CAROLL
Me doy cuenta de que la chica en cuestión, se le queda viendo a Serik cuando este se aleja lo más rápido posible, sin dar explicaciones a mi padre, quien a su vez enciende un puro, satisfecho y relajado. Sonrío, no lo puedo evitar, tengo una corazonada sobre esto.
—Ahora vuelvo —le anuncio a mi padre.
Corro en la misma dirección que tomó Serik, el desgraciado es rápido, lo pierdo, me frustro, doy la vuelta a punto de regresar para revisar mi nuevo regalo, cuando escucho su voz, proviene del patio trasero, me dirijo hacia allá, viéndolo dar órdenes a sus Voyevikis, echando todo su enojo contra ellos.
—¡Ahora! —les grita y los pobres hombres se marchan con la cabeza gacha.
—Parece que alguien está teniendo un mal día —canturreo a sus espaldas.
Su cuerpo se tensa, no me quiere dar la cara, lo que me parece más interesante de jugar.
—Largo —expresa en un tono distante y frío.
—¿Esa es la manera en la que le hablas a la hija del Boss? —me cruzo de brazos, negando con la cabeza—. Me pregunto qué haría mi padre, si se entera de esto.
Sus manos se abren y se cierran hasta formar puños. Eso es, lo quiero llevar al límite.
—Eres una mierda tan cobarde, que necesitas del título de tu padre, uno que se ganó con esfuerzos, para manipular a la gente —se da la vuelta—. No puedo creer que lleves su sangre en tus venas, no eres digna de la Bratva, debiste haber sacado más de la perra de tu madre, ¿eras la mejor de la camada? Sí, ¿verdad?
Me río para mis adentros, él cree que insultar a Milenka me hiere, cuando he pensado cosas mucho peores de ella.
—¿Habla el enojo o la traición? —esbozo una tierna sonrisa—. No creí que fueras de esos que se dejan llevar por la rabia y hace o dice cosas imprudentes, dime… ¿quién es ella para ti?
El cambio en su rostro me da la respuesta que no quiere escupir, no hay que ser un genio o demasiado inteligente como para no darse cuenta de que ellos dos tienen historia, lo sé y casi lo puedo asegurar, por la manera en la que ambos se miraron; sorpresa, dolor, ella parecía odiarlo y él parecía estar arrepentido por algo. Esa lucha interna de Serik es lo que me satisface, es lo que pienso usar a mi favor. Después de todo, es un hijo de perra de cuidado, con él, tengo que ir con pies de plomo para no morir.
—¿Acaso somos amigos para que te cuente mis mierdas? —de dos zancadas llega hasta mí, empujando mi pecho contra su tórax como bestia furiosa—. No te metas en mis asuntos, y deja de abrir esa puta boca tuya que solo provoca problemas donde no los hay.
—Me siento herida, Serik —hago un mohín hipócrita, arrugando mi nariz y frunciendo mis labios—. Se supone que soy la única mujer a la que debes ver.
Su enojo incrementa, me gusta desquiciar a este imbécil, de pronto, el humor en sus ojos se endurece con malicia, la rabia oscura sigue ahí, dilatando sus pupilas, entonces hace algo que me congela, agarra mi rostro con ambas manos y lleno de enojo, me besa.
—Oye… —balbuceo entre sus labios.
Mueve sus labios contra los míos, son suaves, son toscos al mismo tiempo, abro la boca para hablar y mandarlo al demonio, no puedo, no me mete la lengua, sin embargo, intensifica el beso, retrocedo un paso pensando que eso lo hará reaccionar y soltarme, no funciona, al contrario, me besa con más fuerza, me convierto en una muñeca de trapo sin vida. Un gemido de su garganta vibra con la mía, marcándome con desesperación.
—Maldita sea —se aparta, no lo suficiente, sus manos siguen rodeando mi rostro.
Su respiración se agita, yo creo que he perdido toda capacidad de llenar mis pulmones con aire, no siento nada a comparación de Marvin, más bien, estoy anonadada e indignada, ¿cómo se atreve? Nuestras miradas chocan entre sí, la ira que veo agitarse en sus ojos verdes, me empuja a retroceder dos pasos más. Él frunce el ceño, parece… confundido, luego observa algo por encima de hombro, atrás, y se marcha de la misma forma; enojado.
