CAPÍTULO TRES

4109 Palabras
CAROLL «Mierda, duele como el infierno» Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza, que siento el sabor de mi propia sangre en mi paladar, no puedo creer que hiciera esto, que esté pasando, que Marvin haya renunciado a mí para siempre. Debo admitir que la manipulación de mi padre es magnífica, le ofreció algo que solo un tonto podría rechazar, aun así… quería que él luchara por mí hasta dejarse la vida en el intento. Camino por el corredor lo más a prisa que puedo, cuando alguien tira de mi brazo con fuerza. —Pero que… Unos labios que reconozco bien, aplastan los míos y me quedo atónita al sentir los brazos y el cuerpo de Marvin, aprisionándome contra la pared del pasillo oscuro. Me ha tomado por sorpresa, lo admito, abro la boca y él aprovecha eso para meter su lengua, mi estúpido corazón late frenético, su cercanía se siente bien, hace mucho tiempo que no lo tenía tan encima de mí, desde aquella vez en la que permití que me follara, por las hormonas del embarazo. La punta de su lengua busca la mía, no hay dónde pueda esconderla, roza la mía y el choque de dientes me regresa al pasado, a cuando éramos novios y yo lo veía como mi superhéroe. Él era mi lugar seguro, ese sitio al que escapaba cuando la mierda de mi madre me alcanzaba y mi propia oscuridad me aplastaba. Es distinto ahora, estoy sobreviviendo con lo que puedo, a una vida que no pedí, pero a la que me arrojaron sin pedir permiso. Mis manos se sostienen de los costados de su cuerpo, no, no puedo dejar que crea que me puede tener con un chasquido de dedos, no me puedo permitir derrumbarme delante de él. —Para —logro articular entre sus labios. No se detiene, al contrario, esconde su rostro entre la curvatura de mi cuello y me besa, respiro profundo, cierro los ojos, remojando mis labios hinchados, la ola de calor, llena de excitación se expande por todo mi cuerpo, puedo sentir cómo mis pezones se endurecen debajo de la tela de mi blusa. Mierda, mierda, no, no y no, me niego a ser una chica fácil en la lista de cualquiera, basta de eso. —Dije que te alejes —recupero la firmeza de mi voz. Sus manos recorren mis curvas hasta llegar a mis nalgas, las aprieta al instante que me muerde. Suelto un jadeo imprudente y le clavo las uñas en los hombros. —¡Carajo, Marvin, me duele! —me retuerzo con impaciencia. Me clava los dientes cual animal salvaje, me está marcando como vaca y eso no me gusta. —Detente, tomaste tu jodida decisión —expreso en un tono tan gélido, que yo misma me sorprendo de la fuerza con la que brota mi voz. Marvin se aparta. —Esa boca, Caroll —sus ojos se oscurecen—. Nunca renunciaré a ti, es lo que tu padre quiere y no lo voy a complacer. —¿Y qué me importa? Las cartas fueron lanzadas a la mesa, elegiste ser el perro faldero de papá, y yo, seré la Koroleva de la Bratva —le sostengo la mirada con firmeza. —¿Crees que voy a dejar que eso pase? —No tienes derecho a nada, ni a impedir algo —siseo—. Me voy a casar con… Empuja sus caderas para que sienta su erección, desciendo la mirada, conteniendo la respiración al ver su enorme pene queriendo romper sus pantalones. —Di su nombre y no querrás saber lo que soy capaz de hacer. —Nada —escupo—. No eres capaz de hacer nada al respecto, no eres más que un cobarde. Me perdiste, te lo dije una vez, nunca me vas a recuperar, de ahora en adelante, solo somos los padres de Caiden, él es el único lazo que nos unirá, nada más. La mención de mi hijo, hace que su vena carótida palpite. —¿En dónde está? —rechina los molares—. Quiero verlo. —¿Qué? Me toma de los brazos. —Dije que quiero ver a mi hijo. —Eso debiste decírselo a mi padre —lo empujo con las manos, no puedo alejarlo, la presión de los dedos de sus manos sobre mi piel, quema. —Te lo pregunto a ti porque tú eres su madre, tu padre no es nadie para opinar o para demandarte qué hacer con Caiden, me llamas títere, marioneta, perro faldero, pero haces lo que tu padre diga, ¿eso qué dice de ti? —¡Púdrete, Marvin, vete a la mierda! No puedes solo venir y decirme lo que tengo o no tengo que hacer, en cuanto a Caiden, ya lo verás en su momento. Sus pupilas se dilatan, es la segunda vez que la oscuridad que habita dentro de él, me