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La Protegida del Zar

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Descripción

En el imperio de los Nevsky, la lealtad se escribe con sangre y el amor es un pecado que se paga con la vida.​Kira Nevskaya pensó que seis años eran suficientes para borrar el rastro de la pólvora de su piel. A los veintiún años, se ha labrado una vida propia en la luz de Estados Unidos, lejos de los palacios de mármol de San Petersburgo y de la sombra aterradora de su padre, Aleksandr. Pero cuando el Zar de la mafia rusa muere, el vacío de poder arrastra a la hija fugitiva de vuelta al corazón del invierno​

Ella es la heredera de sangre, la pieza que todos quieren poseer, vender o destruir sin embargo, el trono ya tiene un dueño.

Leonid Nevsky, el hombre que Aleksandr forjó como su arma más letal y su sucesor absoluto, reclama la corona. Él no comparte el ADN de Kira, pero crecieron como "hermanos" bajo la misma disciplina de hierro y el mismo apellido manchado. Leonid es el "hijo" favorito. El Zar de veintiocho años que no conoce la piedad y que ha jurado mantener a Kira bajo su bota, supuestamente para protegerla.​

Entre ellos existe un muro de años de silencio y una rivalidad amarga, pero tras las puertas cerradas de la mansión Nevsky, el odio ha mutado en algo mucho más peligroso. En la penumbra de los pasillos y sobre el escritorio donde se deciden guerras, nace una atracción salvaje y prohibida.

Él la vigila a través de las cámaras como a una presa; ella lo desafía con una rabia que solo oculta el deseo de ser reclamada por el hombre que llama "hermano".​

Kira es virgen, una pureza intacta en un mundo podrido. Leonid es el fuego que amenaza con consumirla. Cuando sus mundos colisionan, la tensión s****l estalla en un sacrilegio que profana la memoria de su padre y pone en jaque la estabilidad de la mafia rusa.​Traición, deseo y una herencia de sangre. En esta guerra, no importa quién comparta el apellido, sino quién sea capaz de sobrevivir al incendio que han provocado. Porque en la familia Nevsky, los secretos más oscuros no se guardan en cajas fuertes, sino en la piel de quienes se atreven a desear lo prohibido.

