Capítulo 11

1442 Palabras
Madison tomó una respiración profunda y observó la hora en el reloj de su muñeca. Hoy sería el día que ejecutaría su plan en menos de cinco minutos, sólo estaba esperando a que Robert se fuera. Esa mañana el hombre le había dicho que saldría por unas horas. La niña estaba sentada en el sillón, supuestamente leyendo el libro que su progenitor le había dado. Le ordenó que primero leyera ese aburrido libro y luego que se pusiera a hacer sus deberes de la escuela. Algo que no haría en lo absoluto. Cuando escuchó la puerta principal cerrarse, se levantó del mueble, agarró su mochila y comenzó a subir las gradas que la llevaban al segundo piso. Al llegar, Madison abrió la mochila y sacó el papel que había doblado en cuatro. Ahí estaban las instrucciones de su madre, ahí estaba lo que Amanda había ocultado por mucho tiempo. Sólo imploró a que siguiera en el mismo sitio. Lo que hizo su madre había sido algo riesgoso. Si el video hubiera caído en manos de Robert, estaba segura de que él ya se hubiera deshecho de la evidencia; pero intuyó que su progenitor no había sospechado de Amanda, porque él creía que no estaba en sus cabales como para hacer algo de esa magnitud -en parte era algo cierto, pero la mujer tenía momentos de lucidez- La niña se apresuró, se colgó nuevamente su mochila y agarró la pequeña cámara que estaba en esa habitación; no quería usar la que le había dado Cisco, aún -sí estaba en la mochila, pero la usaría para otra parte de su plan- Madison se dirigió al dormitorio de Amanda y comenzó a buscar. —Vamos, piensa —murmuró para ella. —Si la cama está de este lado, entonces esa marca debe estar a unos metros a la derecha —habló, leyendo el papel donde había apuntado lo que su madre decía en el video, incluso había hecho un pequeño mapa. La menor se posicionó delante de la cama y comenzó a contar los pasos que Amanda le había indicado. La niña llegó hasta esa parte de la habitación y frunció el ceño al no ver nada fuera de lo común. Soltó un suspiro cargado de frustración. La niña observó hacia abajo y se encontró con una alfombra mediana de color gris y, de inmediato, agarró la punta del suave objeto y jaló. Madison abrió los ojos cuando en el piso había un cuadrado pequeño, como si de una caja hundida en el suelo se tratara. Madison de inmediato se colocó de rodillas y, gracias al diminuto desnivel que había sobre aquella supuesta caja, pudo abrirla. »Eres estupenda —murmuró y sacó los documentos que estaban doblados. Estaban algo empolvados, así que la niña los sacudió un poco y comenzó a darles una ojeada. Eran papeles donde había información valiosa. No sabía cómo, pero su madre había impreso las cuentas bancarias de Robert, las facturas, las transacciones. Números, muchos números de las supuestas empresas del hombre. Figuraba las enormes cantidades de dinero que supuestamente los negocios, al nombre de Hartford, obtenían; pero, si un experto leía y analizaba aquella información, se daría cuenta deque nada concordaba. La niña entendía a grandes rasgos, gracias a los libros que su progenitor le había obligado a leer. Madison frunció el ceño cuando sacó más hojas. Estas estaban impresas con tinta roja y negra, conforme Madison leía se daba cuenta que eran direcciones y coordenadas. La niña también pudo ver que Amanda había escrito algunas cosas a mano. La menor frunció el ceño conforme pasaba las hojas; no comprendía muy bien, pero tenía algo que ver con las embarcaciones y el intercambio de armas. La menor se apresuró a sacar la cámara de la mochila y comenzó a tomar foto a los documentos, por si acaso. Lo hizo apresuradamente ya que, al ver su reloj, se dio cuenta que no le quedaba mucho tiempo. Al terminar, guardó todos los documentos que había encontrado en la mochila. Cuando estaba por cerrar aquella especie de caja incrustada al suelo, se dio cuenta que había un sobre blanco rectangular. Madison lo sacó con rapidez y observó la parte de adelante en donde decía: «Para mi pequeña hija» Madison abrió ligeramente los ojos y sintió un nudo en su garganta ¿Su madre le