paraliza y me deja sin aliento. —¿Me estás queriendo decir que no estás cuidando de él? ¿Prefieres jugar a la mujer de la mafia en lugar de pasar tiempo con mi hijo? —su mirada es de acero. —Él está bien, y no juego a nada, yo soy… —Joder —me libera—. No puedo creer que dejes que alguien más cuide de él, es un recién nacido, necesita a su madre, a su padre, no a una niñera rusa o a un Voyeviki con las manos manchadas de sangre. Sello mis labios, no tengo nada que decir en contra de eso, porque tiene la razón, corto contacto visual con él. El silencio que nos rodea es ensordecedor. —Estamos mal, Marvin, ahora que lo pienso, no debimos fijarnos el uno al otro —sacudo la cabeza, aferrándome al último hilo de dignidad que me queda. —¿A qué te refieres con eso? —Marvin da dos pasos, acortando la distancia que había impuesto entre los dos. Alzo la vista para enfrentarlo. —Qué tal vez nunca debimos habernos conocido —mi voz cae—. Pienso que debiste haberme ignorado, y yo no debí haber tratado de llamar tu atención, eso es lo que estoy diciendo. Marvin me estrecha contra su cuerpo, aprieta mi mandíbula entre sus dedos pulgar e índice. —Voy a olvidar lo que acabas de decir, asumiendo que se trata del enojo lo que te ha empujado a decir esa sarta de estupideces, acepté el trato para estar cerca de mi hijo y de ti, solo eso, irme de Rusia no era una opción, por lo que entrar a la boca del león es lo mejor que puedo hacer —no hay humanidad en sus ojos azules—. Pero que te quede clara una cosa, hagas lo que hagas, eres mía, Caroll, solo mía. Lo mismo que Caiden, ambos me pertenecen. Le tengo miedo cuando deja salir su verdadera naturaleza, no obstante, no lo demuestro, levanto el mentón con arrogancia y ambos nos perdemos en la mirada del otro. —¿Qué sucede aquí? Tyson llega a nosotros. —Marvin, apártate —le ordena. Sonrío triunfal. —¿Tú qué haces aquí? —le pregunta Marvin, sin perderme de vista. —Me parece que ya te pusieron al tanto, si necesitas que te lo recuerde, soy el guardaespaldas de Caroll. —Smith, esto no tiene nada que ver contigo, es entre Caroll y yo. —Lo siento —Tyson coloca su fuerte mano alrededor de uno de los brazos de Marvin—. Las cosas han cambiado, mi lealtad es con el Boss y con Caroll, ella no quiere que la toques, esta es la última advertencia. Marvin se le queda viendo, su agarre no afloja, al contrario, se vuelve más intenso, los segundos transcurren lentamente hasta que me suelta. Está molesto, no comparte la opinión de los demás, una vez liberada, recupero la compostura y tomo mi distancia, colocándome al lado de Tyson. —Hablaremos después —gruñe Marvin. —No tenemos nada de qué hablar —replico con los brazos cruzados. —Somos padres de Caiden, tendremos mucho que hablar —llega a mí sin importarle que Tyson lo asesine con la mirada, y me susurra al oído—. Toda la vida. Se atreve a darme un beso en la mejilla para después marcharse. Dejando un cosquilleo por todo mi cuerpo. Las manos me sudan, el corazón me late rápido y siento rabia, odio, decepción… amor… —Tienes serios problemas —la voz de Tyson me regresa a la realidad. Lo miro mal. —¿Eres mi guardaespaldas, o mi terapeuta? —refuto—. Estaré bien, siempre lo estoy. —Yo solo digo lo que veo. —¿Sí? —enarco una ceja con incredulidad—. ¿Y qué es lo que ves? —Que estás enamorada, Marvin te trae loca, y eso te desquicia porque te gusta tener el control de las cosas ¿o me equivoco? Debí morderme la lengua y no preguntar, yo y mi bocota. —Eso ya no importa, tengo prometido —suelto un suspiro lleno de exasperación, solo de pensar en Serik, mi humor termina por los suelos—. ¿Recuerdas? —Sí, uno que se te impuso por el deber de la Bratva, más no el que deseas que te despose, aunque bueno, ya te saltaste todos los protocolos —ladea una sonrisa de media luna. Mis mejillas se calientan, sé a lo que se refiere. —Como sea —blanqueo los ojos. —No te lo tomes a mal, pero —Tyson se acerca a mí, colocando detrás de mí oreja, un mechón suelto de mi cabello—. Marvin tiene razón en algo; no deberías dejar que alguien de la Bratva cuide de Caiden, es un consejo, he visto cosas que, si supieras, no tendrías tanta confianza con Marieta Romanova. Eso me da mala espina. —¿Qué