CAPÍTULO CINCO

4921 Palabras
NARRADOR OMNISCIENTE ­—Creí haber sido claro la última vez que nos vimos —dijo Serik, entrando a aquella habitación de invitados. Estaba yendo demasiado lejos al hablar con ella, si uno de los Voyevikis los viera y le fuera con la información al Boss, estaría en graves problemas. Obtener el título de UnderBoss, a su corta edad, se lo había ganado a pulso, no iba a echar todo ese esfuerzo por la borda, mucho menos por un capricho. —Tienes que ayudarme —la voz de Alina, se rompió—. No quiero estar aquí, ni siquiera sé por qué me metieron en esto, yo no tengo nada que ver con el mundo criminal. A Serik le pareció curioso el cambio, siempre la había visto como una chica alegre, soñadora, no era un idiota, ella estaba enamorada de él, sus ojos no mentían. Una emoción carente en ellos en ese instante. ¿Qué no tenía nada que ver con el mundo criminal? Se metió con él, eso era suficiente para ganarse un boleto sin regreso a su vida normal. —Estás aquí como un castigo para mí —siseo aquellas palabras que le supieron tan amargas—. Y no puedo hacer nada, si el Boss tomó su decisión, se tiene que acatar. Alina se estremeció con la confesión, estaba dolida, con el corazón roto por lo que la obligó a hacer, abortar solo porque él tiene que casarse con la hija del Boss, él mismo hombre se lo confesó cuando la raptaron a la salida de su trabajo. Lo que más le dolía, era el hecho de que ni siquiera le preguntara cómo está, no luchó por lo que tenían. Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados y Serik no la consolaba por la pérdida no solo de su bebé, sino, de su mundo entero. —Yo no pertenezco a la mafia —soltó un suspiro lleno de desespero—. ¡No soy una mujer asesina, soy solo una chica que trata de sobrevivir, y que la obligaron a abortar! —No importa lo que tú o yo queramos —espetó él—. Si el Boss dice que el cielo es morado, lo es, si dice que te lances al vacío, lo haces. Alina sorbió su nariz. Desde que se atrevió a salir con Serik, investigó todo acerca de las mafias, de la pirámide, de los líderes, sus mandatos, sus torturas, y nada le parecía más desagradable que la lealtad enferma que podían llegar a tener las personas, por sus líderes. Este era uno de esos tantos casos, lo supo en el interior, pero su amor la cegó, tenía la esperanza de que él cambiara, de que la eligiera a ella sobre todas las cosas. Porque en el fondo, pese a todo, lo amaba con demencia y se negaba a perderlo por una niña mimada. La rabia de Serik no iba en contra del Boss, ni de sus decisiones, ni siquiera de Caroll o su hijo, no, sino del destino. Pocas veces hablaba con alguien sobre sus creencias, esa era una de ellas. —¿Qué pasó con tus padres? —le preguntó de repente, cambiando el tema. —El Boss —ironizó ella—. Les dio una cuantiosa cantidad de dinero, a cambio de no volver a buscarme, ni reclamarme, prácticamente me han dado por muerta por oro, propiedades y billetes. Serik asintió, sabiendo de ante mano que ese era el modo en que se solucionaban las cosas entre millonarios. —Pudo haber sido peor, pudieron haberte matado como advertencia para que no rompiera las reglas, me está poniendo a prueba por este puto error —se pasó una mano por el cabello con desespero. —¿Hablas en serio? ¡Serik, es mi vida, no soy un juego ni un error! No soy una moneda de cambio —esto último lo dijo sin fuerzas, cansada de tanto. Serik no se inmuto, permaneció apacible, tan quieto y sereno como una estatua griega, no demostró emoción alguna en el rostro, sentía cierto afecto por ella, no, la verdad es que la amaba, pero la mafia era primero, ahora comprendía que no debió haberse metido entre sus piernas y en silencio maldijo el día en el que puso sus ojos sobre ella. —El Boss… —¡El Boss, el Boss, el maldito Boss! —Alina