Capítulo 11: Rutinas nuevas

1187 Palabras
Sofía El hotel era cómodo, más de lo que había esperado. Después de la primera noche, cuando lloré hasta quedarme dormida, comencé a acostumbrarme a la tranquilidad del lugar. La cama era firme, las sábanas suaves, y el personal lo suficientemente amable como para hacerme sentir menos sola. Decidí quedarme allí un poco más; era un espacio neutro, lejos de los recuerdos de nuestra casa. Cada mañana, mi rutina era la misma. Me despertaba temprano, me vestía con mi ropa de gimnasio y conducía hasta el mismo lugar donde siempre entrenaba. No quería levantar sospechas entre mis compañeros de entrenamiento, en la comunidad, ni con mis amigos que podrían verme. Después de todo, la discreción era clave. Volvía al hotel, me duchaba y me arreglaba con cuidado. No porque tuviera planes importantes, sino porque me hacía sentir que tenía algo de control en medio del caos. Salía a desayunar y a trabajar en la misma cafetería cercana. Había encontrado una mesa junto a la ventana que parecía hecha para mí: lo suficientemente aislada para concentrarme, pero con una vista lo bastante buena como para distraerme de vez en cuando. Durante toda la primera semana, me repetí que no lo contactaría. Era su turno de dar un paso, de demostrar que le importaba mantenernos a flote. La primera llamada me asusté, por lo tarde que era, la segunda me sentí confundida y a la tercera noche miraba el celular como una lunática esperando que llamara. Nuestras llamadas eran un enorme paso en este proceso, en nuestras pequeñas conversaciones solo hablamos estupideces, sin sentido, pero era algo, que él me llamara todas las noches, me daba buenas señales, al menos estaba pensando en nosotros, estaba funcionando esto. A finales de la segunda semana, decidí que no podía esperar más. Había encontrado a una terapeuta que parecía perfecta para nosotros: discreta, con experiencia en parejas, y que atendía en un consultorio alejado de nuestra zona habitual. No quería que el nombre de Nicolás se veía manchado si algo de esto salía a la luz, y sabía que él tampoco lo soportaría. Con manos temblorosas, escribí el mensaje. "He encontrado una terapeuta. Su nombre es Claudia Rivas. Aquí están los detalles de la cita: el próximo jueves a las 7:00 p.m. Por favor, avísame si puedes ir." Presioné enviar y dejé escapar un largo suspiro, sintiendo como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que había salido de nuestra casa. Ahora solo quedaba esperar su respuesta. Mientras esperaba, el mesero de siempre se acercó a mi mesa con una sonrisa amable y la cafetera en la mano. —¿Le sirvo un poco más? —preguntó, señalando mi taza vacía. —Sí, por favor —respondí, intentando sonreír. Se inclinó para llenar la taza, pero en lugar de marcharse como de costumbre, se quedó de pie por un momento. —¿Puedo preguntarle algo? —Claro —dije, levantando la mirada hacia él. —Hace días que la veo venir por aquí, siempre a la misma hora. Parece... —hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas— tranquila, pero también pensativa. Su observación me tomó por sorpresa, pero no supe si sentirme halagada o incómoda. —Supongo que es mi lugar favorito para trabajar —respondí con un encogimiento de hombros. Él sonrió. —Bueno, si alguna vez necesita algo, solo dígamelo. Mi nombre es Martín. —Gracias, Martín. Lo tendré en cuenta. Se marchó, dejándome con mi café recién servido y una extraña sensación de calidez. Era curioso cómo un gesto tan simple como una conversación podía iluminar un día que de otro modo habría sido gris. Miré mi teléfono de nuevo. Aún no había respuesta de Nicolás. Era temprano, de seguro estaba hasta arriba de trabajo, no era propio de él usar el celular en las horas de oficina, pero me encontraba ansiosa de su respuesta. Mire la pantalla del celular una vez más y después por un impulso levante la mirada y me encontré a Martín del otro lado de la cafetería, nuestras miradas se encontraron y me sonrió, luego continuo con lo suyo. Tome valor y me acerque a donde estaba, siempre que venía solo tomaba café y compraba alguna botella de agua, pero ese día quería probar algo nuevo. Cuando estuve frente a él le volví a sonreír y señale la vitrina donde se exhiben los postres. —Estos postres están llamando mi atención desde aquí— mentí, no era muy de postre, pero no había pensado en una mejor excusa. Él se rio a carcajadas, una risa contagiosa, tenía una de esas risas que le arrugaban la comisura de los labios y dejaba al descubierto unos hoyuelos adorables. —Bueno, mi recomendación es que pruebes uno de arándanos. Están para quererlo todo. —Debería entonces probarlo. —Lo observé mientras tomaba una espátula y me servía una porción en un plato diminuto— Si sabe como se ve— dije tomando el plato entre mi mano derecha y el tenedor con la izquierda, no me moví de allí hasta que no le di una probada. La masa estaba jugosa y suave, se desbarató en mi boca sin mucho esfuerzo y tenía algún tipo de mermelada de arándanos, no estaba tan dulce que empalagaba, estaba en su punto justo— Humm— medio gemí cuando me trague todo lo que tenía en la boca— está delicioso. —Ya no podrás librarte de este— dijo señalando el plato. —Gracias— le volví a sonreír y me fui despacio a mi mesa, allí terminé la porción del pastel despacio, mientras concluía un informe, revise los últimos correos que me habían llegado y seguía sin tener repuesta de Nicholas. Pensé por un segundo en llamarlo, pero mejor no. Él contestaría cuando viera el mensaje, esta noche hablaríamos de eso. Cuando termine de trabajar, me levante para llevar el plato y la taza al mostrador y pagar la cuenta. —Hoy paga la casa— Martín, no tomo la tarjeta que le estaba ofreciendo. —¿No te meterás en problemas?— pregunté volviéndole a la tarjeta. —No, soy el dueño— me contesto. Lo miré sorprendida. —Lo siento, no pensé. —Está bien, prometo que mañana, si te cobraré— nos sonreímos mutuamente. Me quede mirándolo unos segundos, hacía días, meses, tal vez, que no me reía tanto, como lo estaba haciendo aquel día. Me sentí relajada en su presencia. Aparte la mirada de él y me fije en el bote de propinas, leí el mensaje que tenía y volví a sonreír, saque unos billetes de mi monedero y los coloque dentro. Levante la mirada y lo encontré observándome. —Es para los niños del teatro comunitario— me encogí de hombros, el bote tenía un mensaje diciendo que el dinero recaudado sería para ayudar a la obra del teatro comunitario. —Sí— dijo despacio. —Nos vemos— me despedí y me marche dando media vuelta, no mire hacia atrás, una parte de mí creía que si giraba lo encontraría mirando. Oculte una sonrisa boba mientras recogía mis cosas de la mesa.
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