cosas? —un miedo inestable se ancla en lo profundo de mi alma—. ¿Es una perra? Ella… —Es una asesina como todos dentro de la organización, no importa que haya cuidado de tu padre cuando era un niño, o si su rostro parece el de una anciana amable, nadie en la mafia roja, lo es, solo ten cuidado con él, y no pases demasiado tiempo en asuntos de la pirámide, tengo entendido que los mejores meses para que conectes con tu bebé, son los primeros, aunque eso ya debes saberlo —me guiña un ojo. No tengo nada que decir al respecto, ambos están en lo correcto y por su culpa me siento como la peor madre del mundo. —Andando. Asiento en silencio y camino a su lado, en el vestíbulo, mi padre habla con cinco de sus Voyevikis en susurros sospechosos, me quedo en medio y él corta la extraña conversación. —¿Terminaste de despedirte de Rosewell? “Títere, marioneta, eres su madre, él no tiene nada que opinar” Las palabras que me dijo Marvin hace un momento, no abandonan mis pensamientos. —No —respondo, incapaz de ocultar mi gesto irritable—. Marvin es el padre de Caiden, despedirme de él para siempre, es absurdo. Por primera vez desde que lo conozco, me regala una mirada que roza lo asesina y lo fría. No dice nada, sin embargo, lo que es más inquietante e incómodo, es como si sus ojos quisieran perforar mi cráneo para ver qué hay dentro. Me preparo para recibir una sentencia de muerte, o que nos dé a Caiden y a mí una patada en el trasero. —Regresemos al despacho, hay asuntos de la Bratva que se tienen que resolver —dice tajante. Tyson me echa un vistazo breve y Marvin vuelve a aparecer en mi cabeza. —No —me apresuro a decir, incapaz de controlar el terror que corre por mis venas. —Caroll. —Lo siento —me obligo a controlar los latidos de mi corazón para evitar un ataque de pánico, no se me olvida que lejos de ser mi padre, es el Boss de la mafia rusa—. He terminado con eso por hoy, pasaré tiempo con Caiden. Él tensa la mandíbula. —Los asuntos de la Bratva son importantes, te recuerdo que hay muchas vidas en juego y… —Y yo te recuerdo que antes de ser tu hija, la Koroleva o lo que sea, soy madre, Caiden siempre va a estar primero, él está por encima de cualquier cosa —el aire se comprime en mis pulmones. Su ceño endurecido se profundiza. —Marieta se hace cargo de él, no es necesario que… —No —repito—. Iré con Caiden y pasaré lo que resta del día con él, agradezco todo lo que has hecho por nosotros, pero quiero que sepas desde ya, que no pienso dejar a mi hijo al cuidado de tu nana, papá. Es mío, así me lo tenga que colgar como canguro, no me separo de él. No voy a cometer los mismos errores de Milenka, él tendrá siempre una madre presente que lo va a amar, apoyar, cuidar y proteger. El gesto de mi padre se suaviza. —Como desees, si dices que no, así será. El peso invisible sobre mis hombros desaparece, sonrío, me acerco a él, me pongo de puntitas y le doy un beso en la mejilla. —Gracias papi. Es fugaz, pero juro que veo un brillo tierno en sus ojos, dura dos segundos y es opacado por la seriedad. Me despido de mi padre, Tyson me acompaña hasta mi alcoba, al entrar, el alma se me cae a los pies al notar que las cosas de Caiden no están, ni su cuna, ni su olor a bebé. —Tyson —mi voz tiembla, las piernas no me responden. —Tranquila —intenta sostenerme para que no pierda el equilibrio. Estoy a nada de entrar en un ataque de ansiedad, su llanto es lo que me trae de vuelta, se escucha demasiado cerca, reacciono y busco el origen, abro la puerta de una habitación que está a ocho de la mía, viendo a Marieta tejer, sentada sobre una mecedora, al tiempo que Caiden está en su cuna, llorando a todo pulmón. —Pero ¡¿qué no ves que llora?! Corro, lo saco de su cuna y lo pego a mi pecho, sus manitas tocan mi piel y poco a poco va cesando su llanto. —Calmar su llanto con mimos, solo hará de él un débil, necesita disciplina desde este momento para que cuando crezca, sea un líder digno de la Bratva —se excusa la pendeja. La fulmino con la mirada. —¡¿Por qué están las cosas de mi hijo aquí?! —exclamo. —Será nuestro futuro líder, la crianza de un bebé que es demasiado apegado a su madre, no es… —¡Ay, por favor, vete a la mierda, anciana decrepita! ¿Quién te dio el