estalló en lágrimas llenas de furia—. ¡Qué se pudra en el infierno el jodido Boss! Serik vio rojo, por instinto, y debido a los años de entrenamiento, o como a su madre le gustaba decir “lavado de cerebro” llegó hasta ella, rodeo su cuello con una mano y le cortó todo suministro de aire evitando que este llenara sus pulmones. —Al Boss se le respeta —apretó más—. No vuelvas a insultarlo delante de mí, la Bratva es primero, no te mentí, te lo dije desde un principio. Los ojos de Alina lo miraron desorbitados, manoteaba con terror y desesperación, Serik tenía tanta fuerza en los brazos; fruto de su entrenamiento de años, que logró levantarla unos centímetros del suelo. Las puntas de los pies de Alina apenas y rozaban la superficie. Esta sin duda era una cara que no conocía de él, pese a la falta de oxígeno, quiso ver al chico del que se enamoró, en su lugar, no encontró otra cosa más que ira, odio y una lealtad inquebrantable hacia el hombre que la había condenado en vida. Sus fuerzas se fueron debilitando poco a poco, su visión se volvió borrosa, puntitos de colores y un mareo incesante, fueron el detonante para que Serik aflojara su agarre sobre ella. La soltó cuando la imagen de una rubia de ojos azules apareció en su cabeza. No la liberó porque la estaba matando, sino, porque no comprendía que Caroll se estuviese metiendo en su cabeza en esos momentos, infectando su sistema, era como un virus con el que tendría que batallar cada día de su existencia. La había besado, se atrevió a ir más allá de lo que se suponía. Estaba furioso, confundido y ardido, cuando la vio, no supo qué fue lo que lo empujó a tocar sus labios, ¿acaso lo había hecho porque estaba enojado con el Boss? Serik cerró los ojos y negó con la cabeza, tomando distancia de Alina; quien yacía en el suelo, tomando varias bocanadas de aire, recuperando el aliento. Lo cierto era que los labios de Caroll habían sido suaves, tan suaves que pareció estar besando una nube o un algodón de azúcar, sabía demasiado bien, y su cuerpo se le antojo, por un breve segundo se la imaginó desnuda y quiso saber lo que se sentiría estar en medio de aquellas piernas kilométricas, escuchándola gemir de placer mientras él la penetraba. —Serik… Casi se olvidaba que Alina estaba en esa habitación, por lo general se adentraba tanto en sus pensamientos, que el mundo entero a su alrededor desaparecía. Se giró y la vio ahí, de pie, con sus piernas flacuchas, temblando como una gelatina, Alina era demasiado delgada, tanto que se le notaban los huesos de las costillas, la estudió receloso, no era un buen momento para estar encerrado con el regalo de la Koroleva. —Yo te sigo amando —Alina soltó atropelladamente. —No eres una sirvienta cualquiera —siseó él, mermando la distancia entre ellos, como depredador a su presa—. Eres una sumisa. —¿Eso qué… quiere decir? —la voz de Alina se convirtió en un casi inexistente susurro, al tiempo que se quitaba el sostén y se bajaba las bragas. Serik llegó hasta ella, ambos demasiado cerca. Se tomó su tiempo para recorrer su cuerpo, sus tetas no eran tan grandes, pero ahí estaban, con pezones cafés, no tenía curvas, el vientre plano, y unas piernas tan delgadas que parecían de pollo, los bellos de su coño eran abundantes, rizados, suaves al tacto, lo había hecho miles de veces cuando la follaba con los dedos. Algo tenía que le llamó la atención, no era físico, era su risa, su aura, su esencia, todo en ella iluminaba y alejaba la mierda que habitaba en su cabeza, por eso la eligió. —Que eres una puta a disposición del Boss o de cualquiera dentro de la Bratva —pasó su dedo índice por su brazo—. Cualquiera puede tomarte si te ven y les gustas, no importa si es en la cocina, en el pasillo, en la ducha. Eres propiedad de la mafia roja. «Su piel no es