⚠ TW: Violencia (leer con precaución)
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Madison quiso llorar en el instante que oyó esas palabras salir de la boca de su progenitor. Y se reprendió por haber olvidado algo tan importante como eso. ¿Cómo pudo dejar la luz prendida?
Sin poder evitarlo, tuvo que dar una bocanada de aire porque comenzaba a asfixiarse, pero estaba segura de que aquello la había delatado cuando aquel ser detuvo sus pasos a unos metros de donde estaba ella.
—¿Quién está ahí? —preguntó, con una voz aparentemente calmada —Si te encuentro te irá mucho peor —amenazó.
Madison escuchó los pasos acercarse a ella y con toda la valentía, tuvo que obligarse a salir de su escondite. Tarde temprano la iba a encontrar, pero la niña no quería que viera la mochila en el bote de basura.
La pequeña sintió todos los colores abandonar su rostro al ver que el hombre tenía apuntando una mediana pistola en su dirección.
»Madison —Robert soltó un respiro al ver a su hija de pie frente a él.
La menor vio que él guardaba la pistola en su cinturilla y sintió un ligero alivio al ver que ya no le apuntaba con el arma.
»!¿Qué demonios haces acá?! —De pronto, escuchó su dura voz. Sus ojos se oscurecieron y su rostro lleno de ira le dio a entender a Madison que estaba en muchos problemas —Casi te disparo, maldición.
—Yo... —La castaña estaba temblando de pies a cabeza mientras dirigía su vista hacia el piso —Es-Escuché ruidos —trató excusarse con una débil voz.
Una fuerte bofetada se escuchó por todo el lugar, dejándola conmocionada por el repentino acto. Su rostro comenzó a doler y ella no pudo evitar sobarse. Sus lágrimas no tardaron en aparecer, pero se obligó a mantenerlas a raya y no derramó ninguna.
—¡Y, encima, me mientes! —gritó el hombre. Robert estiró su brazo y Madison ni siquiera tuvo tiempo a retroceder, porque el individuo ya tenía sujeto su castaño cabello.
—Lo siento —Madi susurró, encogiéndose en su sitio. Estaba aterrada.
—Tuve un día de mîerda y, ahora, tengo que lidiar contigo —Su progenitor jaló su cabello hacia atrás e hizo que la niña alzara más su cabeza, así la obligaba a verlo.
—Me duele, por favor.
—¿Te duele? —Zarandeó su pequeño cuerpo —Esto no es nada a lo que te espera. Verás cómo no vuelves a desobedecerme nunca más, mocosa del demonio.
—Lo lamen...
—¿Qué hacías aquí? Quiero la verdad —ordenó, aún con su mano jalando su cuero cabelludo.
—Me dio curiosidad. Vi la puerta y…y qu-quise saber lo que había aquí abajo. Por favor, suéltame —susurró, intentando librarse de su agarre.
—¿Sólo por curiosidad, niña insolente? Te enseñaré a que no vuelvas a tener curiosidad en esta casa.
—Seré buena, lo juro.
—Claro que serás buena, después del castigo que te daré.
Madison no pudo evitar derramar unas cuantas lágrimas. Robert la agarró del brazo y comenzó a arrastrarla escaleras arriba. La niña quiso gritar por ayuda, pero sabía que nadie vendría a rescatarla y ella no podía defenderse, porque sus poderes estaban bloqueados por ese tonto brazalete.
Robert la llevó hasta su oficina y la soltó en el medio de esta. El hombre masajeó sus sienes y dio varias respiraciones, en un intento de tranquilizarse. Madison sólo estaba de pie observando el piso, sin saber qué hacer. ¿Si corría llegaría a tiempo a la puerta? La respuesta era no. Era rápida, pero Robert tenía piernas largas y la alcanzaría antes de que llegara a la salida.
Estaba perdida.
—He sido muy blando contigo. Eso es ¿verdad? Debí castigarte como tu abuelo lo hacía. No debí mostrarte compasión —masculló mientras dejaba su pistola, su celular y su billetera en el escritorio, remangando las mangas de su pulcra camisa —Te traté bien ¿y así es como me pagas?
—Perdón —susurró —No lo volveré hacer —la menor prometió.