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Capitulo 01
Kira Nevskya ​El sonido de la ciudad siempre me había parecido el ruido de fondo perfecto para mi nueva existencia. En este rincón del mundo, yo no era nadie, y esa era la mayor de mis fortunas. Trabajaba en una clínica moderna en el corazón de la ciudad, un lugar donde el mármol de los mostradores era frío y el olor a desinfectante se adhería a la piel como una segunda capa de protección. ​—Un último esfuerzo, señora Gable. Solo será un pequeño pinchazo —dije, tratando de suavizar el tono de mi voz mientras ajustaba el torniquete en el brazo de la paciente. ​La señora Gable me miró con ojos cansados pero amables. Sus venas eran frágiles, delgadas como papel, un recordatorio constante de la vulnerabilidad humana que yo tanto me esforzaba por cuidar. Con precisión quirúrgica, introduje la aguja y observé cómo la sangre oscura comenzaba a llenar el vial. Mirar la sangre nunca me había causado impresión, pero ahora, en esta clínica, ese fluido vital tenía un significado distinto. Aquí era ciencia, era salud, era el intento de una mujer por salvarse de una enfermedad. ​Terminé el procedimiento, etiqueté la muestra con cuidado y la dejé en la gradilla del laboratorio. Mis manos no temblaban. Eran las manos de una profesional, de una mujer que había logrado reconstruirse lejos de la sombra de Rusia​—Listo. El laboratorio tendrá los resultados en un par de días —le dije, ayudándola a levantarse, la vi irse, salí de ahí hacia donde estaban los lockers Me quité la bata blanca y me cambié sintiendo un alivio momentáneo al dejar atrás el uniforme. Me puse mi abrigo, colgué mi bolso al hombro y suspiré profundamente. El turno había sido largo, pero me gustaba el agotamiento físico era la única forma de asegurar que, al llegar a casa, mi mente no tuviera energía para recordar.​—¡Hasta mañana, chicas! —me despedí, alzando la mano hacia Sarah y Martha, quienes compartían un café en la recepción. ​—¡Hasta mañana, Kira! ¡Descansa! —respondieron casi al unísono. ​Salí al estacionamiento. El aire de la tarde estaba cargado de humedad y el ruido del tráfico era un rugido constante. Me subí a mi auto, un vehículo modesto que no llamaba la atención de nadie, y comencé el trayecto hacia mi casa. A medida que me alejaba del centro, las luces de los rascacielos quedaban atrás y el silencio empezaba a ganar terreno. Mi pequeña casa estaba situada en un vecindario tranquilo, un refugio de madera y ladrillo que yo misma había elegido por su soledad ​Al estacionar, noté que la calle estaba inusualmente desierta. Todo estaba extremadamente silencioso, como siempre. Ese silencio que antes me daba paz, hoy, por alguna razón que no sabía explicar, me provocaba un ligero escalofrío. Entré en la casa, cerrando la puerta con doble llave por puro instinto, un hábito que nunca logré erradicar. La penumbra me recibió con su abrazo frío. No encendí las luces de la entrada; conocía cada rincón de memoria. ​Caminé hacia la sala, dejando caer mis zapatos en la alfombra y soltando el bolso en el sofá. Mis pies agradecieron la libertad. Me dirigí hacia la cocina, pensando únicamente en servirme un vaso de agua y quizás preparar algo ligero para cenar. Pero, al cruzar el umbral de la cocina, mi cuerpo se paralizó ​El aire se volvió denso. Sentí una presencia antes de verla. En el rincón más oscuro de la habitación, sentado a mi pequeña mesa de madera, había una figura. Un hombre. Una sombra imponente que parecía absorber la poca luz que se filtraba por la ventana. ​Un grito desgarrador escapó de mi garganta, un sonido de puro terror que rebotó en los azulejos. Retrocedí violentamente hasta chocar contra la encimera, con el corazón martilleando contra mis costillas como si quisiera romperlas. El pánico me nubló la vista. En ese segundo eterno, supe que mi escondite se había desmoronado. El pasado, ese monstruo del que había huido cruzando el océano, finalmente me había encontrado. Mi mente visualizó sicarios, hombres sin rostro enviados para matarme pero entonces, se escuchó un clic metálico y la luz de la cocina se encendió. ​Me cubrí los ojos, cegada por el resplandor repentino de la bombilla amarillenta. Cuando mis ojos se ajustaron, me quedé petrificada. El aire abandonó mis pulmones y mis manos comenzaron a temblar sin control. Frente a mí, sentado con una elegancia depredadora, estaba un hombre que parecía haber sido esculpido en el hielo más puro. Llevaba un traje oscuro de un corte impecable que gritaba poder y peligro pero no fue su ropa lo que me detuvo el pulso, sino sus ojos ​Eran unos ojos azules tan claros, tan gélidos, que parecían un pedazo del cielo invernal de San Petersburgo. Unos ojos que yo conocía desde que era una niña, los ojos del hombre que mi padre había criado para ser su arma más letal. ​—Printsessa —dijo él, y su voz, un barítono profundo y cargado de un acento ruso que me erizó la piel, cortó el aire como un cuchillo. ​Me tensé por completo. Esa palabra, ese título que solo mi padre y sus hombres más cercanos utilizaban, me devolvió de golpe a la realidad de la que había huido. Ya no era la enfermera de aquella clínica volvía a ser la hija de Alesksandr ​—Leonid... —susurré, y mi propia voz me sonó ajena, rota—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado? ​Él no se movió. Su sola presencia llenaba la cocina, haciendo que mi pequeño refugio pareciera una jaula estrecha. Sus ojos azules no se apartaban de los míos, analizándome con esa frialdad quirúrgica que siempre lo había caracterizado.