derecho de decidir sobre mi hijo? —No te alteres, mi niña, el Boss siempre me ha dado la libertad de tomar algunas decisiones siempre y cuando sean por el bien de la organización. —¡Pues tómalas, pero con lo que respecta a mi hijo, nadie, escucha bien, nadie decide más que yo o su padre! —la acabo con mi mirada más amenazante, luego volteo a ver a Tyson—. Ordena que lleven todas las cosas de regreso a mi habitación, Caiden siempre va a estar conmigo. Tyson asiente y sale de inmediato. —Te pido una disculpa por haberte hecho enfadar… pero… —¿Enfadar? Eso es poco con lo que siento, tuve un día de mierda, como para que vengas ahora tú, y te creas con el derecho y la autoridad de alejarme de mi hijo, hacer los cambios que crees prudentes. —Eres la Koroleva, además, también lo hice por tu bien, mi niña, no debes apegarte demasiado a ese niño, pronto te casarás con Serik y tendrás hijos con él, no te darás abasto con todos, por eso existimos las nanas de la Bratva, nosotros criamos a los bebés y los hacemos fuertes… Tengo suficiente de esta mierda, me doy la media vuelta y salgo, antes de despotricar más palabrotas que se le pueden quedar grabadas a Caiden, creo. Marieta me llama, pero la ignoro, pegando más a mi cuerpo a mi bebé, quien se queda callado y hace sonidos tiernos, como balbuceos. Entro a mi habitación y voy a mi cama, revisando que todo esté bien con él, escudriño hasta el mínimo detalle de su cuerpo. Marvin tenía razón, Tyson igual, joder, la he cagado en grande. —Perdóname, Caiden, prometo que mamá no te volverá a dejar solo con esa loca —lo lleno de besos—. Eres tan hermoso para ser un bebé recién nacido. Abre sus ojos, unos que sacó de su padre, su azul es más intenso que el mío. Tyson no tarda en entrar con los Voyevikis, dejan todo tan cual, pegando la cuna de Caiden al costado de mi cama, muy cerca de mí para que lo pueda vigilar de noche. Después me baño, dejándolo con Tyson, saliendo, Caiden llora y Tyson tiene una cara de no saber qué hacer, intenta distraerlo con una sonaja, no funciona, eso hace que llore más, después arruga el gesto y me río a carcajadas. —¿Cómo es que huele tan mal? Se lo quito. —Porque tiene sucio el pañal, por eso llora, y también tiene hambre. —Eres una experta. —Porque es mi hijo —digo con orgullo. Cambio de pañal a Caiden, me despido de Tyson y después le doy pecho a mi bebé. Él mantiene esos enormes ojos azules mientras bebe de mí, no puedo evitar sonreír. —Eres la cosita más hermosa que hice, bueno… que hicimos —paso mi dedo por su nariz respingona, una que sí heredó de mí—. Estás demasiado guapo, el hombrecito más importante de mi vida. Cuando termino, lo duermo, me pongo un pijama cómodo y cierro los ojos, hundiéndome en un profundo sueño, uno que se ve alterado cuatro veces por el llanto de Caiden. Al amanecer, Tyson me avisa que tengo que entrenar mi tiro, como no pienso dejar que esa anciana bruja le ponga las manos encima a mi bebé, designo a Tyson como niñera. —¿Sí sabes que soy un Voyeviki y tu guardaespaldas? No una niñera —se queja cuando termino de darle las instrucciones de cada cosa que tiene que hacer, dejando una pañalera a su lado, sentado en la banca, mirando con miedo a Caiden, quien permanece dormido con su chupón—. Esto debería estar haciéndolo Marvin, no yo. —Sí, pero no sé en dónde está, mi padre no me quiere decir nada, no confío en Marieta, así que me quedas solo tú —ensancho mi sonrisa—. No seas quejica, solo será una hora. —¿Y qué piensas hacer cuando tengas que trasladarte a lugares por asuntos de la Bratva? —Ya pensaré en eso, además, espero que, para ese momento, Marvin se encargue de nuestro hijo mientras estoy fuera. Tyson me sostiene la mirada. —Así que ya confías en él. —Pues no tengo de otra, es su padre, él no le haría daño de ningún modo. —Confías en él —sonríe. —Cállate —me avergüenzo y camino lejos—. ¡No olvides que, si se te complica algo, puedes venir a interrumpirme las veces que quieras! Llego a unos cuantos metros de distancia, a lo lejos puedo verlos a los dos, así que estoy tranquila, un Voyeviki que ayuda a colocarme un equipo de protección que protege contra los disparos, y comienzo. Algo que no se me da nada bien, porque soy