suave» pensó. No como la piel blanca de la hija del Boss. Imaginarse a esa tonta rubia, lo enfureció, sus ojos se dilataron, no la soportaba, su voz lo irritaba de maneras inimaginables, ¿qué hacía pensando en ella? En su entrenamiento de tiro la había estado observando a lo lejos, escondido detrás de unos árboles, no era que le interesara, tampoco estaba planeado, él solo salió a fumar un porro para tranquilizar su hambre asesina por la sangre, cuando escuchó un chillido caprichoso, seguido de palabrotas infantiles. Se asomó y a lo lejos no pudo evitar verla discutiendo con el Voyeviki que, a juzgar por su rostro compungido, estaba harto de ella, de su incompetencia, pero no tenía las bolas como para mandarla a la mierda por ser quien es. Sintió pena por su propio Voyeviki, él era su líder, no iba a dejar que una niña desquiciara a alguno de sus elementos. Apagó su porro, metió ambas manos en los bolsillos y salió de su escondite. La tuvo muy cerca, estaba enfadado y le tuvo que enseñar cómo usar una jodida arma, esa chica sacaba lo peor de él. No obstante, sintió su cuerpo frágil demasiado cerca, un olor a lavanda le pico la nariz, olía demasiado bien. —Serik, Serik. La voz de Alina lo trajo al presente, ella ya se había puesto de rodillas delante de él, sus ojos, llorosos, estaban llenos de lujuria insana. —Si me han puesto correa de sumisa, si ya no tengo escapatoria y estoy condenada a vivir aquí, entonces déjame ser tu puta, solo tuya —ella se tocó los pezones endurecidos—. Te amo, pese a todo, te amo, y si para estar contigo debo permanecer en el infierno, lo haré. Serik la miró como si hubiera perdido la cabeza ¿acaso no se contradecía? —Hace unos momentos me pedías que te sacara de este lugar —levantó su barbilla para que ella lo viera a los ojos—. ¿Ahora te ofreces cómo puta? ¿Me estás proponiendo qué? ¿Ser mi amante? Alina tensó el cuerpo. —Las sumisas dijeron… que el Boss y el UnderBoss podían tener… —Putas a su disposición pese a estar casados —él terminó la frase por ella—. Pero el asunto es que yo no. No quiero y el Boss no lo permitiría si se trata de su princesa. El estado de ánimo de Alina se oscureció. —¡Entonces no te cases con ella! —exclamó—. Huyamos, tienes el poder, si no puedo ser tu amante, si no puedo estar contigo, entonces dame esto, si en verdad me amas, hazlo por mí, por favor. Ella se aferró a esa breve esperanza, en cambio él, la observaba como una criatura sola y abandonada. El amor no era suficiente para sobrevivir a ese mundo. —Mi matrimonio con Caroll Sokolov, no está en tema de discusión —su voz fue un sonido profundo que vibraba en el aire. —La prefieres a ella antes que a mí —Alina se acercó lo suficiente para que él pudiera sentir el calor de su frustración—. La eliges a ella. La expresión severa de Serik, la intimidó. —Prefiero la Bratva, elijo la Bratva, vivo por ella y moriré por ella. El pecho de Alina se desinfló, dejó caer las manos a los costados, se rindió, él nunca cambiaría de opinión. —¿No te importa que otros me follen? —insistió en medio de los celos, llevando sus manos hacia su cremallera. Serik la detuvo, impidiendo que tocara su m*****o. —Es tu deber, tienes que hacer lo que sea para sobrevivir, así tengas que abrirte de piernas para recibir al Boss o a cualquier hombre de la Bratva. Alina sintió un nudo permanente en el estómago. —Entonces déjame hacerlo, quiero probarte —se lamió los labios. Serik comenzaba a tener dolor de cabeza. —No quiero una mamada —la levantó sin esfuerzo del suelo, agarrándola de los brazos—. De cuatro en la cama, ahora. Ella se sintió triunfante, acababa de decir que no quería amantes, que le sería fiel y leal a la hija del Boss, pero ahí estaba, pidiendo que se abriera para él. Serik casi pudo leer sus pensamientos, y cuando la tuvo