Madison estaba sentada sobre el regazo de Barry en una de las sillas en la sala de interrogaciones del Departamento Policial de Central City -Sí, había otra silla, pero la menor estaba muy abrumada como para sentarse sola- Su espalda estaba apoyada contra el pecho del chico y su nuca a la altura de la clavícula de él. La niña estaba muy nerviosa, aunque estaba agradecida de que no tuviese que contar lo que Robert había hecho frente a una corte.
Luego de que Robert despertara, el juicio comenzó a la semana siguiente y esta vez tardaría un tiempo. Los contactos que el hombre tenía eran de gran peso. Ni siquiera estaba preso, había conseguido salir bajo fianza y estar en arresto domiciliario; en vez de estar tras las rejas había ido a otra casa -porque la suya estaba siendo investigada y revisada por la policía, era otra evidencia más-
Los documentos y pruebas que había recolectado Madison habían sido de mucha ayuda. El video que había grabado también lo era. El video, aquello que Barry tuvo que sentarse a ver con Caitlin, Cisco, Joe. Eran imágenes que se le quedarían grabadas por mucho tiempo. Les había dejado un sabor amargo en sus bocas y una puñalada de culpabilidad, enojo y frustración. Y, lo peor de todo, es que sabían que la niña había pasado por más -Aunque antes de presentar la grabación a las autoridades debían de editar la parte donde Barry revelaba su identidad-
Cecile le había dicho a Madison que Robert estaba siendo acusado de muchas cosas como portación de armas ilegales, lavado de dinero y otros cargos más que la mujer no quiso entrar en detalle; pero también querían acusarlo de abuso infantil y por lo que le había hecho a Amanda.
Era por eso que Madison estaba ahí, denunciaría a su progenitor y para eso debía contar su parte de la historia, relatar los sucesos que no habían salido en la grabación. Aunque en un principio su familia no pensaba que fuera una buena idea -sobre todo por su salud mental-, pero Madison quería que las autoridades supieran el monstruo que Robert era.
Así que, en ese momento, la niña se daría las fuerzas y la valentía necesarias para narrarle los hechos al Trabajador Social, a Cecile, a Joe y a otro detective más que estaría en ese lugar en unos minutos. Además, estaba con Barry -No estaba permitido que otra persona, más que el responsable de la menor estuviera en la sala de interrogación, pero por suerte Joe había conseguido que Barry esté junto a ella-
—¿Estás bien, cariño? —el castaño cuestionó luego de estar un momento en silencio. La ojiverde jugueteaba con el anillo que estaba en el dedo índice del chico en un intento de distraerse, aunque no parecía estar dando resultados.
—¿Cuánto más van a tardar? Llevamos aquí una vida —se quejó dando un pequeño resoplido. Su humor estaba por los suelos y en cualquier momento explotaría del estrés que estaba sintiendo. Barry lo sabía, así que no comentó nada por su tono de voz.
—Vendrán en un momento.
—¿Y si me olvido de contarles algo? —preguntó de repente —Estoy muy nerviosa, creo que lo haré mal Barry —La niña se separó ligeramente del chico y giró la mitad de su cuerpo para mirarlo.
—Lo harás bien, pequeña. Voy a estar aquí en todo momento. Tómate todo el tiempo que necesites —el muchacho le mostró una diminuta sonrisa.
—Barr, el disparo... —susurró recordando lo que había sucedido hace un par de días —¿Si me encuentran culpable, o algo así, por lastimarlo? —la ojiverde se estremeció y observó su regazo.
—Madi, mírame —pidió el velocista al ver que la niña esquivaba su mirada. La menor tardó unos segundos, pero terminó obedeciéndolo, girando nuevamente un poco su cuerpo para encararlo.
—Aquí nadie va a culparte de nada, porque no eres culpable de nada —aseguró con firmeza, se lo diría todo el tiempo si era necesario. —Fue accidente, nada más ¿de acuerdo?
La pequeña meditó un momento sus palabras. Por ahora le creería, por ahora se aferraría a ellas para no dejar que aquella culpa la carcomiera.
"Si no hubieses disparado, Barr estaría muerto", su cabeza amablemente le recordó.
La niña solo pudo asentir con la cabeza cuando, al segundo, la puerta fue abierta y la menor se volteó para ver quiénes había entrado. Sus nervios volvieron a dispararse, pero se sintió levemente aliviada cuando en su campo de visión apareció Cecile que se colocaba al costado de Joe que también había entrado.