pésima, debo aprender para proteger a Caiden, cuando vamos por el intento número treinta, me rindo, mandando a la mierda al Voyeviki. —Esto no funciona —me quejo yo sola. —Porque no tienes madera de mafiosa, solo llevas la sangre, el apellido y el nombre, si quitamos todo eso, no eres más que una tonta niña de papi. Mi vista se oscurece y el enfado crece a niveles sorprendentes. «Lo que me faltaba» Volteo y me encuentro con Serik, camina con ambas manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros negros, yo llevo puesto unos pantalones cortos por el calor, una blusa de tirantes blanca y mi cabello agarrado en una coleta alta. Sus ojos me hacen un recorrido arrogante, como si él fuera un Dios y yo el bicho que se interpuso en su camino. —No recuerdo haberte pedido tu opinión, estúpido —rechino los dientes. —¿Acaso estoy presenciando un berrinche de la hija del Boss? —se mofa. —No, lo que vas a presenciar es una patada en las pequeñas bolas que se esconden entre tus pantalones, si no desapareces de mi vista, maldito —entrecierro los ojos. Lo siguiente no lo veo venir, él tira de mi brazo, me gira a modo de que mi espalda choque contra su pecho, me acomoda los brazos y él dirige mis movimientos. —No mejoras porque agarras mal el arma —su voz me hace cosquillas en mi oído. Aguanto la respiración, el idiota me enseña cómo disparar, y para cuanto jalo del gatillo, le doy directo al blanco, lo que me hace sentir orgullosa y grito como loca. —¡¿Viste que bien lo hice?! —volteo y le sonrío. Serik frunce el ceño, me mira igual que a una loca salida del centro psiquiátrico. —Lo hiciste porque yo te enseñé, prácticamente dirigí tu mano —mata el buen ambiente que estábamos teniendo, por poco olvido que no lo sosporto—. ¿Por qué no lo haces tú sola ahora? O prefieres que le hable a tu papi para que venga a salvarte. Lo detesto. —¿Por qué no mejor lo intento apuntando a tus bolas? —recargo como me enseñó el Voyeviki y apunto a él—. Estoy segura de que no fallaré, aunque bueno, dudo que encuentre algo ahí abajo. Sonríe el hijo de perra. —Ponte de rodillas y compruébalo, tal vez te guste lo que veas —sisea con una sonrisa endemoniada y ojos llenos de odio. —Pendejo. Pienso hacerlo, pienso acabar con esto, quedarme sin futuro marido no se ve como algo que no pueda superar. —Por lo que veo, se llevan mucho mejor. La voz de mi padre a mis espaldas, me obliga a bajar el arma y contener mis instintos asesinos. —Solo estábamos entrenando, Boss —agrega Serik. —¿Y tus bolas eran el blanco? —Me propuse como tributo —ríe con sarcasmo. Mi padre no es ingenuo, sabe que me cae mal, me quedo callada porque no tengo nada que aportar, al contrario, me sorprende que no mencione nada de Marieta. Dejo el arma sobre la mesilla de madera delante de mí, Serik me desquicia. —Caroll —mi padre me da un beso en la frente—. Tengo una sorpresa para ti, algo que te borrará ese mal humor que tienes desde anoche. Sonrío, no lo puedo evitar, me gustan las sorpresas. —¿Cuál? —Es un regalo. «Me gustan los regalos, mucho, mucho, mucho» —Okay —ensancho más mi sonrisa, ignorando a Serik, quien se queda como asquerosa mosca, rondando. Ignoro la malicia que descubro en los ojos de mi padre, chasquea los dedos y enseguida un Voyeviki aparece con una persona, trae unas cadenas en los tobillos, es una mujer, tiene un vestido… raro, como de sirvienta, tiembla, no le veo el rostro porque su cabeza está cubierta por una bolsa de tela negra. —Tu regalo es una dama de compañía, mejor dicho, una sirvienta personal —es él quien le quita la bolsa. Delante de mí, aparece una chica que debe ser menor que yo por algunos años, castaña, ojos marrones y tez morena, tiene la mirada muerta y ojeras, pareciera que no ha dormido en semanas. —Este es mi regalo, Caroll, una sirvienta con la que podrás hacer lo que quieras, estará a tu servicio las veinticuatro horas del día. Con esto, doy un paso adelante para ver mejor a la chica, cuando Serik se marcha en silencio sin dar una explicación, y casi puedo jurar que sus ojos eran como dos esferas de fuego furioso, que, si quisiera, quemaría todo a su paso. «Interesante, muy, muy interesante»
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