en la posición que había demandado, la tomó de las caderas con fuerza, clavándole los dedos de las manos en su piel. Tirando de su cabello después, arqueando su espalda para que le pudiera susurrar: —Aún no estoy casado, solo comprometido, pero cuando la lleve al altar, esto termina —la liberó, se colocó un condón, pensar en esa caprichosa lo había puesto duro como roca y de una dura estocada la penetró. Alina tenía el corazón roto, pero estaba celosa de que otra sea la que se casara con el hombre que amaba, sabiendo que otra le daría los hijos que él quisiera, y en ese momento, mientras recibía la polla de Serik, sintió un odio profundo hacia la hija del Boss. Sin saber que Serik, rememoraba el beso que le dio a Caroll, al tiempo que follaba a Alina, imaginándose a la rubia de ojos azules, en la misma posición. A unos metros de distancia, dentro del palacete, Caroll había caído rendida en la habitación en la que se metió para espiar a Serik y a la sumisa, los había estado esperando, quería enfrentarlos y sonreírles triunfante, quería demostrarle a Serik que ella había ganado esa batalla, pero se aburrió al notar que no salía y quiso vomitar de pensar lo que estarían haciendo, Marvin estaba con Caiden, por lo que pensó que sería buena idea descansar un poco, sin saber que al acostarse en la cama y cerrar los ojos unos segundos, caería en un profundo sueño. Cuando despertó, lo hizo al sentir algo extraño entre sus piernas, tenía calor, su pecho se agitó y sintió cómo sus pezones se endurecieron. Su visión poco a poco se acostumbró a la oscuridad de la habitación ¿cuánto tiempo se quedó dormida? Eso no era lo peor, sino, el hecho de darse cuenta de que estaba abierta de piernas, sin bragas, ni nada, y en medio él, comiéndose su coño con hambre voraz. —¿Marvin? —susurró tragando duro. Este no respondió, Caroll quiso mandarlo a la mierda, pero al sentir que su lengua se enrollaba en su clítoris, se rindió ante el placer involuntario. —Mierda —jadeo con los ojos cerrados, llenos de placer. Sintió el recorrido de su lengua, abriendo sus pliegues, mientras usaba un dedo para penetrarla. Su pecho se agitó, estaba llegando al orgasmo, pensó que debió haber estado muy cansada como para no sentir que él entraba, le quitaba los pantaloncillos cortos y las bragas. —¡Marvin! —gimió con fuerza. El orgasmo la golpeó como corriente eléctrica por todo el cuerpo, el placer la mareó y se remojó los labios al sentir cómo se corría en la boca del padre de su hijo, y como él se tragaba todo. Para cuando él se incorporó, ella estaba recuperando el aliento, se veía salvaje, limpiando los restos de sus jugos con la lengua, la luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas, era lo único que le ayudaba a ver la mirada penetrante de Marvin. Ahí, aun de piernas abiertas hacia él, casi olvidaba lo que había sucedido entre los dos, la brecha que había en ellos. —¿Qué crees que haces? —recuperó el habla—. No puedes… Marvin la observo rabioso. Quería asesinarla ahí mismo, desde que vio cómo Serik la besaba, se había estado sintiendo como animal enjaulado, con unas ganas inmensas de matarlos a ambos, uno por atreverse a tocar lo que era de él, y a la otra por dejarse llevar. —Me alimento —gruñó de mal humor. Caroll frunció el ceño, cerró las piernas y buscó sus bragas, encontrándolas en el suelo, comenzó a vestirse. —No puedes, no puedes hacer esto, no somos nada, ¿cuántas veces te lo tengo que recordar? —¿Y por eso te besas con cualquiera? Caroll le lanzó una almohada que él esquivó con facilidad. —¡No tienes derecho a espiarme, mucho menos a reclamarme nada! —Eres mía —sentenció él. —¡Qué no, que no, que no! —Caroll cerró los puños de las manos, hasta que se dio cuenta de algo—. ¿Me estabas espiando de verdad? Marvin se quedó callado, claro