momento, ni el lugar, y las circunstancias no son precisamente las mejores para darle rienda suelta al deseo. Rompo el beso, respirando rápidamente para poder hablar, pero Daniel no se detiene, besa mi cuello, bajando las manos hasta mi trasero, apretándome contra él para hacerme saber hacia dónde van sus pensamientos. El sur es un GRAN destino. Sí, con mayúsculas. —Daniel —jadeo, entre un respiro y otro—. Detente. Mi determinación está teniendo un serio altercado con mi libido, porque la una quiere que el semáforo se ponga en rojo, y la otra pisa el acelerador a fondo. Soy una chica fuerte, me digo, tú puedes Margy. Deslizo las manos por sus brazos, tratado de sujetar sus muñecas, y aunque mi fuerza no es de ninguna manera rival para la suya, aun así, hago mi mejor esfuerzo. Empujo sus manos hacia abajo, y —después del segundo intento— ceden, dejándome dar un paso atrás. Los ojos de Daniel brillan en confusión cuando me mira. »No es el momento para esto. Su ceño se frunce, asentando el desconcierto en sus rasgos. —¿Qué? —Tienes que descansar —digo, dándome la vuelta para poner tanto espacio entre nosotros como pueda, y de paso, para dirigirme a la puerta. Tengo que hablar con ese tal Stuck, saber quién es; aunque puedo decir con seguridad que es médico; y cuáles son los exámenes que tiene que hacerse Daniel, porque se los va a hacer, como que me llamo Margaret—. Siéntate —ordeno, señalando la camilla detrás de él, y ganándome otra mirada de divertida estupefacción. Sí, puedo ser una chica autoritaria cuando me lo propongo. Abro la puerta, pero no salgo, sino que me quedo mirando a Daniel levantando una ceja, porque sigue de pie, mirándome… o desafiándome. »Sién-ta-te —vocalizo, por si el golpe le afectó el odio… Dios no lo quiera, sólo lo digo en broma. Sonríe y niega con la cabeza, ¿pero adivinen qué es lo otro que hace? Sí, camina hacia atrás y se sienta, y la sonrisa que le doy es deslumbrante, porque gané. Bailo mentalmente, y salgo en busca de Sebastian y Stuck. Ambos están de pie al final del pasillo, hablando de… algo, no les voy a alardear y decir que alcanzo a escuchar desde acá, tampoco. Camino hacia ellos, y por primera vez realmente veo al hombre que dice llamarse Stuck. Es ancho de hombros —debo aclarar que está de espaldas a mí—, de piel canela, grandes brazos, cintura estrecha, y sí, las chicas nos fijamos en esto, un trasero… Daniel me mata… otra vez, tachen eso, tengo que esforzarme más por eliminar esa palabra hasta de mi mente; Daniel no me perdonaría donde se dé cuenta de que admití esto, pero a Stuck le quedan de maravilla esos pantalones. Sonrió con mis pensamientos, porque estoy detallándolo simple y llanamente —es en serio— porque no encaja para nada con mi versión de un médico, aunque estoy segura de que lo es. Cuando estoy lo suficientemente cerca, Stuck se da la vuelta, y definitivamente ese hombre tiene más pinta de un NAVY que de cualquier otra cosa. —¿Cómo está? —me pregunta Sebastian, ganándose toda mi atención. —Bien. —Le sonrió, y dirijo la mirada de vuelta a Stuck—. Gracias por ayudarlo —le digo con total sinceridad. —Con el mayor de los gustos —me responde, dándome una pequeñísima sonrisa. Lo confirmo —sin sólidos argumentos—, el hombre tuvo que haber pasado por el ejército. —Margaret Queen —me presento, estirando una mano hacia él. —Stefan Dinff —dice, apretando mi mano—. Aunque todos me conocen como Stuck. —Es un… —Voy a decirle el típico “placer conocerte”, cuando mi cerebro se conecta y recuerda el “Dinff” que acompaña al “Stefan”—. ¿Dinff? —pregunto—, ¿Cómo Sebastian Dinff? Ambos se ríen, aunque no sé realmente porqué, no he dicho nada gracioso. El caso aquí es que entre Sebastian y Stefan hay un océano de diferencia, y Dinff no es exactamente un apellido común para que sea una coincidencia. Sebastian toma la palabra. —Margaret, este —señala a Stuck—, es mi primo Stefan. Ah, ya. Su primo. Igual no se parecen. —Mi madre es jamaiquina —dice Stuck, como si eso explicara todo. —Y se va a quedar sin hijo si la sigues mirando así —murmura Daniel a mi espalda en tono bajo y cortante. Volteo rápidamente para encontrármelo mirando más allá de mí, y no se ve para nada contento. Dios… ¡le dije que se quedara sentado! Sus ojos son