Madison escuchó pasos y alzó ligeramente la cabeza. El hombre se acercó a un cajón, sacó una botella de wiski y se sirvió una pequeña cantidad en un vaso, tomándolo todo un trago.
—Andando —Robert señaló la puerta que Madison aborrecía con todo su ser. Aquel cuarto de castigos que estaba en la misma oficina de su progenitor, lograba aterrarla.
—Por favor, Robert. No me castigues, así. Por favor —la niña suplicó. El sonido de otra bofetada se escuchó y Madison sintió su otra mejilla doler.
—No me llames así —vociferó —¡Y dije, andando! —gritó y la niña no le quedó de otra que comenzar a caminar en dirección a su deshinchado destino.
"Barry, te necesito", gritó en su cabeza muchas veces. Pero, obviamente, el castaño no escuchaba sus pensamientos.
Madison soltó un sollozo cuando el hombre entró a ese espacio, prendió la luz y le dijo que le alcanzara aquel cinturón que estaba en esa repisa. Ese era mucho más grueso que el de la anterior vez, era de cuero y pesaba.
—Padre... —probó intentando que tuviera compasión.
—¡Silencio! —exclamó —Sólo obedece o te irá peor.
Madison dejó escapar un sollozo, pero, al final, le entregó aquel objeto. Comenzó a temblar cuando su progenitor se posicionó más cerca de ella, examinándola. Escuchó un suspiro y nuevamente él apretó sus sienes con la yema de sus dedos, parecía que trataba de tranquilizarse.
—Querida —pronunció luego de un momento. La niña se encogió en su sitio cuando él alzó un poco su brazo hacia el frente, pero el golpe nunca llegó; Robert solo le acarició la mejilla —Mira lo que me hiciste hacerte —Su tono ahora era suave. —Tu pequeño rostro está rojo —acotó.
Madison quería gritarle que era su culpa, pero mordió su lengua y sólo agachó aún más la cabeza.
»¿Por qué te gusta acabar con mi paciencia? —preguntó —Lo que haré a continuación será duro también para mí, pero es por tu propio bien. No puedo dejar que me desobedezcas de ese modo.
La niña soltó otro sollozo al escuchar su declaración. Robert se colocó de cuclillas frente a ella y agarró con suavidad su barbilla.
»Shhh —expresó y besó su frente —No llores así. Cuando acabe con tu castigo puedo darte algunos mimos —aseguró con una pequeña sonrisa —Ya sé, dije que te trataría como tu abuelo me trató, pero no deseo ser malo como él. Además, no quiero que me odies, en un futuro deberás cooperar con este negocio y no quiero que lo hagas por la fuerza.
"Está desquiciado", ella dijo en su mente. Madison quería alejarse del tacto de aquel ser, pero no pudo moverse ni un centímetro.
»Muy bien, empecemos.
—Robert, por favor...
—¿Qué te he dicho de usar mi nombre? —advirtió nuevamente.
—Padre —susurró la niña —No hagas esto, no me golpees —pidió con débil voz.
—Es disciplina, querida. Y hasta que termine con tu castigo, soy señor —Robert se colocó de pie y retrocedió un paso.
—Pero...
—Arrodíllate —ordenó.
—No, no, por favor. Seré buena niña.
—Ahora, Madison —El hombre apuntó el piso con su dedo índice. La menor soltó otro sollozo, pero tuvo que obedecer.
»¿Por qué estás en esa posición? —preguntó seriamente su progenitor. Madison se quedó muda por unos segundos, no encontrando su voz —¡Responde! —otra vez alzó su voz y la niña se estremeció, obligándose a decirle algo.
—Por-porque desobedecí —susurró.
—¿En qué?
—En-Entré al sótano —dijo sin saber si eso era lo que él quería oír.
—¿Y qué más?
—Mentí —habló luego de pensar un momento.
—Bien, te daré seis con este cinturón mientras sigues arrodillada, pero quiero que levantes tu polo hasta tus omóplatos —ordenó en tono duro y frío.
—Así dolerá más, por favor, sobre el polo —susurró, implorando clemencia.
—Obedece, porque si lo hago yo, te sacaré todo el polo ¿Eso quieres? —advirtió y la niña negó con la cabeza rápidamente.
Madison agarró su prenda de vestir con ambas manos y lentamente la alzó hasta donde el hombre quería, prácticamente toda su espalda estaba descubierta y la niña tembló por eso. Dolería y mucho.