​—¿Te ha mandado mi padre? —pregunté, tratando de recuperar una dignidad que se me escapaba por los poros—. Dile que pierdes el tiempo. Dile que este es mi lugar ahora. No quiero saber nada de él, ni de sus negocios, ni de la mafia. Lo dejamos claro hace un año cuando me mandó acá Leonid ​Leonid se levantó lentamente de la silla. Fue un movimiento fluido, casi felino, que me obligó a encogerme contra la encimera. Era mucho más imponente de lo que recordaba. Su altura y la anchura de sus hombros dominaban la habitación de una forma asfixiante. ​—Tu padre ha muerto, Kira —soltó sin preámbulos. ​La frase me golpeó con la fuerza de un impacto frontal. El mundo pareció inclinarse bajo mis pies. Mi padre ha muerto. Las palabras no tenían sentido en mi cabeza. Alesksandr Nevsky era una fuerza de la naturaleza, un hombre que parecía inmortal, un titán que movía los hilos de media Rusia con una mirada. No podía morir. No de una forma tan abrupta que me permitiera enterarme en una cocina en Estados Unidos. ​—¿Qué? —mi voz fue apenas un hilo—. No... no es posible. ​—Sucedió hace tres días —continuó él, ignorando mi incredulidad ​Sentí un vacío repentino en el estómago, un abismo n***o que se tragó todas mis palabras. Tenía un año sin verlo. Un año desde aquella última discusión en este mismo apartamento, donde el olor a tabaco y cuero se mezclaba con sus gritos. Un año de silencio que ahora se convertía en una eternidad de cosas no dichas. Mis ojos se cristalizaron al instante, pero me negué a dejar que las lágrimas cayeran. ​Leonid metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre de papel grueso. Lo dejó sobre la mesa de madera, justo frente a mí.​—Tu padre dejó esto para ti —dijo, y hubo algo en su tono, una mínima grieta en su armadura de hielo, que me hizo estremecer—. Me encargó entregártelo personalmente. ​Alargué la mano con temor. Al tocar el papel, sentí una descarga eléctrica. Reconocí su caligrafía al instante: esas letras angulosas, autoritarias, marcadas con la firmeza de quien nunca pedía permiso para nada. Ver su nombre escrito por su propia mano me dolió más que la noticia de su muerte. Era real. Estaba muerto y me había dejado un último mensaje. Un último mensaje para mí ¿Que podía decir? Cuánto me repudiaba? Es lo que había dicho la última vez, no era suficiente para tener el apellido ¿o era para decirme lo que jamás se atrevió? ​—No... no estoy lista para leerlo —susurré, apretando el sobre contra mi pecho como si fuera un escudo—. No puedo ahora. ​Me llevé una mano a la boca, tratando de contener un sollozo. Mi padre... Un suspiro tembloroso escapó de mis labios.​—¿Cómo murió exactamente? —pregunté, mirando hacia un punto indefinido de la pared, evitando la mirada penetrante de Leonid. ​—Una emboscada—respondió él, y su voz era tan neutra que resultaba aterradora—. Alguien filtró su ruta. No tuvo oportunidad. ​Suspiré de nuevo, sintiendo el peso del apellido Nevsky cayendo sobre mis hombros.​—He venido por ti, Kira —continuó Leonid, dando un paso hacia adelante. Ahora estaba tan cerca que podía oler su perfume: maderas nobles, cuero y un toque metálico que siempre me recordaba al frío de la nieve—. El funeral es en unos días. Tú eres su hija de sangre. Debes estar allí. La organización está en caos y tu presencia es necesaria para mantener lo que queda de la familia unido. ​Negué con la cabeza frenéticamente, retrocediendo un poco más, aunque ya no tenía a dónde ir. ​—No. No voy a regresar a Rusia. Leonid, mírame. Tengo una vida aquí. No es perfecta, quizás para ti sea una miseria, pero es perfecta para mí. Tengo un trabajo, tengo paz. No quiero volver a ese mundo de traiciones y funerales, no quiero pisar Rusia de nuevo Le tenía pánico. Había visto lo peor de ese mundo cuando solo tenía 4 años. ​—No hay opción, Kira —sentenció él, y su voz no aceptaba réplicas. ​Se veía tan imponente en medio de mi modesta cocina. Cada parte de mi cuerpo vibraba al tenerlo tan cerca. Leonid no era solo el ejecutor de mi padre; era el hombre que compartía mi apellido por adopción. ​De repente, su mano se cerró alrededor de mi brazo. No fue un agarre brutal, pero sí firme, inamovible, como un grillete de hierro forjado. Sentí el calor de sus dedos atravesando la tela de mi abrigo, enviando una descarga de adrenalina por todo mi sistema nervioso.​—Se acabó el tiempo de esconderse, printsessa —me dijo, obligándome a sostener su mirada gélida—. El mundo real ha venido a reclamarte. Si te quedas aquí, estarás muerta en menos de cuarenta y ocho horas. Tus enemigos no tienen el honor que tenía tu padre, después de él vienes tu o vengo yo y lo mejor que podemos hacer es mantenernos unidos. ​Me atrajo un poco más hacia él, lo suficiente como para que pudiera sentir el calor que emanaba de su pecho. Mis ojos, llenos de lágrimas contenidas, buscaron en los suyos alguna señal de piedad, pero solo encontré el deber y una determinación letal. No quería regresar.​—Es momento de regresar a casa —sentenció y supe que no valía la pena luchar, el me llevaría como fuera. ​Mientras me guiaba hacia la puerta, supe que mi libertad había sido solo un sueño efímero. El invierno ruso había llegado a mi puerta, y Leonid Nevsky era el guardián que me arrastraría de vuelta a las sombras.

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