—Hola, linda —La mujer la saludó con algo de entusiasmo mientras colocaba una rectangular caja mediana sobre la mesa y una bebida de Jitters. La menor frunció ligeramente el ceño al ver aquello.
—Hola —murmuró —¿Qué es eso? —cuestionó señalando la caja con algo de curiosidad. La cálida sonrisa de Cecile se ensanchó.
—Oh, traje unas ricas donas y Frappuccino. Un pajarito por ahí me dijo que es uno de tus favoritos —musitó y la castaña observó un momento a Barry alzando una ceja, el chico solo se encogió de hombros y le sonrió.
La mujer tenía razón. Madison había descubierto que las donas eran muy ricas y el Frappuccino, que lo había probado gracias a Cisco, era delicioso; pero Barry no se lo compraba muy seguido porque tenía cafeína.
—¿Se puede comer acá? —cuestionó nuevamente observando a Cecile.
—Claro que sí.
—Bueno, técnicamente n... —comenzó a decir Joe, pero fue interrumpido por el codo de Cecile impactando su costilla. El hombre hizo una mueca de dolor, pero no continuó su hablar.
La niña no pudo evitar sonreír cuando observó la escena, Cecile había controlado a Joe y eso era divertido. La mujer era muy alegre y amable y sabía hacerla reír, pero también podía tener su carácter y eso a Madison le gustaba.
La menor observó un momento la caja de las donas, no sabía si quería una en ese momento; la verdad es que les parecían sumamente agradables, pero no tenía mucho apetito, no después de lo que debía contar en unos minutos.
—Gracias, pero... ¿puedo empezar con la bebida? —murmuró con voz algo baja, no queriendo sonar grosera o algo por el estilo.
—Puedes empezar con lo que tú quieras. Si no tienes ganas de donas puedes llevarlas a casa y comerlas después —respondió amablemente Cecile mientras tomaba asiento.
La niña le mostró una pequeña sonrisa y le dio un sorbo a su Frappuccino.
Se escuchó un leve golpeteo en la puerta y, luego de que Joe pronunciara «adelante» entraron dos hombres. Aquello puso algo alerta a la menor y se apegó más a Barry.
—Buenos días —habló el primer hombre que entró. Madison lo había visto un par de veces en la comisaría, tenía el cabello n***o y se había dejado crecer la barba. Vestía un chaleco gris sobre una camisa y también llevaba una corbata. La niña sólo conocía que tenía un cargo importante, aunque no se imaginó que él fuera el otro detective que estaría con ellos.
»Soy Capitán Singh, gusto en conocerte finalmente, Madison —Él le mostró una pequeña genuina sonrisa mientras tomaba asiento.
"Genial, el jefe de Barry y Joe", pensó mientras le hacía un gesto que debía simular un saludo.
»Y él es el señor Smith, el Trabajador Social que estará tomando nota. —agregó. Madison observó un momento al otro hombre, tenía puesto un traje azul marino y quizás era el mayor de todos los presentes. Tenía la mirada seria clavada en ella y se sintió algo intimidada.
—¿Te parece bien que el señor Smith esté presente o prefieres que esté del otro lado de la sala? —Madison observó a Cecile quien era la que había formulado la pregunta. Comprendía que, del otro lado, ese hombre podía escuchar lo que ella dijera; después de todo sabía que detrás de ese enorme ventanal que estaba a su mano derecha, había otra sala por donde podían ver y escuchar lo que ocurría ahí adentro -era donde probablemente Cisco y Caitlin se encontraban-
Madison creyó que Cecile había percibido su incomodidad, por eso había cuestionado aquello.
—Podría...podría estar del otro lado —susurró observando la mesa, algo incómoda de que todas las miradas estuvieran sobre ella.
—Perfecto —expresó Cecile. Hubo un corto silencio y luego volvió a escuchar la puerta cerrarse —¿Mejor así? —cuestionó la mujer y Madison se atrevió a alzar la cabeza para observarla.
—Sí —expresó haciendo una pequeña mueca.
—Sé que esto es difícil, pero el simple hecho de que estés aquí te hace una personita muy valiente —la mujer expresó con suavidad —Quiero que sepas que aquí nadie va a juzgarte. Y puedes tomarte todo el tiempo que requieras. Si necesitas detenerte, puedes hacerlo con toda tranquilidad. ¿De acuerdo? —Cecile le mostró otra cálida sonrisa y Madison asintió con la cabeza. Que ella estuviera tratando de que se sintiera mejor y menos nerviosa, le parecía un bonito y respetable gesto.
