CAPÍTULO UNO

3296 Palabras
SERIK La sangre me hierve, el dolor de cabeza se convierte en algo secundario cuando en lo único en lo que pienso, es en todas las formas de tortura que puedo emplear para lastimar a Caroll Verly, sin que el Boss, su papi, se entere. Nuestro compromiso es una farsa necesaria para la organización, desde niño fui criado bajo la doctrina de la mafia roja, juré con sangre dar mi vida por la Bratva, y así será hasta el último día de mi existencia. Le debo mucho al Boss; la vida, para ser exactos, no obstante, su maldita hija perdida es un dolor en el culo, lo que tiene de hermosa lo tiene de perra. Absorto en mis pensamientos, no me doy cuenta de que la junta de hoy ha terminado. Los asesores de la Bratva salen de la sala de juntas en el palacete, en un lugar estratégico que no es fácil de encontrar, son escoltados por los Voyevikis a mi cargo. No puse atención a nada de lo que se dijo, todo por estar dándole vueltas al asunto de ayer, la llegada del padre del nieto del Boss, es un problema, un enorme y asqueroso problema. No puede importarme menos que una inmunda cucaracha, pero si pone en riesgo a la Bratva, entonces lo despellejaré vivo hasta que sus gritos se queden grabados en cada una de las paredes. Me pongo de pie, ha sido un día largo, tengo la intención de marcharme para ir a uno de los pocos lugares que considero llenos de paz. —Espera. Me detengo en seco antes de llegar a la puerta y seguir mi camino como el resto. Me doy la vuelta, el Boss está delante de mí, se pasa una mano por debajo de su barbilla, leyendo mis ojos. —Boss —me acerco a él. Le temo, le tengo respeto y admiración, soy consciente de que él puede destrozarme el cuello con una sola mano, pese a que yo tenga habilidades, sea el mejor y que por ello me haya ganado el puesto que tengo, el Boss es mi líder, por él doy la vida. —¿Estás conforme con el compromiso entre tú y mi hija? —Es por el bien de la Bratva, por supuesto que sí —miento a medias. El Boss me clava su dura mirada, el silencio es asfixiante, me mantengo serio, sin mostrar una sola emoción, tal y como me enseñó desde que era un niño. —Me alegra que lo tengas claro —se pone de pie, tomando una daga que descansa sobre una pequeña charola de plata, colocada estratégicamente sobre su escritorio—. Mi hija es lo más importante, es lo único valioso que tiene la Bratva, no me gustaría pensar que alguien no le sea leal. Frunzo el ceño. —Boss… Lo veo venir, claro que sí, no hago nada, recibo su puñalada en el hombro, siento el filo de la hoja penetrar mi piel y carne, rechino los dientes, tenso el cuerpo y la mandíbula con tanta fuerza, que duele como la mierda. El Boss esboza una sonrisa endemoniada que va de oreja a oreja, no tiene gracia, no hay nada, solo vacío, sadismo. —¿Hay algo que me quieras contar? —empuja más y esta vez suelto un bramido de dolor—. Dime, Serik, ¿hay algo que me estés ocultando? Le sostengo la mirada. —No —vuelvo a mentir. —Caroll y Caiden serán tu responsabilidad muy pronto, te daré un consejo, si quieres seguir respirando, mantener tu puesto como el UnderBoss y tener una vida como la que llevas ahora, es importante que los protejas, los cuides con tu vida de ser necesario, de lo contrario —saca la daga con rapidez, el dolor recorre mi hombro y todo mi brazo, estoy sudando—. Yo mismo me encargaré de arrancarte la piel, vivo, para después cortarte extremidad por extremidad y dárselas como regalo a tu padre. La amenaza es clara, debió haberse dado cuenta ya, que no me llevo bien con su hija y que no he querido conocer a su nieto. «La Bratva es primero» —Caroll será mi esposa, la honraré como se debe, y Caiden será mi hijo, lo criaré y enseñaré lo que sé, daré mi vida por los dos si es necesario, mi lealtad es con mi Boss, la Bratva y mi nueva familia —escupo las palabras que más me cuestan, me saben a mierda, a mentira, porque no quiero, aunque debo. Sonríe con satisfacción. —Me alegra saber que ya hemos dejado claro, el punto más importante de esta unión. Asiento, él se inclina hacia adelante, riendo por lo bajo. —No me lo tomes a mal, Serik, te elegí, porque reconozco tu valor, tus capacidades, tus habilidades, sin embargo, esta herida —presiona el corte en mi brazo con su dedo pulgar y contengo la respiración—. No es para confirmar lo que ya sé, sino, para hacerte