que la estaba espiando de lejos, viendo todo, analizando la situación, se contuvo de tener que ir y romperle el alma al UnderBoss. Nada calmaba sus celos, su rabia, su… —¿Estás celoso? —Caroll ensanchó una sonrisa que se le antojó soñadora, como en el pasado, a ella le encantaba darle celos—. ¿Qué sentiste cuándo Serik me besó? Habla, habla, no te contengas, quiero saber todos los detalles. Ahí estaba de nuevo, su rubia caprichosa, mimada y egoísta había vuelto. Pero Marvin seguía enfadado con ella, no iba a caer en sus juegos infantiles otra vez. Ya faltaba poco, muy poco para que se dieran cuenta de que él empujará a la Bratva a una guerra en la que puede que nadie sobreviva. —No lo sé —tiró de su cabello con fuerza, haciendo que Caroll se quejara del dolor—. ¿Por qué no te pregunto lo mismo cuando me folle a una sumisa y te deje ser espectadora? La diversión se apagó, la sonrisa de Caroll flaqueó, ya no era satisfactorio, imaginarlo con otra le hizo sentir que la bilis se le subía por la garganta. —Bueno, no sería la primera vez que te tiras a otra, Eclipse fue la primera, o bueno, quien sabe si hubo más antes de ella —su voz cayó como suave amenaza—. Suéltame. —Sabes que eso no es cierto —le susurró Marvin, con voz grave y cavernosa. La liberó con una delicadeza que la asustó. Solo ahí se dio cuenta de que Marvin se veía peligrosamente atractivo, y no quería que nadie más lo viera, que nadie más deseara tenerlo en su cama, algo que jamás confesaría en voz alta. —¿Te gustó lo que probaste? —le preguntó ella, dirigiéndose a la puerta. —Es mi comida favorita. Caroll sintió que las mejillas se le calentaban. —Bien, porque no lo volverás a hacer —se detuvo al tomar el pomo entre su mano. —¿Mentirte a ti misma te funciona? Un escalofrío recorrió su espalda, el tono de Marvin parecía seguro, con notas de crueldad. Se atrevió a mirarlo por encima del hombro y lo que vio la estremeció, sus ojos eran duros, fríos, ¿qué mierda le pasaba? No actuaba como siempre. —Algunas veces, sí —se limitó a responder. Los dos se quedaron suspendidos en la mirada del otro, hasta que ella decidió salir corriendo de la habitación, tenía calor y estaba mareada aún por el placer que le había proporcionado él. Necesitaba aire, agua, decidió ir a la piscina para refrescarse, para quitarse la calentura que le había despertado Marvin. La gélida brisa que anunciaba la pronta llegada del invierno a Rusia, le hizo cosquillas en el rostro, podía sentir aun la humedad en sus paredes internas. La piscina estaba rodeada por luces resplandecientes profundas contra el agua, que iluminaban el interior, conforme se iba acercando, divisó el cuerpo de alguien boca abajo, flotando. Mordiéndose el labio inferior, volteó a todas partes con la esperanza de ver a algún Voyeviki rondando la zona, no había nadie, se abrazó a sí misma y caminó lento hasta ver que en la orilla estaban los restos de vasos de vidrio, esparcidos por la base de la piscina y el verde pasto. Olía a alcohol, marihuana y un toque casi inexistente de loción masculina. Caroll no quería conocer a otro, no quería casarse con nadie más, tampoco es que deseara hacerlo con Serik, al menos a él lo conocía y ya tenía en sus manos las pruebas perfectas para manipularlo a su antojo, solo era cuestión de tiempo. —No puede ser cierto —rodó los ojos y se lanzó al agua, de todos modos, pensó que el agua fría calmaría la comezón excitante que le dejó Marvin. Nadó hasta él, al otro extremo, flotaba una botella de vodka vacía, lo giró con esfuerzo, era él, dormido no se veía tan mierda, eso es lo que pensó. Revisó su pulso, era débil. —Debería dejar que te murieras, desgraciado —dijo con esfuerzo, arrastrándolo hasta la orilla. Salió primero, lo agarró del cuello de su camisa y lo sacó empleando todas