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990 Palabras
En la oficina… Abril estaba muy afanada en su computadora transcribiendo un documento para la reunión de este día. Acababa de colgar la llamada con Alejandro cuando una mujer entró de la nada. —¿Quién te crees que eres para ignorar mis llamadas?—gritó aquella mujer, creyendo que su prometido estaba allí. Pero guardó silencio al ver a la chica sentada en un escritorio en la esquina, en la misma oficina de su prometido. Por un momento, Abril pensó que se estaba refiriendo a ella. Entonces preguntó: —¿Quién eres? No te conozco. —¿Dónde está Alejandro y qué haces tú en su oficina? —cuestionó alterada al recordar que anteriormente había tropezado con ella en el elevador. —El señor Alejandro aún no ha llegado, yo soy su asistente; si gusta, puede sentarse y esperarlo. —Por supuesto que lo esperaré. Cuando él venga, quiero que salgas y nos dejes a solas—. Ordenó con prepotencia. —Está bien—. Respondió Abril, imaginando que ella es la prometida de la familia. —¡Qué haces allí, sentada, sírveme una taza de café! ¿Que acaso no es ese tu trabajo? Abril no quería que esa mujer la pusiera en mal plan frente a la familia Alvarado, así que prefirió hacerle caso y salió a la cafetería a prepararlo como ella lo pidió. Cuando regresó, Alejandro ya estaba en la oficina. Al verla entrar y entregarle el pedido a su prometida, él se llenó de rabia hasta el punto de explotar. —Que sea la primera y la última vez que utilizas a mi asistente como tu sirvienta personal—. Le ordenó a la mujer que lo observa molesta al sentirse humillada frente a una simple empleada. Al ver que ellos estaban discutiendo, Abril prefirió salir y dejar pausado el trabajo. Una punzada cruzó su pecho… jamás fue su intención interponerse entre una pareja. Ella solo llegó a la ciudad para salir adelante, pues en el pueblo las oportunidades de sobresalir son casi nulas. Ella se atrevió a entrar nuevamente hasta que la otra muchacha se marchó. —Pequeña, siento mucho si esa mujer te hizo sentir mal. Créeme que no sabía que ella vendría; de haberlo sabido, le hubiese prohibido la entrada a la empresa. —¿De qué habla, jefe? Por favor, no se disculpe conmigo. Supongo que su prometida ha actuado como debe ser. —¿Cómo sabes que ella es mi prometida?— él frunció el entrecejo. —Ella lo dijo cuando entró. Ella es parte de su familia y yo, como empleada suya, no tengo derecho a negarme a cualquiera de sus peticiones, por eso le serví el café tal y como ella lo ordenó. —Te equivocas. El hecho de que trabajes para mí… de que seas mi asistente, no significa que tienes que hacerle los mandados a otra persona. —Jefe, no nos hagamos los estúpidos. ¿Pasó algo entre nosotros? Claro que sí, pero eso fue algo pasajero y sin sentido. Por favor, guardemos la distancia y el respeto, no quiero tener problemas si eso se llega a descubrir. En todo caso, le suplico que me trate como lo que soy: su empleada. De ahora en adelante nada de pequeña y nada de llevar o traerme en su auto. —No es fácil lo que me pides, Abril. ¿Acaso no sientes nada por mí? —consultó desesperado lanzando un lápiz al suelo. —¿Debería? Jefe, en todos lugares hay límites y, le pido que me respete o me veré en la obligación de huir sin pagar un solo centavo de indemnización a la empresa. Ah, otra cosa. Me gustaría tener mi propia oficina. La privacidad de ambos es primordial, además, no me agradan los escándalos y con su prometida eso es lo que me espera. —¿Segura que no quieres trabajar cerca de mí, pequeña traviesa? En un impulso, él se levantó y la abrazó por la espalda. —Yo estoy encantado de que sea así, me fascina verte respirar y… oler tu cuello se ha vuelto mi debilidad. —¡Suéltame! No soy un juguete para diversión de un niño rico como tú. —Exigió. —Está bien, ya no compartiremos oficina—dijo resignado. —Vuelve a casa, pediré que acondicionen una especialmente para ti, ya mañana que vuelvas estará lista, lo prometo. Abril tomó su cartera y salió de la oficina de presidencia. Era mejor así, tomarse el día libre para refrescar su mente y olvidarse del ataque que sufrió por parte de Gabriela, la prometida de Alejandro. Además, estaba muy nerviosa y confundida por la manera en que él le acaba de rogar. Fue a una tienda de ropa y más tarde a un restaurante. Estaba esperando que le sirvieran su pedido cuando, de pronto, vio entrar a Alejandro, venía tomado de la mano con Gabriela y se notaba muy sonriente. Abril maldijo en voz baja, hace un par de horas estuvo a punto de creerle cuando él dijo que no estaba enamorado de su prometida. Ahora, para su mala suerte, la mujer astuta la miró y obligó a Alejandro para que compartiesen la misma mesa. —No te molesta que mi futuro esposo y yo comamos contigo, ¿verdad? —No, para nada—. —El jefe se merece todo el respeto y es un honor que acompañe a su empleada—. Respondió casi sin prestarle importancia al momento. El pedido de Abril llegó. —Oh, querida—. —Vas a comer la comida más barata que este restaurante ofrece. No deberías ni de probarla, te puede causar malestar estomacal—. Le advirtió en modo de burla. —¡Gabriela!— Le reprendió su prometido. —Cariño, solo pretendo que tu asistente conozca los buenos platillos y represente con dignidad a tu empresa en futuras reuniones de negocios—. Alegó la mujer.
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