Los primeros tres golpes llegaron seguidos, sin ninguna clase de anticipación. La niña no pudo quedarse en su posición y se sentó sobre sus talones.
—No más, por favor —imploró mientras lloraba desconsolada. Sentía que sofocaba con sus propias lágrimas.
—¡Vuelve a tu posición! —Un golpe, no tan fuerte como los anteriores, cayó a su espalda baja. —¿Quieres que aumente cinco más? Por lo que lo haré si no vuelves a tu posición.
—¡No! —exclamó con desesperación, no aguantaría más golpes. Sin otra opción, de nuevo se apoyó en sus rodillas.
—Quiero que cuentes estas últimas tres.
La niña obedeció y, al llegar al número seis, soltó su polo y cayó rendida contra el suelo. Su espalda ardía y dolía, y estaba segura de que había marcas rojizas con rasguños, quizás ya había marcas moradas. La niña liberó sollozos lastimeros, intentando calmar su dolor, pero se le fue imposible. Nada parecía apaciguar el ardor de su piel.
»Necesito que te pongas de pie, Madison —Escuchó al hombre que debía ser su padre, el hombre que debía haberla cuidado y haberle dado amor, pero que, en su lugar, le estaba dando golpes y manipulación.
La niña siguió llorando sin hacerle caso. De repente, sintió que la tomaban por debajo de sus brazos y, en un rápido movimiento, ya estaba de pie frente a su progenitor.
—Me duele —mencionó la pequeña en voz baja, sus ojos hinchados.
—Eso está bien —dijo Robert —Así recordarás lo que sucederá si vuelves a pisar el sótano —indicó colocando el cinturón nuevamente en la repisa, aunque Madison retrocedió cuando el individuo no volvió con las manos vacías.
—Lo siento, señor. Ya aprendí mi lección, lo juro —habló alarmada al ver la vara delgada de madera de quizás cuarenta centímetros, que sostenía el individuo.
—Te discipliné por entrar al sótano, ahora debo hacerlo por mentirme.
—No. No. Ya no puedo más. Por favor —La niña comenzó a desesperarse y su respiración se volvió irregular.
El hombre soltó una maldición y se acercó hasta donde estaba la niña, colocándose de cuclillas frente a ella. La pequeña no pudo evitar retroceder unos pasos, temerosa por la cercanía de ese ser.
—Respira, Madison —ordenó —Respira conmigo —Su supuesto padre colocó la vara en el piso y, Madison, cubrió su rostro cuando Robert alzó su mano para sostenerla —No, no, nada de eso —murmuró con gentileza, él agarrando su pequeña mano y bajándola. Madison lo observó asustada, pensando en lo que le haría.
Sorprendentemente, el hombre colocó sus manos con delicadeza a la altura de las orejas de su hija y la obligó a verlo. Robert dejó un beso en su frente e hizo una diminuta sonrisa. De algún modo, aquello logró calmarla ligeramente; quizás ya la había perdonado y ya no le daría otra paliza.
—Inhala, exhala —Su suave tono de voz pareció estar dando resultados ya que la niña sintió que ya no tendría un ataque de pánico.
»Eso es, hija mía —alentó el sujeto —Lo haces muy bien —aseguró y luego le mostró otra sonrisa ladina. —Ahora, quiero que tomes tu castigo como la buena y obediente niña que eres —indicó en un susurro.
—Por favor, no m...
—Shhh —Robert la silenció con el mismo tono mientras la soltaba y bajaba sus fuertes brazos —Esto te lo buscaste tú, querida. —Su progenitor comenzó a remangar el pantalón de buzo que tenía puesto Madison, hasta un poco más arriba de su rodilla —Así que, acatarás las consecuencias —indicó en tono más serio mientras terminaba de hacer lo mismo con la prenda de la otra pierna de la niña.
Madison volvió a derramar lágrimas cuando supo lo que Robert pretendía.
»Recibirás cinco con esta vara. Quiero que te quedes quieta o empezaremos de nuevo ¿Está claro? —Madison no pudo responder por la conmoción que estaba sintiendo. El hombre la agarró con cierta brusquedad del brazo y la hizo voltearse de costado mirando hacia la pared —¡Te pregunté algo, Madison! —exclamó dejando caer un golpe en sus pantorrillas.
