Kira Nevskya Las puertas dobles del gran comedor se abrieron con un estruendo que resonó en mis oídos como un aviso de ejecución. El aire dentro de la habitación estaba cargado, denso por el humo de los habanos y el aroma del vodka más caro de Rusia. Al entrar, sentí que las miradas de treinta hombres se clavaban en mí como cuchillos. Leonid no me soltó; su mano en mi brazo era lo único que impedía que mi cuerpo colapsara por el terror absoluto que me recorría. Sentía el corazón golpeando mis costillas con una fuerza frenética, una arritmia que amenazaba con dejarme sin aire. Tenía las manos frías y la garganta tan cerrada que temía que, si intentaba hablar, solo saldría un hilo de voz quebrado. Pero al cruzar el umbral, recordé las palabras de Leonid en la galería. Recordé quién era yo.