había escrito una carta? La menor negó levemente con la cabeza. Desgraciadamente no podía leerla en ese momento, ya que necesitaba seguir con su plan. Sí, los papeles podían ser de gran ayuda para hundir a Robert, pero, sabía que, lamentablemente, necesitaba más. Un hombre con tanto poder no podría ser vencido tan fácilmente. La menor guardó la carta dentro de su mochila, la cerró y, antes de irse, dejó la habitación como estaba antes de que llegara. La pequeña tomó una respiración profunda, lo que haría a continuación sería algo increíblemente malo si Robert llegaba a descubrirla. No sabía qué le podría hacer, pero sabía que algo sumamente doloroso. Rompería una de las importantes reglas que él le había impuesto. Iría al sótano. La adrenalina mezclada con el miedo comenzó a recorrer su sistema. La menor recordó lo que le había dicho Amanda sobre dónde quedaba dicho lugar. Así que, con la mochila colgada en sus hombros, comenzó a correr hacia aquel espacio que nunca se había atrevido a pisar, pero que lo haría por el bien de todos. Madison llegó con la respiración algo agitada a la puerta que la dirigiría al sótano. No estaba muy alejada de la oficina de Robert, sólo que estaba camuflada y por eso es que no la había visto antes. —Tú puedes hacerlo —se alentó y, luego de tomar una profunda respiración, comenzó a abrir la puerta corrediza. La menor sacó la linterna de su mochila y comenzó a bajar las escaleras. El lugar le daba escalofríos, no era viejo, pero era oscuro y no sabía con lo que podía encontrar. Al llegar al primer escalón, soltó la respiración que estaba conteniendo. Rápidamente buscó un interruptor y, al encontrarlo, lo prendió. El lugar se iluminó con una tenue luz amarilla y la niña guardó la linterna. Al encenderse la luz artificial, pudo divisar que el espacio cuadrado era grande. Había un estante pegado a la pared con algunas cajas, libros y papeles en blanco. En la esquina, al lado del estante y pegado a la pared, había un mediano tacho de basura que estaba vacío y, al frente de este, había una maceta con una planta. Aunque lo más importante, era la puerta del medio que separaba esa parte del sótano con lo que suponía otro gran cuarto. Ahí era donde la menor debía entrar. La puerta era de color negra y de un material de acero. La menor no vio ningún picaporte como lo suponía, en vez de eso, había un pequeño aparato con números. Debía ingresar la clave de ocho dígitos. La ojiverde tomó una respiración y trató de tranquilizar su alocado corazón que bombeaba frenéticamente contra su caja torácica. Entonces, cuando nuevamente iba a abrir la mochila para sacar el papel con la combinación exacta que le había dado su madre, tuvo que detener sus acciones porque escuchó un ruido. La niña sintió un escalofrío recorrer su pequeño cuerpo y se quedó estática en su lugar. "Piensa", se gritó en su cabeza cuando volvió a escuchar otro ruido, sólo que esta vez distinguió que eran pasos. La menor buscó frenéticamente un escondite. Había un espacio en la esquina entre el estante y la pared, -justo donde estaba el tacho de basura- corrió hasta ahí y se ocultó. Su escondite era algo metido y la luz no llegaba a alumbrar mucho, pero de igual modo se quitó la mochila y, con cuidado, la colocó dentro del bote de basura. Si la atrapaban, quería que sea solo a ella y no la evidencia que había recolectado. Sólo esperaba que nadie buscara en aquel bote, aunque lucía algo polvoriento y quizás no había sido usado en meses. Madison cubrió su boca con una mano y aguantó la respiración cuando los pasos se acercaban más al lugar en donde se encontraba. —Sí, Saul, sí tenemos esa clase de armamento —escuchó a lo lejos —Ya sé que es para usarlo contra un jodîdo metahumano, idiota —murmuró, y la niña sintió su cuerpo paralizarse al reconocer mejor esa voz —Escúchame, primero haz que pague toda su deuda, ya bastante tuve hoy como para lidiar con ese bastardo —expresó con irritación —Ahora, debo colgar y ver quién diablos dejó la luz prendida del sótano. Estaba muerta.
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