La niña siseó de dolor, sabía que no había usado toda su fuerza, pero el delgado objeto había hecho su efecto.
—Está cla-claro, señor —susurró la niña frente a su progenitor.
—Junta las piernas y no te muevas —ordenó y Madi obedeció sin poder negarse por miedo a que le duplicara el número de golpes.
"Puedes hacerlo. Puedes hacerlo", se repitió como un mantra dentro de su cabeza.
Dos golpes cayeron con fuerza en sus pantorrillas. La niña aulló de dolor mientras clavaba sus uñas en las palmas de sus manos para evitar moverse. La fuerza que Robert había empleado fue mucho mayor a la del primer golpe de hace unos segundos.
—Por favor —imploró con voz quebrada. Quería sobar su lastimada piel, pero estaba segura de que Robert la dañaría aún más.
"¿Qué hice para merecer esto?" "¿Por qué yo, vida?
—Cuenta las últimas tres —demandó, ignorando las súplicas de su hija.
Madison contó hasta el número tres, esta vez los golpes habían caído en la parte de atrás de sus rodillas, y estaba segura de que tenía leves rastros de sangre por la fuerza que había empleado.
La niña apoyó su frente contra la pared y comenzó a llorar con más fuerza, esperando alguna clase de consuelo, esperando que alguien viniera a rescatarla.
Hizo el ademán de sobarse su lastimada piel, pero Robert no se lo permitió, ya que sintió que él la sujetaba de su mano y aquello la alertó de sobremanera. ¿Había más? ¿No se daba cuenta de lo dañada que se encontraba?
»¿Qué tienes para decirme? —preguntó el hombre con dura voz, volteándola, así quedaban frente a frente.
—Lo siento, señor —susurró entre sollozos, observando el piso.
—¿Aprendiste la lección?
—Sí, señor —expresó.
Madison quería golpearlo tan fuerte, quería que recibiera su propia medicina; pero era obvio que, quién saldría más lastimada sería ella; así que solo se encogió un poco más en su sitio e imploró a que aquel tormento terminara.
—Bien, te perdono —aseguró su progenitor. Agarró la muñeca de su hija y tiró de ella hasta avanzar hacia una de las esquinas más cercanas de la puerta de aquel cuarto de castigo.
»Pero quiero que te quedes aquí hasta que vuelva por ti —Robert la agarró del hombro y la volteó para que mirara hacia la pared —No te muevas. Y no podrás sobarte hasta que regrese —La niña se alarmó por las palabras que había soltado su progenitor. Odiaba estar encerrada en ese espacio.
—Te lo pido, no me dejes aquí —imploró, volteándose y corriendo hacia donde estaba el hombre.
Madi logró agarrar la grande mano de Robert antes de que llegara a la puerta y tiró de ella, pero se arrepintió en el acto cuando aquel ser la volteó y le dio un fuerte golpe en sus pantorrillas con la vara que aún no había soltado.
—Vuelve a tu posición ¡Ahora! —Señaló con un dedo el lugar donde la había dejado. La pobre niña comenzó a llorar, dirigiéndose hasta la pared y darle la espalda al hombre —Si intentas sobarte, lo sabré, Madison. Y no estoy de humor para darte otro castigo —Y con eso, cerró la puerta, dejándola sola en ese lugar.
Una hora.
Una hora y Robert no había vuelto a entrar.
La menor sentía que poco a poco las paredes se hacían más chicas, por más que cerraba los ojos, esa opresión en su pecho no se iba. La desconsolada niña emitía sollozos sin la intención de calmarse. Su cuerpo estaba adolorido y tenía muchas ganas de apaciguar su ardor, pero estaba muy asustada como para mover si quiera un milímetro de su cuerpo. Los músculos de sus pies dolían, ya que llevaba todo ese tiempo en la misma posición.
"¿Cuánto más?" "No sé cuánto más podré aguantar sin caer"
"Debes poder ¿o quieres otro castigo?" "Robert no dudará en darte otra paliza y será, nuevamente, tu culpa"
La puerta fue abierta abruptamente y la niña sintió cierto alivio, aunque sólo por un momento ¿Qué si, en verdad, llegaba para darle otra lección?