—Tú puedes hacerlo, cariño —Barry susurró contra su oreja y la menor decidió volver apoyar su espalda contra el pecho de él y su nuca a la altura de la clavícula.
La pequeña tomó una profunda respiración y se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos y palabras para que la comprendieran lo mejor posible. Se concentró en un punto fijo de la alta pared y no se atrevió a ver a ninguno de los presentes.
—Todo comenzó cuando llegué a esa mansión y Robert me dio unas extrañas y estrictas reglas que debía seguir... —Madison siguió narrando los sucesos que ocurrieron con su progenitor.
Se tomó su tiempo en recordar los detalles, incluso se atrevió a decirles las reglas que le había impuesto. Cuando su narración llegó al primer castigo, la niña tuvo que tomar con fuerza la mano de Barry para evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. No iba a llorar frente a ellos, no se lo permitiría, así que hacía pequeñas pausas cuando sentía su voz ligeramente quebrarse por las emociones que recorrían en su interior. Tampoco dejó pasar lo que Robert le hizo presenciar cuando había ido a aquel pasillo "prohibido", los gritos del muchacho en la silla, Sean con esas herramientas de tortura.
El momento de narrar la segunda paliza llegó y Madi mencionó el cuarto de castigos, aquel que estaba en la oficina de su progenitor. Sintió el cuerpo de Barry tensarse de sobremanera y supo que su enojo no estaba dirigido hacia ella, sino hacia ese ser. Habló de las manipuladoras palabras de Robert, de los horribles cambios de humor, de lo violento que se tornaba por lo más mínimo que ella hacía o respondía.
Nuevamente se detuvo unos segundos, tratando de mantener sus lágrimas a raya, apretaba con fuerza la mano del chico y esperaba que ese acto no lo estuviera lastimando.
Prosiguió con otro castigo, recordando por qué lo obtuvo: sólo no quiso colocarse un tonto vestido; esta vez la menor cerró en un puño su mano porque le causó enojo las acciones de Robert de ese día. También, mencionó la conversación de esa extraña cena que Robert la había obligado a presenciar -incluso pudo dar algunos nombres porque recordaba que lo habían dicho en sus conversaciones-
La niña se quedó viendo a es invisible punto fijo en todo momento, terminando de contar a detalle el infierno del cuarto castigo, de la paliza que se ganó por pisar el sótano prohibido. Se las arregló para seguir y finalizar con todo lo relacionado con Amanda y los documentos que había encontrado.
»Y bueno... Lue-luego ocurrió lo del video —susurró esta vez atreviéndose a ver hacia el frente por un momento —No se me ocurrió otra cosa que disparar, porque no podía dejar que Robert matara a Barry —habló con voz algo más ronca de lo usual —Pero sólo quería disparar al aire, no...no quería hacerle daño con esa arma. Lo juro —habló apresuradamente —Eso es todo —Guardó silencio, dándoles a entender que había culminado con su parte de la historia.
—Muchas gracias, Madison, por proporcionarnos esta valiosa información —escuchó la grave voz de Singh —Lamento mucho que ese hombre haya realizado esas viles e inhumanas acciones contigo —indicó —Pero te prometo que no pondrá un pie fuera de la prisión a la que irá.
Esta vez la niña se atrevió a clavar su vista en los ojos del mayor. El capitán reflejaba mucha sinceridad en su mirar. No había ni una pizca de mentira o duda en sus palabras y aquello le hizo sentir un poco mejor. La ojiverde se la arregló para asentir e intentó hacer una diminuta sonrisa, pero salió más como una mueca.
Singh dio un firme asentimiento con la cabeza y se levantó de la silla.
»Ah, y no te preocupes por el incidente con el arma. Fue solo eso, un accidente, y nadie va a culparte por ello —Sus palabras le hicieron sentir mucho más aliviada. Si un m*****o de la policía le decía que no había cometido ningún delito, debía de creerle ¿verdad? —Joe, te espero en mi oficina —musitó y salió de la sala.
Esta vez la niña observó un momento a Cecile y frunció ligeramente el ceño cuando vio sus ojos algo cristalizados. ¿Acaso eran lágrimas?
—Madison, nunca me cansaré de decirte lo valiente que eres —escuchó la voz de Joe y la sorprendió ligeramente por sus sinceras palabras —Nos encargaremos de que se haga justicia. —Y, con una pequeña sonrisa, salió por la puerta, cerrándola tras de él.
—¿Lo hice bien? —se las arregló para preguntar. Cecile pasó la yema de sus manos por sus ojos y luego la observó con una amplia sonrisa, aunque Madison pudo ver cierta tristeza oculta detrás de ese gesto.