«Maldito loco»
Giro sobre mis talones, queriendo borrar de mi mente lo que acaba de pasar, tomando nota de que necesito enjuagarme la boca, asegurándome de que no es más que una asquerosa pesadilla, y ahí está, la chica que me dieron de regalo, viéndonos a distancia, caminando débil y con un temblor en las manos, en mi dirección. Me le quedo viendo mejor, sinceramente no tiene nada de extraordinario, no es una mujer como las que imaginé con él, no tenía idea de que esos fueran sus gustos. La chica no es fea, pero… he visto a las mujeres de la Bratva, todas ellas tienen un aura tan imponente, que hacen voltear a cualquiera a donde caminen.
—¿Cómo te llamas? —le pregunto, estando a una distancia considerable.
Da un respingo, parece enferma, se arquea como si le doliera el estómago.
—Sumisa —su voz es apenas audible.
Río.
—¿Sumisa? ¿Qué clase de nombre es ese?
—No podemos decir nuestro nombre —me explica, su actitud es la de una debilucha, pero su mirada es fiera, no confío en ella—. Son órdenes del Boss, eso ya debe saberlo, es su hija, la Koroleva.
No sé por qué, pero no me gusta la forma en la que me mira y me habla, me recuerda tanto a Eclipse. Decido que es una perra taimada de cuidado y la etiqueto como basura que debo mantener a distancia.
—Tu nombre —esta vez demando con autoridad—. Eres mi regalo, me perteneces, habla.
Agacha la mirada.
—Alina.
—Alina ¿qué?
Estruja sus manos, está enfadada.
—Prefiero no decirlo, lo siento, señorita…
—Koroleva —la corrijo—. Y quiero que me lo digas, a menos que desees morir.
Respira con profundidad y alza su mirada.
—Alina Orlova —confiesa con lentitud.
Me quedo callada, analizándola.
—¿Conoces a Serik Baranov?
Tiembla.
—No, bueno… —balbucea—. Tengo entendido que es el UnderBoss de la mafia rusa.
—Así es —asiento con entusiasmo—. Y yo soy la mujer más importante de toda la organización, la hija del Boss, por si no te queda claro aún.
De nuevo, esa mirada fugaz y altanera, llena de odio.
—Ve a limpiar la estancia principal —chasqueo la lengua—. Después te veré en la cocina para darte más instrucciones, tampoco te quiero pegada a mí todo el tiempo.
Cierra los puños y agacha la cabeza.
—Como diga, Koroleva —arguye y estoy segura de que cada palabra que dice con respeto, le sienta como patada en el culo.
—¿Tienes que agachar la cabeza todo el tiempo?
—Eso fue lo que me dijo el Boss.
Elevo las comisuras de mis labios en dirección al cielo.
—Me gusta —finalizo.
Me doy la vuelta, mi padre no está, por lo que regreso con Tyson y con Caiden, quién sigue durmiendo plácidamente.
—¿Qué fue todo eso? —me pregunta Tyson.
—¿El qué? —juego al tonto.
—Caroll.
—Está bien, vale, nada, mi padre me regaló una sirvienta, es todo —encojo los hombros con desgane.
—Me refiero al beso que se dieron tú y el UnderBoss.
Arrugo la nariz.
—Hasta donde recuerdo, no lo besé yo, fue él quien lo hizo, no sé qué bicho le picó al patético ese, pero creo que está relacionado con la nueva sirvienta, apuesto a que ellos dos tienen historia —cargo a Caiden cuando comienza a hacer un tierno puchero y abre los ojos con la intención de llorar.
—De ser así, espero que no te metas entre ellos.
—¿Y quién dijo que lo haría? Tengo cosas más importantes que hacer como para estar al pendiente de las putas a las que se folla el idiota.
—No quiero pensar en lo que haría Marvin si se entera de esto —se pone de pie.
—No tiene por qué enterarse.
Regreso a mi habitación, alimento a Caiden, juego una hora con él hasta que termina agotado y durmiendo, me aseguro de que esté bien, antes de entrar al baño y darme una ducha de agua caliente, no tardo mucho, tengo miedo de que algo le pase, siento que me he vuelto más protectora con él desde que llegué a Rusia, y no está de más. Saliendo, mi sorpresa es ver a Marvin dentro de mi habitación, observando de cerca a nuestro hijo durmiendo.
—Es hermoso —arguye, pasando un dedo de su mano por su mejilla, lo que lo inquieta y se remueve, aunque vuelve a quedarse dormido.
—¿Qué haces aquí? —ajusto la toalla que envuelve mi cuerpo húmedo.
—Tengo permiso, si eso es lo que te importa, además, vine a pasar tiempo con nuestro hijo.