—Ven —ordenó el sujeto cuando se adentró a esa habitación, señalando el piso a unos centímetros frente a él.
Madison sorbió su nariz y volteó algo dubitativa, pero de igual modo se acercó al individuo. Su corazón bombeaba con fuerza por los nervios y también temblaba ligeramente.
Robert se colocó de cuclillas frente a su hija, y a ella le tomó todas sus fuerzas no retroceder o cubrirse cuando él limpió las lágrimas de sus mejillas. Apostaba que sus ojos y nariz estaban rojos de tanto llorar.
»¿Aprendiste a siempre obedecerme y no ser una mentirosa? —cuestionó con voz seria, pero no tan dura.
—Si, señor —Su voz salió ronca y débil. Estaba exhausta. La niña siseó ligeramente cuando el sujeto comenzó a sobar sus rojas y lastimadas pantorrillas. La acción logró ayudarla con el ardor, pero sólo mínimamente.
—Ya te lo dije, Madison, quiero que seas obediente y te castigaré las veces que sean necesarias —expresó desdoblando su pantalón y dejarlo como estaba en un inicio, antes del castigo —Las niñas buenas no son castigadas. Recuérdalo la próxima vez que quieras desafiar mis reglas ¿entendido?
—Sí, señor —susurró y no pudo evitar soltar un sollozo.
Quería contención, quería sentir afecto luego de esa horrible paliza y, por mucho que se reprendió y se gritó de siquiera pensarlo, esperó que Robert se lo diera. ¿Quién más, si no? Estaba completamente sola. Su familia no estaba con ella en ese momento.
—Muy bien querida, ven aquí —Robert la atrajo hacia él y apoyó la pequeña cabeza de la niña en su cuello. Madison no pudo evitar llorar con todas sus fuerzas, pasando sus brazos por los hombros de su progenitor.
»Shh, ya pasó, mi pequeña hija —Se colocó de pie con ella en brazos y salió por la puerta de ese espantoso cuarto de castigos —Veo que estás un poco alterada. ¿Qué te parece si tomas una siesta, huh? —expresó acariciando su cabellera.
—Duele —se las arregló para decir —Haz que pare, padre —susurró, esperanzada de que el sujeto se apiadara de ella.
—Bueno, bueno, si me lo pides así... — murmuró —Vamos a tu habitación —Robert caminó hasta llegar al segundo piso y la sentó en su cama.
—Tu abuelo diría que te consiento mucho, pero eres una niña. Supongo que las niñas necesitan más atención que los niños —expresó, pero Madison estaba muy cansada como para responderle algo ante ese comentario algo sexista de su parte.
—¿Puedo... Puedo ponerme un short? —preguntó con débil voz, no quería que ninguna tela tocara su lastimada piel; también quería poder tener su torso descubierto, pero no lo haría con Robert ahí.
—De acuerdo. Ve, pero no demores, o me iré.
La niña asintió, rápidamente se dirigió al ropero a sacar un short, que le llegaba unos centímetros más arriba de las rodillas, y se apresuró a cambiarse.
»Boca abajo —ordenó el hombre señalando la cama. Madison entendió su orden y se echó en esa posición. —Mira cómo me hiciste dejarte la piel, hija —murmuró el hombre. Comenzaría por sus piernas y luego su espalda
»Primero limpiaré estos rasguños que tienen un poco de sangre, nada grave —habló de lo más normal, cómo si él no hubiese sido el causante de aquel daño.
La niña soltó un quejido de dolor cuando él pasó el algodón con alcohol por detrás de sus rodillas, sentía que esa parte era donde había recibido golpes más duros. Luego de un momento, siseó al sentir la pomada contra su lastimada piel, pero poco a poco el alivio se hizo presente.
»Alzaré tu polo —Robert avisó cuando terminó de aplicar ese medicamento en sus piernas.
—Bien —susurró la niña sin ánimos de protestar, además que también quería que aliviara el dolor de esa zona.
—Para la próxima sé buena niña y no tendré que corregirte —volvió a recalcar Robert —Vendré por ti a la hora del almuerzo. Duerme bien —escuchó que decía cuando ya había terminado de cerrar el pote.
Madison estaba entre el sueño y la realidad, así que solo pudo asentir con la cabeza antes de ser arrastrada a un profundo sueño.