Nicholas
Abrí la puerta de la casa, y el eco del silencio me golpeó como un recordatorio cruel de su ausencia. Las luces del comedor estaban apagadas, pero la tenue iluminación de la cocina me guiaba. Dejé las llaves sobre la mesa de entrada, y el ruido metálico retumbó en el vacío.
La casa estaba fría, no por el aire acondicionado, sino por la ausencia de vida. De su vida. Su presencia en cada rincón de la casa, algo me estrujo el corazón al sentirme solo en aquel espacio que parecía venírseme abajo. Me dirigí al minibar, sacando la botella de whisky que había comprado hacía meses. No era un gran bebedor, pero aquella noche sentí que necesitaba algo para llenar el vacío que me consumía. Serví una generosa cantidad en un vaso bajo y me acerqué a la ventana del salón. Observé la noche, lo oscura y caótica que parecía.
El vecindario seguía con su rutina, luces encendidas en las casas vecinas, autos estacionados en las entradas. Todo parecía normal allá afuera, pero dentro de mí, todo estaba al revés. Me quedé de pie durante horas, mirando la calle, sintiendo el vaso frío en mis manos y el ardor del alcohol en mi garganta. Pensé en Sofía, en su maleta, en el mensaje que me había enviado aquella tarde:
“Nicholas, ya estoy empacando. Me voy esta tarde. Necesito el espacio que te mencioné para procesar todo. Llamaré cuando haya hecho la primera cita con la terapeuta. Cuídate.”
No había despedidas, no había un "te amo" ni promesas de volver. Solo una decisión firme que ahora debía aceptar.
Eventualmente, mi estómago comenzó a protestar. Por primera vez en años, tuve que preparar mi propia cena. Nada complicado, solo un sándwich y algo de fruta. Me senté en la mesa del comedor, frente al lugar vacío que Sofía solía ocupar. El silencio era ensordecedor. Comí despacio, como si intentar llenar mi estómago pudiera llenar también el hueco que sentía en el pecho. Hacía años que no lloraba, que no me sentía tan perdido y confundido, tan triste y dolido como para derramar una lágrima, pero esa noche, allí sentado, mirando su silla vacía, deje escapar una que otra lágrima. No solo por su ausencia y lo que estaba pasando entre nosotros, sino también, por lo otro que ocupaba mi cerebro, esos pensamientos que me estaban atormentando día y noche.
Los días pasaron como en cámara lenta. El trabajo seguía siendo una rutina monótona, aunque en el fondo agradecía tener algo que me mantuviera ocupado. Mi oficina era el único lugar donde podía pretender que todo estaba bien, que mi vida no estaba desmoronándose en pedazos.
En las noches, volvía a casa y la misma sensación de vacío me esperaba. A veces me quedaba viendo televisión sin prestar atención a lo que pasaba en la pantalla, otras me refugiaba en el whisky. La cama se sentía enorme sin ella, y el silencio era tan profundo que a veces deseaba que alguien simplemente llamara por error.
Sabía que eventualmente tendría que hablar con Sofía para coordinar la primera cita con el terapeuta, pero no me sentía preparado para enfrentarla. ¿Qué podría decirle? ¿Qué no había dejado de pensar en ella, pero tampoco sabía si la amaba de la misma manera?
El lunes por la tarde, mientras revisaba unos documentos en la oficina, Laura, mi compañera de trabajo, apareció en la puerta con su sonrisa habitual.
—Nicholas, ¿puedes quedarte un rato después del trabajo? Quería repasar los puntos para la reunión del viernes.
—Claro, sin problema.
Pasé las siguientes horas intentando concentrarme, pero no podía dejar de pensar en el tono casual con el que me lo había pedido. Laura siempre había sido profesional, pero últimamente había notado ciertas miradas y comentarios que me ponían incómodo. O quizás solo era mi mente jugándome una mala pasada.
Cuando el reloj marcó las 6:30, me acerqué a su escritorio.
—¿Quieres que revisemos esto aquí o prefieres hacerlo en otro lugar?
Ella levantó la mirada, sonriendo.
—Estaba pensando en un lugar más tranquilo. ¿Qué te parece ir a cenar?
Hubo una pausa incómoda. Por un segundo, consideré decir que no, pero no quería parecer grosero.
—Está bien, vamos.