saber qué conozco tú sucio secreto. Me congelo. —Esa es la reacción más sincera que he visto en tu rostro, desde que te pedí que regresaras a Rusia y anuncié tu compromiso con mi hija —se aparta. Joder. —A estas alturas ya debes saber que siempre me entero de todo. No respiro, mierda, no respiro. —Hiciste un gran esfuerzo por ocultarlo, y yo por aparentar que no sabía nada. Ese error tiene que ser corregido, no quiero obstáculos ni problemas en un futuro, así que harás lo correcto —se sirve un trago de Vodka y lo bebé como si fuese agua—. Sí, claro que harás lo correcto, por la Bratva, por mí, pero, sobre todo, por Caroll. De ahora en adelante, ella es la única mujer que debe importarte, se acabaron las putas para ti. ¿Cómo se pudo haber enterado? Llevo años procurando que permanezca en la oscuridad. —Andando. —¿Puedo saber a dónde vamos? —Solucionaremos ese problema antes de que se haga enorme y no lo puedas controlar. —Boss —recupero la fuerza de mi voz—. Lo siento, no creí que… —Es cosa de juventud, supongo —me interrumpe—. Eres el UnderBoss, pero aún eres joven, debo asumir que ese error fue consecuencia de un impulso, te falta mucho por aprender para llegar a ser un hombre de la mafia roja. —Yo puedo arreglar esto, si me permite… —No. —Boss. —Todo está listo, no te cures la herida, le dará un efecto dramático que me entretendrá. Pasa por mi lado, agacho la mirada cuando lo hace, cierro los puños de mis manos y maldigo al cielo, le pido perdón al infierno; donde ya tengo mi lugar asegurado, por lo que estoy a punto de hacer. No me considero una persona sentimental, mi mente es fría, mi corazón blindado. Sigo a mi Boss hasta la salida del palacete, varias camionetas nos esperan, tres de ellas llevan cinco hombres, la de en medio, protegida por las otras dos, solo nos acompañan dos Voyevikis armados, el Boss entra y subo del lado del copiloto. No hago preguntas, obedezco como el perro fiel que soy a mi organización. Mientras se enciende el motor, alzo la vista por inercia, mis ojos se clavan en la tonta rubia que se asoma por uno de los balcones del último piso que da a la entrada principal. Es breve, pero nuestras miradas se cruzan, después, devuelvo mi atención al frente. Mi humor se oscurece, veo rojo al darme cuenta del camino que estamos tomando, cada uno de mis músculos se tensan y solo puedo hundirme en la miseria con la que nací. Soy consciente de que él me observa con una sonrisa retorcida en el rostro, disminuyendo la velocidad a determinada distancia del local al que nos dirigimos. No me inmuto, extrañamente no siento nada, no existe la revolución que creí tener al aceptar que esto es real, que está sucediendo y que hoy tendré una víctima más en mi lista. Mis manos estarán manchadas de sangre inocente. El motor se apaga, el silencio es irrumpido por la carcajada del Boss. —Sabes qué hacer —uno de los Voyevikis, le da un pequeño frasco de pastillas—. No me decepciones. Me lo da y lo agarro sin titubear, asiento como lo haría un soldado frente al presidente. —Una cosa más —me detiene justo al abrir la puerta, dispuesto a salir—. Asegúrate de que no se convierta en un futuro problema, no quiero que nada se interponga en la felicidad y bienestar de mi hija y mi nieto. —Lo que ordene mi Boss —respondo con sinceridad. Parece satisfecho con mi respuesta, bajo en compañía de dos Voyevikis, muevo el cuello con estrés. Levanto la vista, delante de mí se encuentra una cafetería, diviso a través de las enormes ventanas a toda la gente que está adentro. Cruzo la avenida con ambas manos en los bolsillos, omitiendo el punzante dolor de mi brazo, y la herida en mi hombro, una que no deja de sangrar, no me importa, empujo la puerta, escuchando con molestia la campanilla que anuncia un nuevo cliente. No hace falta que busque, “eso” se acerca a mí con un contoneo de caderas provocativo, enormes ojos marrones me observan llenos de ilusión, no deja de remojar sus labios carnosos, haciendo a un lado un grueso mechón rebelde que se coló por delante de su frente. Debido a esa distracción, casi pierde el equilibrio y se tambalea. Me quedo en mi lugar, no la pienso ayudar. —Serik… —susurra. Algunos pares de ojos se enfocan en nosotros. —¿Qué estás haciendo aquí? —inquiere con cautela, sosteniendo con fuerza la jarra de café, al darse cuenta de la