sus fuerzas, una vez afuera, se tomó un momento para un respiro. —Despierta, inútil —lo abofeteó un par de veces. Pero Serik no despertaba. Caroll le desabotonó la camisa, viendo las líneas de su pecho que marcaban su cuerpo, espabilo, ante ella, Marvin estaba mucho mejor, acercó su oído a su boca, y comenzó a darle los primeros auxilios que le enseñaron en la universidad, en el hospital, incluido Kabil. —Yo debería dejar que te pudrieras, imbécil —rechinó los molares—. Aunque eso significaría que papi se moleste. Caroll se enfadó, decidiendo que lo correcto era darle respiración boca a boca, no le agradaba la idea, al final lo hizo, una, dos, tres veces, a la cuarta él escupió agua y ella se apartó para darle espacio. —Sabes, si planeabas suicidarte, sé original, y en todo caso, si lo que querías era morirte, yo te habría ayudado con todo gusto —balbuceó Caroll. Serik se sintió desorientado al principio, había sido mala idea venir a embriagarse luego de haber follado a Alina, todo para terminar gruñendo el nombre de la hija del Boss, al terminar de eyacular dentro del condón. Estaba furioso, salió de la habitación sin decir nada más, vino al lugar más relajante que pudo encontrar y comenzó a beber, el resto, no lo recordaba. La cabeza le punzaba, recobró poco a poco el conocimiento, escuchando una voz suave, aunque altanera y llena de arrogancia. Alzo la vista, él se le quedó viendo a la rubia de ojos azules con la que había estado fantaseando en contra de su voluntad, balbuceando incoherencias que no entendía y no le preocupaba hacerlo. Estudió sus gestos, su tierna boca en forma de corazón hacer un mohín molesto, y su ceño fruncido, irritante, ella era irritante para él. —Cállate —su voz salió ronca. Caroll frunció el ceño, aun de cuclillas delante de él. —Ay, sabes qué, vete a la mierda, no debí haberte salvado la vida… Serik perdió la cabeza, estaba muy mareado, mierda, hacía mucho tiempo que no se sentía tan borracho y tan cansado. Caroll no dejaba de parlotear y él, en medio de su juicio nublado, estiró la mano, tirando de ella, rozando sus labios contra los suyos. —Dije que cerraras esa puta boca, Caroll —era la primera vez que llamaba solo por su nombre, entonces la besó. Serik presionó sus labios con los de ella, como los recordaba de esta tarde, eran suaves, demasiado suaves, mejores que los de… —Alina —susurró pastosamente. Caroll abrió los ojos como platos, furiosa, él era la segunda persona que la llamaba por el nombre de otra, el primero fue Marvin, mencionando a Marie cuando le había entregado su virginidad, y ahora él. —¡Jódete, hijo de puta! —lo empujó. Serik no tenía fuerzas para nada, cerró los ojos, mareado, y se hundió en la oscuridad, mientras Caroll regresaba furiosa a su habitación. Había tenido bastante por un día, caminando por los pasillos, se limpiaba la boca con el dorso de la mano, sintiendo un verdadero asco. Entrando, Marvin no estaba, Caiden dormía en su cuna, lo revisó, se dio una ducha y se cepilló los dientes un par de veces, usando enjuague bucal, para quitarse la sensación nauseabunda de los labios de Serik. Sin poder sacar de su cabeza al padre de su hijo, se metió a la cama y abrazando a Caiden, se quedó dormida. Calabria, Italia. 