"Me llamaré Emma", respondí con un tono diferente, suavizando la voz y adoptando una postura más coqueta.
"¡Guau, qué cambio de actitud! Me encanta", exclamó.
"Soy otra persona", comenté al salir del vehículo, suspirando, sintiéndome mareada y temiendo desmayarme o peor aún, vomitar. Cuando estaba nerviosa, pasaban esas cosas, así que prefería relajarme y pensar en cosas agradables.
Al ingresar al restaurante, me preguntaron a quién buscaba y respondí "a la señora", me hicieron pasar. El lugar estaba mayormente decorado con colores rojos, se veía agradable, con algunos comensales pero no demasiado lleno, lo que me pareció bonito. A lo lejos, vi a alguien con corbata negra y traje azul; sus ojos, del mismo tono que su traje, se desviaron hacia mí. La mesera me dejó sentarme frente a él y suspiré, sin saber qué decir.
"Hola, ¿cómo te llamas?" preguntó sorprendido.
Nerviosa, intenté imitar otro tono de voz y dije: "Soy Camila, digo, perdón, Emma", comenté, avergonzada al darme cuenta de mi error en el nombre.
"¿Te equivocaste en tu propio nombre?" preguntó divertido, y ambos empezamos a reír.
Y era la primera vez que veía a ese hombre sonreír.
"Lo…. lamento, son los nervios", murmuré. Era verdad, estaba tan nerviosa que en cualquier momento iría corriendo al baño a vomitar.
"Te entiendo, yo la verdad es que no hago esto, pero me di cuenta de que no quiero estar siempre solo", explicó Adam.
"No es muy agradable la soledad", añadí. "Bueno, en realidad tiene sus matices lindos".
"Dios, exactamente igual pienso así. Pero me he dado cuenta de que quiero empezar a conocer personas. Y creo que es hora de hacerlo".
"Pienso exactamente igual. Entonces, ¿de dónde vienes?", preguntó, y sonreí.
"Vengo de Mendoza", respondí, no era una mentira completa.
"Es de una provincia muy bonita", comentó.
"Sí, lo es. ¿Y tú?", pregunté curiosa.
"Siempre he vivido aquí en Buenos Aires, la verdad es que no he cambiado de aires nunca. Aunque me gustaría, tampoco he tenido tiempo de irme de vacaciones ni nada por el estilo", admitió.
"Sí, el trabajo a veces es estresante", asentí.
"Sí, mi jefe también es bastante estresante", comentó divertido. "Quiero decir, mi propio jefe es estresante".
"¿Sabes? Siento que te conozco de algún lado", mencionó mi jefe en ese momento, y me puse nerviosa por si acaso me reconocía.
"Eso dicen las almas gemelas", bromeé, tratando de aliviar la tensión, y él empezó a reír.
"Es verdad, como en las películas", dijo.
"Yo también siento que te conozco de algún lado", admití, y él me sonrió.
Empezamos a hablar de varios temas; increíblemente, teníamos muchísimas cosas en común. Aunque algunas no tanto, eso no era importante. La cuestión era que podíamos conversar sobre cualquier tema sin aburrirnos, y me di cuenta de que me encantaba hablar con él. Era un hombre muy inteligente y tenía posturas muy interesantes.
De pronto, una bonita canción comenzó a sonar. Miré hacia atrás y luego hacia él.