sangre—. Yo… pensé… Mira detrás de mí. —Hablemos en un lugar privado —espeto con firmeza. Asiente lento, se pone nerviosa, camina hacia la puerta trasera, saliendo, el olor a cigarrillo barato, smog, y basura de los contenedores que están esquinados, me provoca náuseas. Se detiene justo en medio, aun con la jarra en mano, chasqueo los dedos, enseguida, uno de los Voyevikis se acerca y se la quita en silencio, lanzándola al suelo, esta se estrella contra el pavimento, los vidrios se esparcen hasta llegar unos cuantos a sus pies. Alina Orlova; una chica de diecinueve años, castaña, ojos marrones, piel morena. No es una puta de la Bratva, es una simple mesera con la que he estado follando desde hace cinco años. Mi chica, no me gusta darle etiquetas como esa mierda de “novios”. Nadie la conocía, nadie sabía de su jodida existencia, hasta hoy. —¿Por qué estás sangrando? —pregunta con voz temblorosa—. ¿Qué sucede? Serik. —Esto debe parar. —¿A qué te refieres? No estoy entendiendo nada —hace el amago de retroceder. Basta una mirada para ordenarles a los hombres bajo mi mando, que la agarren. —¡Serik! ¡Por favor, qué sucede! —se asusta. Saco el frasco de uno de los bolsillos de mi saco, en cuanto se da cuenta de lo que es, llora con fuerza, se retuerce como pez fuera del mar. —¡Debe ser una broma, no te atrevas, Serik! No respondo, en su lugar, camino con pies de plomo en su dirección. —¡No lo hagas, por favor, por favor, es todo lo que tengo, no me hagas esto! —grita—. ¡Prometiste que nunca me pasaría nada! ¡Dijiste que me amabas! —Lo hago —confirmo con seguridad, eso corta su rabieta—. Te amo, sin embargo, sabías desde un inicio que la Bratva está primero, mi lealtad con la mafia rusa es lo más importante para mí. —¡No, no, no, por favor, prometo que desapareceré! Niego con la cabeza. —Eso no se puede —saco del frasco una pastilla abortiva. Hace dos semanas me enteré de que estaba embarazada, supe que iba a ser padre, me emocioné un poco, porque imaginé que ese niño podía ser el reinicio que necesitaba en mi vida, estaba equivocado. Ese producto no puede nacer, nunca verá la luz del sol, es lo mejor. —¡Te amo, vámonos, escucha, yo… es decir… dijiste que me amabas, que querías que me casara contigo, formar una familia era uno de nuestros planes! —su barbilla tiembla. Me detengo a escasos centímetros de su rostro compungido por el dolor, veo la traición muerta en sus hermosos ojos. Soy un hijo de puta, un asqueroso mafioso que no se la merece. Después de esto me odiará, pensará que soy peor que escoria, que todas las promesas que le hice mientras la follaba, ahora son solo cascarones vacíos y podridos de sueños que nunca se realizarán. Pensar en ella con otro, incrementa mi rabia, no obstante, sé lo que debo hacer, ella ya no tiene por qué sufrir a mi lado, en una relación a escondidas, mientras ella trabaja día y noche, yo mato y follo a las mujeres que se me presenten. No, esto tiene que acabar. —Tu peor error fue haberle creído a un mafioso ruso, haberte entregado en cuerpo y alma al UnderBoss de la mafia rusa —ladeo una sonrisa sádica—. Abre la jodida boca. Agarro su rostro con una mano, presiono obligándola a abrir la boca, le meto la pastilla por la fuerza, trata de defenderse, le cubro la nariz, se remueve inquieta, hasta que se la traga, no tengo idea de estas cosas, pero si el Boss me las dio, deben ser muy efectivas, no tardo en comprobarlo con mis propios ojos, cuando ella se queja de dolor, Los Voyevikis la sueltan, sus piernas flaquean, como un último reflejo, la sostengo antes de que se caiga, su cabeza descansa en mi pecho y algo se quiebra dentro de mí, al ver el río de sangre que comienza a manchar su uniforme, recorriendo el interior de sus piernas hasta llegar a los tobillos. —Lo siento —le doy un beso en la coronilla y la recuesto en el suelo. —Porque… —su voz suena débil a mis espaldas. No volteo a verla, no me atrevo. —Porque la Bratva es primero —repito el mantra que me aprendí desde que tengo uso de razón. —Serik… Me alejo con paso decidido, no miro atrás, ya no tiene caso, lo hecho, hecho está y nada en el mundo lo va a borrar. Una vez dentro de la camioneta, el Boss estudia mi rostro en silencio. —Hiciste lo correcto —enciende el motor—. Los únicos hijos que tendrás, son con mi hija. Me trago el orgullo y las ganas de decirle lo