Tenso el cuerpo.
—Bien —me doy la vuelta con la intención de entrar al clóset—. Debemos ponernos un horario para estar con él.
Entrando, reviso toda la ropa que me compró mi papá, algunas prendas me parecen vulgares, seguro que las eligió alguna puta de la Bratva. Paso de ellas mordiéndome el labio inferior.
—No podemos seguir así —su voz golpea mi espalda.
Me detengo frente a unos pantalones cortos, café oscuro, los tomo, también una blusa blanca de mangas largas, con un escote cuadrado que me hará ver sexy, y unas botas de agujeta que me llegan a media pantorrilla.
—No entiendo de lo que hablas —me doy la vuelta, colocando todo en uno de los sillones de terciopelo rosa, luego me dirijo a los enormes cajones donde hay mucha ropa interior sexy—. ¿Puedes salir por favor?
—No hay nada que no haya visto antes —responde serio, tomando su distancia.
Mi cara se siente como un volcán sellado, a punto de explotar en cualquier momento.
—Qué comentario tan fuera de lugar.
Marvin no hace nada por acercarse, pero tampoco se aparta de la puerta, se queda recargado en uno de los lados del marco, bajo el umbral, con las manos metidas en los bolsillos. El aire de autoridad que irradia de cada célula de su cuerpo, es parecido al chasquido de un látigo.
—Dicen que me sigues amando —su mirada corta la mía.
—Dicen que me perdiste por idiota —el agotamiento pesa mucho en mi voz.
—Dicen que la cagué, pero aun así me perteneces. La marca en tu cuello lo dice todo.
Mierda, lo había olvidado, me aseguré de cubrirla bien con maquillaje, al acabarme de bañar, debió borrarse.
—Dicen que solo eres el padre de mi hijo, equivalente al donador de esperma.
—Dicen que soy especial para ti, después de todo, fue mi derrame, mi esperma, mi eyaculación, la que te preñó.
—No sabía que te gustara hablar sucio.
—Solo cuando es contigo y si se trata de ti.
Lo admito para mí misma, estoy como un río. Caiden es quien me salva de la mirada inquisitiva de su padre, su llanto rompe la extraña aura que nos rodea. Marvin me ve unos segundos más, antes de salir del clóset y cerrar la puerta tras él. Me visto lo más rápido que puedo, me pinto los labios, rímel, rubor y salgo, detallando cómo es que él le está cambiando el pañal igual que un experto.
—No sabía que tuvieras experiencia en cambiar pañales —me acerco—. ¿Tienes hijos escondidos por ahí?
Marvin termina de colocarle el pañal a Caiden, quien está con un chupón, mirando a su padre.
—Eres la única con la que he tenido un hijo, no hay nadie más y lo sabes bien.
—Si Marie estuviera viva, ¿hubieses querido tener hijos con ella? ¿Los tendrías? —insisto para joderlo.
Marvin lo viste de nuevo, no me responde, lo deja en la cuna y después se deja caer en la silla mecedora que está al lado de la cuna.
—No —responde tajante.
—¿Es todo lo que dirás? —frunzo el ceño.
Asiente sin apartar sus ojos de encima de mí. Me siento incómoda como nunca, por lo que reviso mi celular, veo la hora y suelto un suspiro.
—Tengo que irme, cuida de Caiden en mi ausencia —me acerco a su cuna, me inclino y le doy un beso en la mejilla—. Trataré de no ausentarme demasiado.
No me responde, está actuando extraño. Lo miro de soslayo, no deja de verme con esos ojos azules que perforan. Me pone nerviosa, mis entrañas se retuercen al aceptar que se ve demasiado apuesto, pienso en las sumisas, alias, putas, que hay aquí, ¿se habrá encontrado con una? ¿se las comió con la mirada? Espabilo, no me interesa, no debe importarme lo que haga el cretino.
Salgo de mi habitación, tranquila de que Caiden esté con su padre, en ese sentido, sí, le tengo confianza. Camino por el pasillo, alzo la vista y lo que veo delante de mí, a unos metros de distancia, me hace detenerme. Rápido me escondo detrás de una enorme armadura de cuerpo completo que tienen como maldito adorno. Serik parece estar discutiendo con mi sirvienta nueva; Alina, ella trata de decirle algo, entonces, él entra a una habitación y ella hace lo mismo. Antes de que lo hagan, saco mi celular y les tomo varias fotos, sonriendo porque pienso usar eso a mi favor.
—Te tengo en mis manos, Serik Baranov.