—Lo hiciste maravilloso, tesoro —aseguró —Y siento mucho las cosas que te hizo ese despreciable ser —La niña pudo ver cierta ira en sus oscuros ojos —Si lo tuviera delante de mí lo... —Madison observó que apretaba sus puños, pero luego tomó una leve respiración y le volvió a mostrar una leve sonrisa —Me aseguraré de que el proceso sea más corto, mientras más rápido se encuentre tras las rejas, mejor.
—Gracias.
—Oh, linda, no hay nada que agradecer —Esta vez la de piel oscura se levantó —Bien, los dejo, debo discutir algunas cosas con las personas que están viendo el caso —Cecile rodeó la mesa y caminó hasta donde estaba ella y Barry; y, sorprendiendo ligeramente a la niña, le dejó un casto beso en la mejilla —Eres una personita muy fuerte, Madison —le sonrió un momento.
»¿Quieres que mande las donas con Joe? —cuestionó observando la caja intacta.
—Sí, por favor —respondió. —Y también puedes llevar la bebida —La mujer asintió y con eso salió de la sala de interrogaciones.
El lugar se quedó en silencio por unos segundos. La menor solo pudo moverse hacia un lado y acurrucarse contra el pecho del chico. Ahora que estaban solos, las emociones volvían a resurgir, haciendo que se sintiera muy abrumada y con ganas de llorar.
Barry acarició su cabello cuando escuchó los pequeños sollozos de la pequeña entre sus brazos, meciéndola ligeramente.
—Estoy muy orgulloso de ti, cariño —se las arregló para susurrar luego de que él se limpiara sus propias lágrimas.
Madison descubrió su rostro y lo observó con los ojos rojos de tanto llorar, pero no pudo evitar mostrar una diminuta sonrisa. Que él estuviera orgulloso de ella le hacía sentir que era importante para alguien.
—¿En verdad? —La niña se animó a verle a los ojos.
—No tienes ni que dudarlo ¿entendido? —le dio un toquecito en su nariz y sonrió levemente —Te quiero mucho, pequeña —afirmó y la volvió abrazar —No dejaré que nadie vuelva hacerte daño de esa forma.
Madison lo abrazó nuevamente con más fuerza y decidió acurrucarse más contra él.
—Te quiero hasta el infinito —susurró.
—Bien, ahora, salgamos de aquí y encontrémonos con Cisco y Cait para ir por unos helados ¿te parece? —cuestionó separándola ligeramente de él.
—Pero... —La menor dudó un momento, no sabía si tenía ganas.
—Luego también podemos ir a ver algunas bicicletas —Barry probó para elevar los ánimos de la menor.
Esta vez la niña abrió los ojos y no pudo evitar sentir entusiasmo al escuchar las palabras del muchacho.
—¿Bicicletas? —cuestionó para asimilar sus palabras. La pequeña había querido una bicicleta desde que vio una película. No sabía que el chico conocía sus deseos ni tampoco se lo pensaba hacer saber, porque sabía que no eran para nada baratas y no quería ocasionarle un gasto innecesario; pero ahora que mencionaba aquel transporte no podía ocultar su emoción.
—Veremos si alguna te gusta.
—Pero Barry son caras. —Barry alzó levemente una ceja. Madison sabía a qué iba ese gesto.
—¿Qué siempre te digo yo? —cuestionó,
—Barry pe...
—¿Cómo? No escuché.
—Que no debo preocuparme por el dinero.
—Eso es, y supongo que me harás caso como la niña buena que eres ¿no es así? —cuestionó en tono amable.
—Pero...
—¿No es así?
—Está bien, sí —La niña no pudo evitar rodar los ojos.
—¿Acaso me rodaste los ojos? —Madison sabía que ese reclamo era simplemente un juego y no pudo evitar soltar una carcajada cuando Barry comenzó a picarle los costados, comenzando una tanda de cosquillas.
—Barr, y-ya —habló como pudo entre risas.
—¿Lo volverás hacer?
—¡No! —respondió aquella mentira, sólo para que la soltara.
Madison y Barry sabían que no lo dejaría de hacer. Vamos, rodar los ojos, era su "sello" Aun así Barry dejó de "torturarla"
—Me quejaré con Cisco y le diré que te mande a la... a la estratósfera —La menor se bajó del regazo del muchacho antes de que le hiciera más cosquillas y se apresuró a salir de aquel lugar.
Barry no pudo evitar reír por las ocurrencias de la pequeña y de igual modo se levantó para encontrarse con los demás.