enferma que es su doble moral, en especial cuando su nieto, el primero que tiene, es de otro, ese niño no llevará nunca mi sangre, y pese a que pienso cumplir con lo que juré, jamás lo aceptaré. El trayecto de regreso al palacete se me hace pesado, he renunciado a la única mujer que probablemente me ame, y al hijo que pudo haber nacido. El Boss sale primero del auto, junto con todos los Voyevikis, no estoy de humor, por ello, dejo que desaparezcan en el interior de la mansión. Enciendo un cigarrillo y rodeo la propiedad, llegando al jardín adyacente a la zona trasera, huele a pasto recién mojado, la alberca se encuentra al fondo, me quito el saco y lo aviento al suelo, sabiendo que alguna sumisa de servicio será quien lo recoja por la mañana. Conforme me acerco, percibo un ligero olor a perfume de lavanda, me detengo en una de las orillas de la enorme y cuadrada alberca, las luces encendidas al fondo, hacen que parezca agua salida de un cuento de fantasía, eso no es lo que llama mi atención, sino, la hija del Boss; Caroll Verly, o debería comenzar a llamarla Caroll Sokolov, está flotando en el agua, boca arriba, lleva puesto un bikini color rosa pálido, sus tetas son grandes pero sin exagerar, un tamaño apetecible que debe ser porque está alimentando a su hijo. Sus curvas son exquisitas, y sus piernas largas… delineadas, no puedo evitar dirigir mi atención a su coño. La detesto, no la soporto, la odio por el simple hecho de llegar sin esfuerzo hasta donde está. Por no tomar en serio esta organización, sobre todo, haberle disparado al Boss, su padre. Pero debo confesar que es hermosa y que tiene un cuerpo de infarto, demasiado apetecible. Ella tiene los ojos cerrados, por un segundo se cruza en mi mente la gloriosa idea de que esté muerta, hasta que abre los ojos y frunce el ceño al darse cuenta de mi presencia. —¿Por qué me estás espiando? Su arrogancia me estresa y saca lo peor de mí. —¿Por qué lo haría? —le doy otra calada a mi cigarrillo—. No eres tan importante ni hermosa cómo te hacen creer. Caroll sale de la piscina, es imposible no admirar las gotas de agua que se resbalan por su cuerpo, por su suave piel. —¿Estás diciendo que mi padre miente? No creo que alguien se atreva a contradecir al Boss —añade con un deje de desprecio en sus ojos azules—. Debería comentárselo, porque él dice que tú me serás fiel, leal y el perro que será sacrificado de ser necesario, por mi bienestar y el de mi hijo. Tenso el cuerpo. Si no fuera porque es la hija del Boss, estaría en un rincón con una bala incrustada en su cráneo. —¿Te comieron la lengua los ratones? —sonríe con malicia, la niña de papi—. Oh, mira. Señala mis bolas. —No tienes huevos, parece que se encogieron con la sola mención de mi padre —ríe con cinismo—. Valiente futuro marido que me espera. Esta vez es una mueca la que se esboza en sus labios, aprovecho ese descuido para acercarme, enredar los dedos de mi mano entre las hebras de su cabello color oro brillante, y jalo con tanta fuerza acercándola a mí, que su rostro termina a escasos milímetros del mío. —No me jodas, estúpida, no me trates como lo haces con los demás imbéciles que te rinden pleitesía, porque yo no soy Jaxon Knight, mucho menos Marvin Rosewell, no —aumento el agarre—. Conmigo no se juega, no me retes, no me provoques, no me tientes a matarte, porque sin importar que seas la hija del Boss, prefiero matarte y luego matarme, a exponer al peligro esta organización. —No te tengo miedo, pedazo de mierda —me escupe en la cara—. Es la última vez que me tocas, la próxima, haré que papá te asesine. Me le quedo viendo, mi atención se desliza hacia sus labios carnosos y rosados. —Suéltame, aprende cuál es tu lugar —sisea con gesto irritado—. Perro. Juro que siento el imperioso deseo de ahogarla, al final, no lo hago, la suelto, nos quedamos viendo un momento más, hasta que desaparece en el interior. No puedo evitar mirar su culo, es redondo, en forma de corazón, firme, estrecho, espabilo y le doy otra calada al cigarrillo que no tiré. —Definitivamente nunca nos llevaremos bien —me digo a mí mismo. Estoy seguro que Caroll y yo nos mataremos si permanecemos juntos. De cualquier modo, apago el cigarrillo y me dirijo a las mazmorras, donde hay alguien más interesante que esa caprichosa.
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