2:45 am La ansiedad estaba haciendo estragos en el sistema nervioso de Eclipse, quien no dejaba de morderse las uñas, viendo el paisaje nocturno que les ofrecía ese país. A su lado, Jaxon no dejaba de fumar marihuana, colocando una mano en la cabeza de la azafata que había secuestrado del avión en el que llegaron, mientras la furgoneta negra los llevaba a su destino. Eclipse miró con desagrado y asco a Jaxon, descendió hasta la chica castaña con ojos llorosos, tratando de abrir más la boca para meterse el m*****o por completo. Subía y bajaba. —Déjala en paz, llevas obligándola por más de una hora —le dijo con los brazos cruzados. Jaxon río, soltando el humo en el aire, Eclipse bajó la ventanilla, lo que menos necesitaba en esos momentos, era estar drogada frente a quien podría ser, su aliado más importante para derrotar a la Bratva. —Silencio, mocosa, si yo no me meto en tus mierdas, no lo hagas con las mías. Eclipse sintió lástima por la chica, negando con la cabeza, decidió que era mejor apartar su mirada y repasar lo que iba a hacer. Odiaba a Caroll con cada una de sus células, la quería ver de rodillas frente a ella, llorando, suplicando por su vida, después mataría a su hijo frente a sus ojos, antes de tajarle el cuello, dejando que Marvin viera todo en primera fila. —Llegamos —anunció un cuervo italiano. Como les llamaban a los hombres más peligrosos a cargo de cuidarle la espalda al Capo de la mafia italiana. Jaxon apartó brutalmente la cabeza de la chica de su polla, esta lloraba, adolorida de la mandíbula, con el sabor salado invadiendo sus papilas gustativas. Eclipse fue la primera en bajar, sintiendo la tensión en el aire, la mansión que se presentaba ante ellos era en demasía elegante, pero de un modo oscuro y siniestro. A simple vista parecía no estar vigilada por nadie, lo dudaba. Jaxon se acomodó los pantalones y ambos siguieron al cuervo designado. Los guiaron por un corredor cubierto de ladrillo antiguo, en lugar de luces, eran antorchas gigantes lo que les iluminaba el camino, hasta llegar a una puerta de madera estilo medieval. El cuervo abrió dándoles el acceso. Ahí, adentro, las paredes estaban cubiertas por enormes vitrinas que resguardaban armas y artefactos antiguos, algunos bañados en oro, otros, se veía que en cualquier momento se derrumbarían. Unas enormes cortinas de terciopelo cubrían lo que debía ser un ventanal que abarcaba el ancho y el largo de una pared completa. Eclipse tragó grueso, sosteniendo con fuerza la carpeta que agarraba con ambas manos. En medio de todo esto, un hombre alto, delgado pero fornido, con pantalones de vestir negros, y una camisa blanca arremangada de las manos, cabello oscuro, bebía con suma elegancia un trago. A sus espaldas, el Cuervo desapareció, cerrando la puerta. Jaxon se había puesto en contacto con aquel hombre hace unos días, no pensó que funcionaría, pero cuando uno de sus cuervos se puso en contacto con él, se sorprendió al saber que el mismo Capo de la mafia italiana quería verlos en persona, luego de mandarle por correo las pruebas necesarias. Jaxon había escuchado de su padre que el Capo era un hombre en demasía cruel, y que no se podía jugar con él, que no aceptaba a nadie en su pequeño círculo, en cambio ellos, habían llegado demasiado lejos, más que cualquiera, y eso le hinchaba el pecho con orgullo. Tenían una cosa en común; odiaban a la mafia rusa. —Un placer conocerlos —la voz de aquel hombre les puso los pelos de punta a los dos—. En persona. Eclipse abrió la boca para hablar, se detuvo al ver que el tipo levantaba una mano y moviendo su dedo índice como una negativa, selló sus labios. Luego él miró con ojos asesinos las fotos que estaban sobre el escritorio, Eclipse sintió una pequeña victoria al darse cuenta de que, en todas esas fotos, había una en especial; la de Caroll Verly, o ahora llamada, Caroll Sokolov. El italiano sonrío sin gracia y eso la hizo estremecer, más cuando apuntó con su dedo la foto de la rubia. —Ella —arguyó con voz ronca—. La prima cosa sarà rompere questa bambolina (Lo primero será romper a esta muñequita) Y con esto el día terminó, la noche apenas empezaba, las primeras piezas habían sido movidas en el tablero y la guerra entre la Bratva y la Camorra, se avecinaba, ¿quién daría el primer golpe?
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