Terminamos en un pequeño restaurante cerca de la oficina, uno que no solía frecuentar. Laura pidió un vino blanco, y yo opté por agua con gas. Durante la cena, hablamos de la reunión, de los clientes, y eventualmente de cosas más personales.
—¿Todo bien en casa? —preguntó, mirándome con curiosidad.
—Sí, todo bien —mentí, forzando una sonrisa.
Quería que la conversación terminara ahí, pero Laura insistió.
—Es que últimamente te noto un poco distante.
—Solo el estrés del trabajo. Nada que no pueda manejar.
Ella asintió, pero la expresión en su rostro indicaba que no me creía del todo. Durante el resto de la noche, traté de mantener la conversación ligera, pero no podía evitar sentirme culpable. Sofía estaba en algún lugar intentando salvar nuestro matrimonio, mientras yo estaba ahí, en una cena con una compañera de trabajo que había comenzado a ocupar más espacio en mi mente de lo que me gustaría admitir. En un punto de la noche, Laura rozo su pierna con la mía por debajo de la mesa y la dejo allí, en ese momento, todo mi cuerpo se encendido como una bombilla nueva que acaban de colocar. Me trague el nudo de la garganta y aleje esos pensamientos de mi cabeza.
Cuando finalmente llegué a casa, el mismo vacío de siempre me recibió. Me senté en el sofá, mirando el vaso de whisky que había dejado a medias la noche anterior. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Con Sofía?
Nicholas
Abrí la puerta de la casa, y el eco del silencio me golpeó como un recordatorio cruel de su ausencia. Las luces del comedor estaban apagadas, pero la tenue iluminación de la cocina me guiaba. Dejé las llaves sobre la mesa de entrada, y el ruido metálico retumbó en el vacío.
La casa estaba fría, no por el aire acondicionado, sino por la ausencia de vida. De su vida. Su presencia en cada rincón de la casa, algo me estrujo el corazón al sentirme solo en aquel espacio que parecía venírseme abajo. Me dirigí al minibar, sacando la botella de whisky que había comprado hacía meses. No era un gran bebedor, pero aquella noche sentí que necesitaba algo para llenar el vacío que me consumía. Serví una generosa cantidad en un vaso bajo y me acerqué a la ventana del salón. Observé la noche, lo oscura y caótica que parecía.
El vecindario seguía con su rutina, luces encendidas en las casas vecinas, autos estacionados en las entradas. Todo parecía normal allá afuera, pero dentro de mí, todo estaba al revés. Me quedé de pie durante horas, mirando la calle, sintiendo el vaso frío en mis manos y el ardor del alcohol en mi garganta. Pensé en Sofía, en su maleta, en el mensaje que me había enviado aquella tarde:
“Nicholas, ya estoy empacando. Me voy esta tarde. Necesito el espacio que te mencioné para procesar todo. Llamaré cuando haya hecho la primera cita con la terapeuta. Cuídate.”
No había despedidas, no había un "te amo" ni promesas de volver. Solo una decisión firme que ahora debía aceptar.
Eventualmente, mi estómago comenzó a protestar. Por primera vez en años, tuve que preparar mi propia cena. Nada complicado, solo un sándwich y algo de fruta. Me senté en la mesa del comedor, frente al lugar vacío que Sofía solía ocupar. El silencio era ensordecedor. Comí despacio, como si intentar llenar mi estómago pudiera llenar también el hueco que sentía en el pecho. Hacía años que no lloraba, que no me sentía tan perdido y confundido, tan triste y dolido como para derramar una lágrima, pero esa noche, allí sentado, mirando su silla vacía, deje escapar una que otra lágrima. No solo por su ausencia y lo que estaba pasando entre nosotros, sino también, por lo otro que ocupaba mi cerebro, esos pensamientos que me estaban atormentando día y noche.
Los días pasaron como en cámara lenta. El trabajo seguía siendo una rutina monótona, aunque en el fondo agradecía tener algo que me mantuviera ocupado. Mi oficina era el único lugar donde podía pretender que todo estaba bien, que mi vida no estaba desmoronándose en pedazos.
En las noches, volvía a casa y la misma sensación de vacío me esperaba. A veces me quedaba viendo televisión sin prestar atención a lo que pasaba en la pantalla, otras me refugiaba en el whisky. La cama se sentía enorme sin ella, y el silencio era tan profundo que a veces deseaba que alguien simplemente llamara por error.