fieros, y sus hombros rígidos, y me es inevitable no rodar los ojos porque su actitud es demasiado divertida. —Te dije que te sentaras —le recuerdo, cruzándome de brazos. —Estabas demorándote mucho —murmura, bajando la mirada hacia mí—. Es hora de irnos. Hay algo en el brillo de sus ojos que me desconcierta. ¿Qué será? —Espero que sea al hospital a hacerte los exámenes —comenta Stuck a mi espalda. Su voz refleja la impotencia propia de un médico al no conseguir que un paciente siga su consejo profesional. —Por supuesto que al hospital —afirmo, sin despegar los ojos de Daniel. —Ya he dicho que estoy bien —murmura Daniel, entrelazando una mano con la mía—. Hora de irnos —repite. Don terco al ataque. ¿Qué le cuesta hacerse unos simples exámenes? Ni que le hubieran mandado una colonoscopia. Quiero poner en palabras mis pensamientos, pero me interrumpe. »Jean Paul está esperando en la camioneta —dice, severo. Y lo único que puedo pensar es que esa es mi línea.  Tomo un respiro profundo y me doy la vuelta un momento. —Stuck —digo—, ¿los exámenes son indispensables? Se queda callado, mirando a Daniel por unos segundos, y al final, suspira derrotado. —No, sólo de rutina. —Lo ves —murmura Daniel—. No hay necesidad… —Pero —interrumpe Stuck—. Tienes una pelea pronto. Mi consejo médico es que los realices en la menor brevedad. Asiento. —Gracias —digo—. Se los hará mañana —afirmo, mi voz subiendo un poco para que todos, Daniel, escuchen bien claro. Escucho un gruñido exasperado, y sonrió con satisfacción. Mis modales me exigen seguir el protocolo, por lo que finalizó dirigiéndome a Stuck. —Un gusto conocerte. —Igualmente —me contesta, complementando con una leve inclinación de cabeza. Daniel carraspea, y me desespera. Aprieto la mano —todavía unida a la suya— con todas mis fuerzas. Sebastian se ríe entre dientes, ganándose que tres pares de ojos se centren en él. —¿Qué? —pregunta inocentemente. —Muérete —murmura Daniel. —Como si pudieras vivir sin mí. —Es lo que obtiene por respuesta. Sonrío y niego con la cabeza. —Sebastian. —Utilizo su nombre como despedida. —Margaret. —Me regala un guiño, y siento que mi mano se vuelve polvo, ya que Daniel no se toma bien el coqueteo juguetón, y aprieta los puños con fuerza, olvidando completamente que tiene mi mano entre la suya. —A-u —vocalizo, y eso captura su atención. —Lo siento. —Suelta mi mano rápidamente—. ¿Estás bien? Suspiro y me doy la vuelta, caminando hacia la puerta que da al gimnasio. Mi mano sobrevivirá, pero mi cordura pende de un hilo.   Mientras Daniel se cambia en los camerinos, entro al gimnasio y localizo a New. Está explicando un movimiento a uno de sus alumnos, pero apenas me ve, me da toda su atención. —¿Cómo está nuestro chico? —me pregunta apenas me acerco. —Descerebrado —respondo, llenando esa palabra de frustración. La noche va llegando, y mi cansancio se va notando. New levanta las cejas. —¿Quiero saber por qué esa actitud? —pregunta. Niego con la cabeza, y con eso lo digo todo. Necesito hablar con alguien, pero no creo que New pueda soportar todo lo que tengo para decir. —Venía a despedirme —digo, abrazándolo—. Nos vemos luego, New. —Está bien, pequeña —conviene en respuesta—. Uno de los chicos encontró tu celular —me informa—. Lo dejé en tu abrigo. Le sonrío en agradecimiento. Camino hasta el mostrador donde una chica —la pobre tiene un trabajo espectacular viendo todo el día a tanta escultura andante— me entrega mi bolso y abrigo. Veo en ese momento a Daniel caminar hacia la salida, así que, dándole a la afortunada una sonrisa, camino hacia él. Al pisar la acera, el frio de la noche me golpea, haciéndome cerrar los ojos y tomar una bocana de aire. Mis pulmones protestan, y mi piel se eriza, pero no me podría importar menos, la calma es bien recibida. Este día ha ido de mal a peor. Me duele la cabeza sólo de hacer memoria. Jean Paul detiene la camioneta justo enfrente de nosotros, y Daniel se apresura a abrirme la puerta. Me deslizo dentro, abrochando mi cinturón mientras Daniel se ubica a mi lado. Las luces de la ciudad empiezan a iluminarse, y mi cabeza a protestar. Cierro los ojos cuando Jean Paul se adentra en el tráfico, y me desconecto de la realidad. 
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